La riñonera

Huele a alquitrán. Pedro camina pesadamente entre los coches. Sus roídas zapatillas se arrastran por el asfalto y sus manos tamborilean en el exterior de cada uno de sus bolsillos. Lleva una gorra en la cabeza, la cara tostada por el sol y los labios quemados del aire cargado y pesado de la ciudad.

Por la lejanía del final de la calle, un brillante coche plateado aparece. La luz intermitente derecha parece ser un resorte para Pedro, que sale corriendo en su busca haciendo enérgicos movimientos con los brazos.

—¡Aquí, señor! —Indica apresuradamente con un marcado acento andaluz—. Dale un poco más… gira todo. Dale, dale… Sigue, un poco más. ¡Ahí quieto! Perfecto.

El conductor del vehículo baja con tranquilidad del coche. Es ancho y calvo, aunque no demasiado mayor. Pedro mira su camisa abotonada, que parece a punto de estallar a la altura de su ombligo. Tiene un aspecto rudo, fuerte.

—Buenas tardes amigo. La voluntad —se acerca a él y alarga la mano.

—No llevo nada suelto —hace aspavientos tocando los bolsillos de sus pantalones.

—Una moneda aunque sea. No necesito mucho. Para una botellita de agua, por favor. Que con este calor no sale ni un coche.

—Que no tengo tío —usa un tono brusco y cortante. Hay cierto desprecio en su voz.

El conductor del coche da media vuelta y se aleja en dirección contraria a donde se encuentra Pedro. Este se quita la gorra, se seca el sudor de la frente con el antebrazo y se la coloca de nuevo en la cabeza mientras maldice entre dientes. Lo mira con cara de resignación.

El hombre que se aleja mete la mano en uno de los bolsillos laterales de su pantalón y saca algo de él. En ese momento, se sobresalta y mete la otra mano en el bolsillo contrario. Coge un teléfono móvil y se lo pega a la oreja.

—Sí, dime —intenta meter el objeto que aún llevaba en la mano izquierda en el bolsillo trasero de los pantalones, pero resbala por fuera y se le cae al suelo.

Pedro le estaba mirando. No ha dejado de hacerlo en ningún momento. Ahora lo hace en todas direcciones. Es el único que ha podido ver lo ocurrido.

El hombre que va hablando por el móvil, sigue caminando mientras mantiene una acalorada conversación. Pedro se acerca sin vacilar y recoge del suelo una fina cartera de piel. Abre la riñonera que lleva puesta encima de los desgastados vaqueros, y la mete dentro.

Levanta la cabeza y ve como le miran dos personas. Una mujer de unos treinta y cinco años, y su hijo de entre 8 y 10 años. La mujer, de piel morena y pelo largo y oscuro, le mira y mueve su cabeza levemente de un lado para otro. Pedro casi no repara en ella. Mira al niño, que también tiene la vista puesta en él. En él y en la riñonera que lleva puesta en la cintura. Es moreno de piel, y tiene los ojos muy oscuros. Pedro se queda parado un instante. Sale corriendo. El niño y la madre lo miran mientras se aleja.

****

Las llaves tintinean al chocar entre ellas mientras Pedro las acerca al pestillo de la puerta. Ha llegado sudando por el bochorno que hay en la calle. La tarde cae, no hay mucha luz y tropieza varias veces con el marco de la cerradura hasta que puede encajar la llave. La luz del pasillo lleva meses estropeada, y ya se ha acostumbrado a subir hasta el cuarto sin necesidad de tocar la desvencijada barandilla que ha cortado a más de uno de los niños del bloque.

Entra y mecánicamente deja la riñonera y la gorra en el suelo del diminuto pasillo. Desde la cocina se escucha el hervir de una olla. Pedro se dirige directamente hacia allí.

—Hola cariño.

—¿Qué pasa cielo? —le contesta María.

—Pues ya ves —dice Pedro. Se mira las manos ennegrecidas y se las muestra a ella—. Frustrado.

—Es normal —ella lo abraza y le da un beso en los labios—. No es agradable y lo sé. Pero es una etapa que debemos superar. ¿Verdad?

—Sí. Eso está claro.

—Anda, corre a darte una ducha. Con el calor que ha hecho, las tuberías tienen que estar ardiendo. Seguro que por lo menos está templada el agua.

