Sonrisa

Summary: Sandra no pensaba robar un coche aquel día. Había planeado ese día desde hacía meses, el día en el que Mario, su mejor amigo, volvería a fijarse en ella. Por eso, cuando su madre les dijo que se había ido no dudó en cometer una locura con tal de traerlo de vuelta.

Sandra no pensaba robar un coche aquel día, pero tampoco estaba dispuesta a perder a Mario, su mejor amigo. Momento perdido de En las buenas y en las malas.

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Aquel día no pensaba robar un coche.

Llevaba meses organizando todo al mínimo detalle y estaba dispuesta a que el plan saliera como lo había previsto. Sandra caminaba por la calle principal del pueblo junto a Manu y Andrea, dos de sus compañeros de batallas. Ella avanzaba a pasos acelerados, mientras que los otros dos disfrutaban del acaramelado contacto de sus manos.

—¡Por favor, parejita! ¡Un poco de brío! — se ofuscó Sandra ante la poca premura de sus acompañantes, volteándose a regañarlos.

—Vamos, Sandra. Son las ocho y media de la mañana de un sábado… — se quejó Manuel, sin intención alguna de agilizar el paso. — Ten un poco de compasión mujer, que el amargado no se va a mover de su casa… — Tuvo que reír ante el tono infantil de la queja, pero su semblante mostró una máscara de enfado que les hizo ver a los otros dos chicos que ella no estaba para bromas.

—Precisamente por eso, querido Manu. Tenemos que llegar antes de que se despierte y preparar las cosas. — se giró de nuevo y apremió el ritmo. — ¡Hoy recuperaremos al cuarto mosquetero! — Sandra alzó el brazo en señal de victoria.

Manuel y Andrea solo pudieron sonreír ante la efusividad de su amiga. Ella era el alma del grupo.

Sandra, Manuel y Andrea vivían en un pequeño pueblo a las afueras de Madrid. Era un lugar rústico y acogedor, rodeado de campos y pequeños negocios artesanales que pasaban de padres a hijos desde hacía generaciones. Ellos habían estado juntos desde que tenían uso de razón: el padre de Sandra y el de Manuel trabajaban en el Ayuntamiento, y las madres de los tres se hicieron amigas en las clases de preparación al parto. Todo el mundo en el pueblo los conocía, especialmente por todas las travesuras que realizaron juntos durante sus años de infantes.

La gente los llamaba “los mosqueteros”. Sandra pensaba que aquel sobrenombre basado en los personajes de la novela de Dumas les quedaba muy bien. Ellos siempre habían sido fieles seguidores del lema “uno para todos y todos para uno” y en aquel pueblo pequeño habían vivido toda clase de aventuras dignas de ser escritas por las grandes plumas de la novela picaresca del país. Además, albergaban ciertas similitudes con los verdaderos Mosqueteros.

Manuel era alto y ligeramente fornido. Su aspecto era capaz de intimidar a cualquiera, pero en realidad era el más niño de todos. En cambio, Andrea era una chica bajita y tímida, de piel pálida y cabello oscuro. Pero era lista, muy lista; y ante todo una caja de sorpresa, hecho que había cautivado por completo el corazón tierno y cálido de Manuel. Y Sandra era Sandra: la joven con espíritu de Peter Pan que era una enamorada de las artes.

Aunque en realidad, eran cuatro mosqueteros. Faltaba él.

Sandra se detuvo delante de la puerta de su destino. Su casa, la casa de él. Se quedó parada durante un momento admirando la intimidante estructura de madera. Tuvo que inspirar profundamente para cambiar sus nervios; esa puerta jamás la acongojó tanto como en aquel momento. Por un momento sintió deseos de salir corriendo, pero sabía que no lo haría. Ella era un mosquetero y nunca huía; y más cuando se trataba de ayudar a alguien, de ayudarlo a él.

Él era Mario, el cuarto mosquetero.

Mario era su líder, el pegamento que unía al grupo. Desde pequeños siempre estuvo ahí para ellos. La primera vez que tuvieron constancia de estar juntos crearon un vínculo especial e irrompible, sobre todo ellos dos. Sandra adoraba a Manuel y a Andrea como a los hermanos que nunca tuvo, pero Mario siempre fue distinto. Él era su mejor amigo, su confidente, el que estaba ahí para apoyarla, para consolarla, el que la apoyó cuando perdió a su madre, el que le enseñaba a mirar las estrellas…

Era Mario, simplemente Mario.

