Punto de cruz

La poesía requiere, en cierto modo, tener las pupilas más grandes del mundo.

El escritor de poesía camina solo. Cuando sale de casa, deja los abrigos más mundanos y minúsculos colgados de la percha, ya que, pese a su insignificante tamaño, le pesan demasiado.
El instinto de este hacedor de palabras es punzante. No se le escapan los hilos de lana roja que le enredan con los árboles, los edificios, el alquitrán y el polvo. Sin embargo, estos hilos le cortan y despedazan en miríadas de átomos, que sirven de pasto a las gacelas y de abono a los cerezos.

Como intérprete del abismo, su vocación consiste en conocer el pensamiento que nace de habitar un cuerpo humano, una maquinaria tan perfecta y titánica. Qué supone vivir con una lengua que calla más o menos, con unas cuencas de los ojos más o menos profundas.
Para trabajar, el poeta extiende los brazos, deja caer la cabeza y se convierte en una ofrenda a la diosa, a esa diosa que le infla el cerebro de imágenes.

La poesía, esa ola desbordada, le llega cuando los párpados caen y la mirada sagaz de este ser, mitad hombre y mitad pájaro, desgarran el telón de fondo y se escapan, revoloteando, por lo que se nos oculta. El poeta es sereno, ya que la vida verdadera se confía en su presencia, dejándose, acercándose a olfatearle.

Su propósito se le presenta en forma de huesos esponjosos (por donde se le pueden colar los gorriones), por lluvia en la frente, por piel abierta y palpitante, por bosques pulmonares, cascadas auditivas, lagos llenos de entrañas y encogimiento, por vientres arañados. El poeta arde y muere de frío al mismo tiempo. Pelea con las galaxias y con las partículas encendidas del aire. Respira todos los minutos en una sobredosis de sentidos. Conoce el arte primigenio.

Sin embargo, el escritor de poesía, capaz de caminar por el frío del tiempo, también tiene una vida pegada al suelo. Pero su vocación, cuando le cae, le saca a patadas de la universidad, del trabajo, de los informes de última hora, del tractor, de la cocina, del matrimonio, de los hijos, de los alumnos.

El poeta derrama, entonces, la naturaleza en la palabra, picuda y exacta como una flecha y la forja para el miope ojo humano. Empuja a la selva dentro de un pequeño artificio, un objeto perfecto y bello, un suspiro de carne.

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