—Sí, sí. Voy a aprovechar —Pedro se gira en dirección al baño y camina tranquilamente. Pasa al lado de la riñonera y la mira. Abre la boca como si fuese a hablar, pero finalmente no lo hace.

María lleva razón. El agua sale templada.

—¡María! ­—grita desde dentro de la ducha.

—Dime cariño —dice ella entrando en el cuarto de baño.

—La semana que viene tenemos que intentar separar 16 euros para una bombona de butano. Para el niño. Es muy pequeño, y el agua no siempre sale así.

—Ya.

—Aunque coma en el comedor del colegio, tenemos que intentar que note esto lo menos posible.

****

Pedro y María están sentados en el sofá del salón. La riñonera sigue tirada en el mismo lugar que una hora antes.

—No te he preguntado, ¿cómo ha ido hoy la cosa?

—Regular, María. Unos 15 euros más o menos. Con el calor que hace, es complicado que los coches salgan.

—¿Dónde te estás poniendo ahora?

—En una de las perpendiculares de Reina Mercedes. Es como un aparcamiento pequeñito. No hay demasiados coches, pero es más complicado que me cruce con alguien conocido.

—Tampoco tienes por qué esconderte de nadie. Ni avergonzarte —hace una pausa al hablar—. Eres un padre de familia y estás haciendo todo lo que está en tu mano para que esto salga adelante.

—Lo sé, Mari, pero no es fácil ver llegar a todos esos catetos vestidos de chaqueta y que no te hierva la sangre por ello. Hace un año era yo quien llegaba en el coche y, ahora, fíjate. Si no fuese por el cabrón ese…

María coge la mano de Pedro, que había levantado el puño. Le sostiene con la otra la barbilla y le da un beso en la mejilla.

—Tranquilo cariño. Lo solucionaremos. Alegra esa cara y ve poniendo la mesa, que el niño está a punto de llegar.

—¿Lo trae la madre de Dani? —dice bajando el tono de voz.

—Sí, Pilar los recogió a los dos del comedor y se los llevó a su casa a que jugaran.

—Es una suerte que su amigo coma allí también. Así no se siente tan extraño.

—Claro. Él no tiene por qué saber que el colegio no esté echando una mano pagándole el comedor. Él solo ve que come con compañeros que tienen padres que trabajan hasta más tarde.

****

Llaman a la puerta. La mesa está casi puesta. María en la cocina y Pedro llevando los cubiertos al salón. Se acerca y abre el pestillo. Está muy oscuro.

—¡Hola, papá! —dice el pequeño Víctor saliendo de la penumbra. Se lanza a los brazos de su padre. Éste lo coge en brazos.

—¡Hola campeón! Buenas noches, Pilar. Gracias por quedarte con Pedro.

—No es nada. He subido porque he visto que no había luz en el pasillo y me daba miedo que el niño se pudiese caer.

—Lleva un tiempecillo así, pero los propietarios del bloque parece que no están muy por la labor de arreglarlo.

—Ya, me imagino —Pilar se gira levemente mientras habla y hace ademán de irse. Sin embargo, se detiene y se gira de nuevo—. ¿Está todo bien, Pedro?

Pedro tartamudea un poco

—Sí, sí. Claro. ¿Por qué iban a estar mal?

—No sé —se encoge de hombros—. Sólo preguntaba. Sabes que Antonio y yo le tenemos mucho cariño a Víctor.

—Lo sé, Pilar. Te lo agradezco. Pero de verdad, está todo bien.

—Vale, vale Pedro.

Hay un instante de silencio en el que ambos se miran sin decir nada. Finalmente, es Pilar la que toma de nuevo la palabra.

—Bueno, pues me voy a casa, que se hace tarde.

—Claro que sí, Pilar. ¿Quieres que te acompañe a bajar las escaleras? Por la oscuridad y eso.

—No, no. No te preocupes. Buenas noches, Pedro.

—Buenas noches.

Pedro entra de nuevo en su casa y mira hacia la riñonera que aún se encuentra reposada en el suelo.

****

Pedro y Víctor están tirados en el suelo del dormitorio del niño. Juegan a las peleas y ríen con fuerza. Pedro agarra a su hijo por los brazos y lo tumba boca arriba en el suelo.