Pero aquello había cambiado hacía años. Ahora su amigo no era ni la sombra de lo que era. Incluso a ella le costaba reconocerlo. Se había encerrado en sí mismo y no dejaba entrar a nadie. Comenzó a alejarse de ella, de ellos, de todo. Sandra sabía en cierta forma el dolor por el que estaba pasando e intentó por todos los medios ayudarlo, apoyarlo igual que él lo había hecho con ella. Hasta ahora nada había dado resultado. Y ella solo podía observarlo desde la sombra, viendo cómo los años pasaban sin que volviera a dirigirle la palabra.

Sandra agachó la cabeza y gruñó para sí misma en señal de frustración. Todo cambió el día en el que el padre de Mario se marchó, abandonándolo a él y a su madre. Ella jamás había tenido mucho trato con él, ya que siempre estaba de viaje. Trabajaba en el extranjero, según le había contado Mario. Pero para él, su padre era la persona que más admiraba, su mundo; y jamás pudo superar que éste le fuera arrebatado sin ninguna explicación a los doce años. Ese día, aquel hombre que decía ser el padre de su amigo no se marchó solo. Ese día, el Mario que ella adoraba también se marchó con él.

Pero eso iba a terminarse hoy.

Ella tenía un plan meticulosamente estudiado, un plan infalible que haría que Mario volviera a fijarse en ella, un plan que lo haría salir de la burbuja en la que se había encerrado y lo haría ser un mosquetero de nuevo. Un plan que haría regresar a su mejor amigo.

Y era un plan que no podía fallar, que no debía fallar.

De repente se sobresaltó. Sintió la presión de una mano en su hombro y se volteó para encontrar a Manuel y Andrea a su lado, mirándola con gesto preocupado. Sandra les dedicó una leve sonrisa.

—Vamos, Sandra. — la alentó Manuel. — Llevas meses preparando esto, ¿y te vas a acobardar en el último segundo? — Se quedó observándolo. Manuel siempre hablaba con un tono bromista, alegre e incluso con un deje infantil, pero también encontraba ocasiones para hacer sonar su voz con un tono solemne como ahora. Andrea entrelazaba su mano con la de su novio y también la miraba, intentando infundirle valor.

—No, tienes razón — negó sonriendo. — Vamos a darle al cabezota que tenemos por amigo la mejor fiesta de cumpleaños que jamás haya tenido.

—Así se habla — asintió Manuel, conforme con la respuesta de su amiga.

Sandra respiró más tranquila. Hoy era el cumpleaños número dieciocho de Mario y ella quería festejárselo a lo grande. Desde los doce años, él se había negado a volver a celebrar el aniversario de su nacimiento. Se encerraba en su cuarto debajo de las sábanas y no salía en todo el día. Ni siquiera comía. Y aquello la destrozaba por dentro. Ella se quedaba horas sentada, apoyada en la puerta cerrada de la habitación de su amigo, con un regalo en las manos que jamás era capaz de darle.

Entendía el malestar de Mario: su padre lo abandonó el día de su cumpleaños. Podía sentir cuánto le dolía; y cada año lloraba ante la frustración de no ser capaz de estar al lado de su amigo, apoyándolo. Por eso este año se había prometido que se acabaría: recuperaría a Mario costara lo que costase, así tuviera que colgarlo bocabajo del Árbol del Ahorcado en mitad del Descampado.

Pero cuando Sandra atravesó la puerta, seguida de Manuel y Andrea, supo que no podría cumplir esa promesa.

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—Recuérdame otra vez por qué hago esto. — preguntó con molestia.

Manuel se encontraba con medio cuerpo metido dentro del hueco de los pedales del asiento del conductor del coche de su hermano Sergio. Había levantado la cubierta protectora y tenía un manojo de cables delante de su cara, mientras discernía cuáles de todos ellos debía unir para que el vehículo funcionara.

—¿Por qué me quieres, cariño? — Andrea asomó la cabeza con una sonrisa desde el asiento del copiloto. Aprovechó ese momento para darle pequeños pellizcos en el estómago a su novio.

—¡Joder, Andy! ¡No lo hagas más difícil! ¡Ay!— Ante los pellizcos, dos de los cables habían soltado un pequeño chispazo delante de sus ojos y, del movimiento, Manuel se había dado un golpe en la frente.

Sandra veía la escena subida en la parte de atrás de la camioneta verde llena de suciedad, mientras vigilaba que nadie se acercara a las inmediaciones. Llevaban un rato intentando hacer arrancar aquel vehículo y ella comenzaba a desesperarse porque alguien los pillase.

O peor aún, por no conseguir llegar a tiempo.

