El hombre de mantenimiento

Aquel verano Sara tuvo que volver a casa de sus padres en el formidable complejo residencial The Dunas Golf de Tarragona. El estío  asomaba peligrosamente por el horizonte de la playa mientras Sara veía desde su balcón cómo su padre colaba todas las pelotas en los lagos del campo de golf.

-¡Este año ganamos el campeonato, lo presiento! –dijo su hermano Toni buscando algo de agua en la cocina mientras Sara ya esperaba en la mesa para el almuerzo.  Horas antes, su madre había encargado la comida a un restaurante francés, “Le petit garçon”, que seguro no saciaría sus pocas ganas de comer ni las de un continente tan grande como África.  Después del postre se sacudió las minúsculas migajas de pan que adornaban su camisa de seda y salió al jardín a dejar que el sol terminara de hacer el resto del trabajo sobre ella. “Pues tampoco era para tanto la cocina francesa”, pensó al encaminarse hacia el jardín.

-¡No olvides la crema del treinta!

-Tranquila no lo haré ─ contestó Sara a su madre.

Pero ella sabía que ni siquiera la protección solar la resguardaría de todos los rayos del sol que estaban dispuesta a quemar su delicada piel color crema. Ni siquiera la protección del cincuenta la salvaría de aquella situación, sobre todo cuando lo que quemaba no era la piel sino otra capa que cicatrizaba por debajo de sus venas y sus arterias. Una piel extremadamente sensible llamada alma. Y sobre todo si aquella estrella ante la cual giraba toda la vida que ella conocía, había comenzado a quemar aquel verano como nunca. Al menos eso era lo que había dicho la chica del tiempo, aquella película sobre el cambio climático que había visto con Alberto antes de que terminara el invierno;  y la peculiar imagen de unos chicos corriendo detrás de unas chicas la noche anterior en la playa.Leer más »