—¡Ríndete, cobarde! —le dice. Hace cosquillas en la barriga al niño que ríe sin parar.

—¡No! —chilla Víctor—. ¡Te ganaré!

Pedro hace cosquillas con más rapidez. Víctor se retuerce.

—¡Me rindo! ¡Me rindo! —dice finalmente. El padre se levanta y alza los brazos.

—Y el campeón indiscutible es —hace una parada en mitad de la frase y eleva el tono de voz—. ¡Papá!

—Eres un tramposo, papá —Víctor se levanta del suelo—. Cosquillas no valen.

—Lo que no vale es que aún estés levantado —coge a su hijo por las axilas y lo acerca a la cama—. ¿Cómo te lo has pasado con Dani? Venga, levanta los brazos —su hijo le hace caso y eleva sus brazos.

—¡Bien! Dani tiene un montón de juguetes. ¡Y la Wii! —dice enérgicamente—. ¡Hemos estado jugando a la Wii!

—¡Anda, que bien! —mete la camiseta del pijama por la cabeza del niño.

—¡Sí! ¿Yo me puedo comprar una Wii, papá?

—Eso vale mucho dinerito, cariño. Quítate los pantalones.

—Bueno, pues se la pido a los Reyes Magos. Ellos son magos, si me porto bien, seguro que me la traen.

—Esperemos que sí, campeón. Pero ahora, a dormir.

—Vale —dice pesadamente. Se quita los pantalones y se mete en la cama. ¿Me tapas, papá?

—Claro que sí. Venga, a dormir —lo arropa y lo mira mientras toca su pelo con los dedos.

—Gracias. Eres el mejor papá del mundo.

—¿Eso crees? ¿Tú crees que tu papá es bueno?

—Claro. A mí me ha enseñado a ser bueno siempre.

Pedro besa a su hijo en la mejilla y vuelve a arroparlo. Se levanta y sale del dormitorio dándole las buenas noches. Cruza el pequeño pasillo, y al pasar por el salón, mira de nuevo en dirección hacia la riñonera. Su mujer le espera en la cama.

****

Todavía está oscuro. Pedro está levantado y se lava los dientes en el lavabo sin usar pasta dentífrica. Ha vuelto a ponerse la misma ropa que llevaba ayer. María ha calentado un poco de agua y la ha echado en un vaso junto a un sobrecito de manzanilla. Su marido se dirige hacia la puerta y lo alcanza justo a tiempo antes de salir.

—Tómate esto. Que por lo menos no vayas con el estómago vacío hasta la tarde.

Pedro bebe con rapidez, coge la riñonera y se la coloca encima de los vaqueros. Le da un beso a María en el marco de la puerta. En el momento en el que se despide de ella, la mira y le dice:

—Poco a poco, las cosas irán a mejor. Ya verás.

****

Cuando llega a la calle en la que trabaja, está amaneciendo. Hay varios coches que salen y que dejan huecos libres. Pedro se sitúa cerca y empieza su ritual de cada mañana. Pocos minutos después llega el primer coche. Pedro le ayuda a aparcar, y como es costumbre, pide la voluntad al conductor. Éste, le da un euro. Pedro le da las gracias y lo introduce en la vacía riñonera.

En ese momento, un niño moreno y con los ojos oscuros entra en clase. A la pregunta de su maestra que de qué ha escrito la redacción de hoy, responde:

—Maestra, mi redacción se llama “el hombre bueno”.

—¿Y nos la podrías leer a mí y a tus compañeros?

—Claro que sí, maestra —saca un papel y comienza a leer torpemente—. El hombre bueno es ese que aunque no tiene juguetes, es feliz. El hombre bueno es el que ayuda a los demás y hace que los niños estemos contentos. El hombre bueno es el que vimos mamá y yo ayer. El que se encontró una cartera y fue corriendo a devolverla. Yo lo vi. El hombre bueno se llama Pedro. No tiene dinero, pero es un nuevo amigo, mío y de mamá. El hombre bueno es el que pasa mucho calor y sonríe solo con una botella de agua. El hombre bueno, cuando le preguntamos que por qué era bueno, nos dijo que prefería intentar ser mejor y equivocarse que quedarse mirando el mundo y no intentar cambiar nada.

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