—Manu, te juro por dios, que si no te apresuras te dejo sin hijos. — Bajó de la camioneta de un salto y le dio un golpe en el estómago a su amigo, quien tenía un cable naranja y otro verde en sus manos. —¡Mario nos necesita! Y si tu hombría no puede hacer un puñetero puente como dios manda, juro que le robo el coche a Don Severino y digo que fuiste tú — terminó cruzándose de brazos, mirándolo desafiantemente.

Manuel tragó fuertemente y volvió raudo al trabajo. Sandra suspiró tranquila sabiendo que había ganado. Sabía que si Manuel no era capaz de arrancar el coche, ni ella ni Andrea serían capaces de hacerlo. El chico era un manitas de la mecánica. No era muy bueno en los estudios, pero tenía un don en las manos para arreglar cualquier cosa mecanizada que existiera. Pero la sola mención de Don Severino era el detonante para que Manuel terminara de concentrarse en robarle el coche a su hermano.

Don Severino, el viejo párroco de la única iglesia del pueblo donde vivían; y también su estricto profesor de Religión. El hombre no toleraba el incivismo y siempre lo recordaba en los sermones parroquiales que eran sus clases. Si por él fuera, todavía seguiría existiendo el mítico golpe de regla contra la desobediencia en la escuela. Todos los jóvenes sabían que amenazar con cualquier cosa que incluyera a Don Severino tendría consecuencias catastróficas, y Sandra no solía hacerlo. Pero esto era una causa mayor. Por un momento, se sintió mal por haberlo hecho… Solo por un momento. Mario era mucho más importante que cualquier castigo al que pudiera exponerse.

—Vale, vale… — En ese momento, sonó un chispazo y después el sonido del motor del coche arrancando. El corazón de Sandra saltó ante el significado de eso. — Ya está. — Manuel salió a trompicones de debajo del asiento y se paró delante de Sandra. — Tampoco hace falta llegar a esos extremos, mujer. — Ella vio la sonrisa risueña instaurada en sus labios. — Ya sé que esto es por Mario, pero necesitaba traerte de vuelta. No eras tú desde que salimos de su casa.

—Eres un tonto.

—Yo también te adoro. ¡Venga, vamos a por él!

Los tres se montaron en el coche: Manuel conducía, Andrea iba de copiloto y Sandra se acurrucaba en el asiento de atrás, sin poder apartar de su cabeza las palabras que Rosario, la madre de Mario, había pronunciado cuando entraron en su casa.

“Se fue”, había susurrado entre lágrimas. Habían encontrado a la mujer parada frente a la cómoda de la entrada, sujetando un papel entre sus manos, que temblaban como un flan. Manuel y Andrea se apresuraron a sostenerla antes de que se desmayase y la llevaron al salón. Sandra se había quedado paralizada, intentando procesar las palabras.

Mario se había ido.

Sin percatarse, corrió por la casa gritando su nombre. Jamás obtuvo respuesta. Irrumpió en el cuarto de su mejor amigo y lo encontró vacío. Sus piernas flaquearon en ese momento y cayó al suelo sin poder remediarlo. Lágrimas caían de sus ojos ante la realidad que la golpeaba: Mario, su mejor amigo, se había marchado.

Hecha un ovillo en el asiento, apretó una hoja de papel contra su pecho. La había encontrado a los pies de la escalera, en el lugar donde encontraron a Rosario. El corazón de Sandra se detuvo al ver el logotipo enmarcado en la esquina superior izquierda del papel: “Standford”. Era una beca para estudiar en el extranjero; y Mario se había ido sin mirar atrás, sin contárselo a nadie…

… Sin decírselo a ella.

Sandra había salido corriendo de la casa en aquel momento. Escuchó los gritos de Manuel y Andrea detrás de ella, pero sus oídos comenzaron a taponarse por la ansiedad y las lágrimas que caían de su cuerpo.

Si no se apresuraba, perdería a su mejor amigo para siempre.

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—El número al que llama no se encuentra disponible en este momento…

—¡Maldita sea, Mario! ¡Coge el teléfono! — Sandra le propinó una patada al reposa cabezas del asiento de Manuel. Era la cuarta vez que le saltaba el buzón de voz, todavía no estaban ni siquiera a mitad de camino del aeropuerto y el tiempo pasaba demasiado rápido para su cordura.

—¡Ay! ¡Joder, Sandra! ¡No la pagues conmigo! — Manuel se giró bruscamente, mirando a Sandra mientras se pasaba la mano por la cabeza.

—¡Tú no apartes la vista de la carretera! ¡Lo que faltaba encima es que ahora nos matemos! — Manuel masculló algo entre dientes mientras volvía la vista hacia su novia, que la miraba divertida. Le sacó la lengua, enfurruñado.

—Cariño, me gustaría vivir para poder ver a nuestros hijos algún día. Así que, por favor, ¡mira la carretera!

—¡Mujeres! ¡Me estáis agobiando! ¡Que el que tiene el volante soy yo!

—Calla y conduce, por el amor de Andrea — Sandra volvió a darle una patada en el asiento.

—¡Ey! — se quejó Andrea. Jamás le gustó aquella frase que Sandra se había inventado para molestar a su amigo ante su amor incondicional hacia su amiga.

—Lo siento, pero sabes que es lo único que funciona con él.

En ese momento, ella y Andrea estallaron en carcajadas; pero la risa no les llegó al cuerpo. Después de eso, permanecieron en silencio el resto del camino. Sandra se maldecía mentalmente por no haber sido capaz de penetrar en la burbuja de tristeza en la que su amigo se había encerrado.

Recordó el día que su madre murió. Estaba enferma desde hacía varios meses, pero ella siempre le sonreía y le decía que pronto estaría bien para jugar con ella y llevarla a pintar. Pero ese día nunca llegó. Se enfadó con su padre por mentirle, por decirle a una niña pequeña que su madre se recuperaría para estar con ella. Huyó de casa hasta los tubos del descampado y allí lloró por horas…

Hasta que llegó Mario.

Permaneció en silencio a su lado, sin hablar, sin tocarla, tan solo abrazado a sus rodillas y mirándola. Y ella simplemente se echó a sus brazos y lloró por horas, sintiendo las dulces caricias de su amigo que intentaba sostenerla, sostener a su quebrada e inocente alma.

Aquel día él había estado allí para ella, y al día siguiente, y al otro. Mario fue su salvavidas… y ella no había podido ser el suyo cuando más la necesitaba. Sandra se lamentaba por no haber sido tan fuerte como para romper el cristal de amargura que lo rodeaba. Y ahora, en aquella camioneta que se dirigía al aeropuerto, le costaba respirar y sentía como las fuerzas la abandonaban ante la incertidumbre de si esta vez, tendría la fuerza suficiente como para ser el salvavidas de Mario.

Recordó a su amigo, a ese niño de cabello despeinado y gafas cuadradas. Su sonrisa, esa siempre cálida y sincera, sus ojos castaños llenos de vida; sus abrazos tan protectores. Recordó los buenos tiempos, aquellos en los que dormían en la casa del otro después de un día de travesuras, aquellos en los que los cuatro mosqueteros hacían una guerra de globos de agua contra otros niños del pueblo…

Y lloró.

Lloró de impotencia, de frustración, de tristeza. Sandra no sabía si tendría fuerzas para detenerlo, pero se había prometido que traería a su amigo de vuelta el día de su cumpleaños, y eso es lo que iba a hacer.

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Manuel aparcó la camioneta de Sergio a trompicones en mitad de algún sitio en el parking del aeropuerto. Sandra salió despavorida del coche sin siquiera esperar a sus compañeros. La opresión en su pecho le impedía respirar y las lágrimas amenazaban con volver a salir de sus ojos.

Tenía que llegar a tiempo.

Atropelló y empujó a la gente a su paso. Apenas sí era consciente de lo que ocurría a su alrededor. Los carteles de los vuelos se difuminaban borrosos delante de sus ojos y no veía la palabra Nueva York por ningún lado. Frustrada, recorrió todas y cada una de las puertas de embarque, pero no había ni rastro de Mario.

Manuel y Andrea llegaron corriendo a su lado, pero ante su mirada esperanzadora, solo pudieron negar con la cabeza, ante la imposibilidad de haber encontrado un solo resquicio del cuarto mosquetero en aquel aeropuerto.

Sandra se dejó caer en el suelo y las lágrimas se escaparon de sus ojos. Se dejó llevar y simplemente lloró. Por tristeza, por enfado. Por Mario, por ella. Andrea se arrodilló a su lado y la abrazó. También lloró con ella.

No supo cuánto tiempo se quedaron en aquella posición. La gente comenzaba a pararse a su lado en un círculo y a cuchichear cosas entre ellas. Pero ya nada importaba: Mario se había ido.

Fue entonces cuando lo vio.

Una sudadera azul. Una sudadera azul con capucha. Una sudadera que ella reconocía perfectamente. Una sudadera que ella le quiso regalar a Mario un cumpleaños, pero que su madre tuvo que quedarse. Una sudadera azul que un joven llevaba puesta y que se encontraba al principio de la cola de embarque de la puerta 24.

Una sudadera que Mario llevaba puesta.

—¡MARIO! — chilló levantándose de un salto.

Antes de que Manuel pudiera atraparla, ella se escapó del lugar y corrió por el aeropuerto. Atravesó los controles de seguridad sin importarle nada. Ella tan solo tenía la mirada puesta sobre Mario y no la apartaría de él aunque la policía estuviera persiguiéndola. Gritaba su nombre a la vez que corría, pero él jamás miró hacia atrás ni una sola vez.

Estaba a punto de llegar a su lado. La siguiente vez que dijera su nombre él sería capaz de escucharla y se voltearía a verla. Iba a conseguirlo, iba a poder detenerlo… Pero Sandra se equivocaba.

Mario atravesó la puerta de embarque con su equipaje de mano sin voltearse, al mismo tiempo que un policía la atrapaba y la arrastraba, alejándola de él. Jamás pudo volver a gritar su nombre.

Jamás pudo traerlo de vuelta aquel día.

Sandra sabía que se había metido en un lío, y que había arrastrado con ella a sus amigos, pero ya nada le importaba. La policía los envió a casa en un coche patrulla, custodiados por dos agentes que no hablaron en ningún momento.

Ella no habló tampoco, no tenía fuerzas. Poco le importó la bronca monumental de su padre y de todo el mundo. Mario se había ido y ella no había sido capaz de impedirlo. La única que no le dedicó una mirada de enfado fue Rosario, que solo le dedicó una sonrisa llena de tristeza.

—Lo siento… — fue todo lo que pudo decirle a ella, a la madre de Mario, a una mujer que había perdido a su marido y a su hijo de la misma manera; y que nunca sería capaz de recuperarse.

Sandra la vio consumirse frente a sus ojos aunque quisiera ocultárselo a los demás. Ella se moría de la pena y de la tristeza que le ocasionaban la soledad que la rodeaban. Mario tardó años en volver un solo día al pueblo y apenas llamaba. Esos días, Sandra veía a Rosario más animada, pero nunca fue lo mismo.

A lo largo de los años, muchas veces le sugirió que debía decirle a Mario como se sentía, cómo deseaba que volviera a su lado, cómo de sola se sentía. Pero Rosario solo negaba con la cabeza y con una sonrisa amarga en el rostro le contestaba que solo quería volver a verlo sonreír.

En aquel entonces, Sandra no lo entendió. Se enfadó con Mario por hacerle eso a su madre, por ni siquiera contestarle las llamadas, por ni tan siquiera responderle a las postales que cada año le mandaba… Aunque nunca fue un enfado real: Mario era su amigo, y le frustraba no haber sido fuerte por él.

Sin embargo, ahora sí era capaz de verlo. Después de aquella noche, después de todo lo que había sucedido, Sandra creía haber llegado a comprender el fuerte, y a la vez frágil, espíritu de la madre de Mario; y la fragilidad del corazón de su amigo.

Días después del entierro de Rosario, Mario debía marcharse de nuevo. Pero esta vez, ella sí estaba en el aeropuerto junto a él. Esta vez no había tenido que robar un coche para alcanzarlo.

Esta vez sí había llegado hasta él.

No le dolía verlo partir, porque sabía que iba a volver. Mario regresaría a ella; él mismo se lo había jurado.

—En cuanto arregle las cosas pienso regresar. Te lo prometo, Sandra. No pienso volver a alejarme. No esta vez. — Mario colocó delicadamente sus manos sobre los hombros de su amiga y clavó sus ojos sobre los de Sandra. —¿Estarás ahí para esperarme? — Se sintió sobrecogida ante la profunda delicadeza de sus palabras. No pudo más que asentir tímidamente sin dejar de observarlo.

Mario sonrió. Sonrió con aquella sonrisa inocente, con aquella dulce mirada que adoraba, con aquellos hoyuelos que se le marcaban en sus mejillas. Mario sonrió como el niño que siempre había sido…

… y Sandra lo comprendió.

Se fundieron en un abrazo lleno de sentimientos del que ninguno quería soltarse. Él la apretaba contra su cuerpo y ella intentaba aguantar las lágrimas. Lágrimas de felicidad por haber podido recuperar a su mejor amigo. Lágrimas de tristeza por tener que verlo marchar de nuevo. Lágrimas de añoranza ante la imagen de aquella madre que solo quería ver sonreír a su hijo.

—Yo protegeré su sonrisa…

Y con lágrimas surcando sus mejillas, Sandra susurró al viento una promesa que pensaba cumplir con su vida.

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Escrito por Alegría Jiménez

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