El marido de la mujé dehcarsa

—¡Señora! ¡Señora, buenos días! ¡Señora!

Ahí estaba Bernardo. ¡Vaya horas! Ana María pulsó el botón del mando a distancia para parar la reproducción del vídeo y se levantó lo más rápido que le permitieron sus fuerzas de la silla. Últimamente el reúma no le estaba dando ni una tregua. Bernardo siempre tenía el don de la oportunidad. Al menos ahora estaba viendo un capítulo grabado y podía pararlo. Pero no sería la primera vez que le fastidiaba el final de ‘La ruleta de la suerte’ o la parte de los cotilleos de ‘El Programa de Ana Rosa’. De todos modos, no le diría nada al respecto. Debía de llevar un buen rato llamando al timbre, como siempre. Ni siquiera se había enterado hasta que le escuchó vociferar. Quizá era verdad eso que le decían sus nietos de que tenía la televisión muy alta.

Llegó a la entrada. Ahí estaba el buen hombre rodeado de cangrejos moros rondando por el suelo. Ana María sonrió sin poder evitar sentirse culpable por ello. Tenía la cabeza en otro lugar y a veces salir de ahí le provocaba escalofríos. El pobretón de Bernardo se pasaba la vida haciendo pasear todo lo que lograba coger del mar para venderlo de casa en casa.

—Tengo gorrones que saltan más que yo. Mire, mire.

Le mostró un barreño repleto de camarones de color grisáceo que a Ana María le hicieron pensar que, aun llevando un buen rato ahí dentro, tenían más vida que ella misma esa mañana. Se acercó y pisó el pequeño charco de agua que había caído al suelo con el meneo del cubo que llevaba Bernardo para refrescar el marisco. Él miró los pies descalzos de la señora, las mangas cortas de la bata veraniega que llevaba como única prenda y luego dirigió una mirada extrañada al cielo de noviembre, que aquel día parecía no haber querido abrirse. “Qué mujer, joío Dió”. Ella percibió aquel murmullo entre dientes, pero hizo caso omiso. Se quedó unos segundos agachada, absorta con la nariz pegada a aquel barreño que desprendía un olor no demasiado agradable al que estaba más que acostumbrada cuando uno de aquellos bichillos dio un salto y chocó con el grueso cristal de sus grandes gafas, que se quedó manchado de agua grisácea. Si su marido la viera así, se avergonzaría. Estaba segura. Nunca había logrado ser, por dejarse llevar por lo que realmente deseaba en cada momento, la mujer que él ansiaba que fuera desde el principio.

Ya se lo había dicho su amigo José María, del que, por cierto, Juan siempre comentaba que tenía “una parte femenina demasiado desarrollada”: “Juan te quiere, te quiere mucho. Pero a la gente eso le da igual. La gente espera otra cosa de un matrimonio”. A lo que ella quiso responderle que si lo que la gente esperaba era que su marido acabase con su secretaria. Pero nunca llegó a decirlo. Porque escucharlo en su propia voz significaba asumirlo. Ana María se levantó de nuevo y limpió con la bata el cristal mojado de sus gafas. Bernardo recogía los cangrejos del suelo y los devolvía a su lugar correspondiente.

—Pues dame tres cangrejos, que hoy vienen mis nietos a comer. Y de gorroncillos échame varios puñaos, que congelo lo que me quede.

—¿Todavía sigue su hija por allí arriba?

—Sí, hijo, sí.

Bernardo sacó una red y comenzó a introducir los camarones en ella hasta llenarla casi por completo. Se la tendió a la señora, que la llevó a la cocina. Al cabo de unos instantes, Ana María volvió con una cacerola y metió los crustáceos en su interior para llevárselos también.

—¿Cómo está don Juan?

Un pinchazo atacó el estómago de la mujer. ¿Cómo está Juan? Eso quisiera ella saber, y no en boca de otros, sino por sus propios ojos.

—Está… bueno, tú sabes cómo son estas cosas.

—Ya… Bueno, esperemos que se mejore. Ya me paga usted cuando acabe la semana. ¡Hasta luego señora!

Se despidió de Bernardo, puso los cangrejos a hervir y volvió al salón. Se sentó en su silla y dio un sorbo inconsciente al tinto aguado que tenía sobre el posavasos, junto al mando del vídeo, al que se dirigió su mano tras dejar la taza de cristal en su sitio para reanudar la serie que estaba viendo. Recordó aquella vez en que su hija y el que, por aquel entonces era su yerno, compraron aquel tinto tan caro para el bautizo de su nieta mayor. Ni siquiera se acordaba de la marca. Ella podría saber de vinos, pero jamás hizo el esfuerzo. Se bebió aquel vino con hielo mientras su hermana Rosa la miraba con reprobación: «¿Cómo se te ocurre, Ana María?». Había un caso de maltrato en el capítulo de hoy. La mujer tenía la cara amoratada. Juan nunca le pegó, no así. Una vez le dio un guantazo. Pero ella se lo devolvió. Vaya si lo hizo.

Debieron de pasar unas dos horas hasta que llegaron los niños, durante las que vio un par de capítulos grabados de El abogado con sus correspondientes pausas para ir a cocer y vigilar los cangrejos. Al llegar los chiquillos a la casa, el chico se abalanzó sobre su abuela y le dio cinco besos. Lo sabe porque los contó. Igual de cariñoso que su tío… Y que su abuelo. La mayor se dejó querer esta vez, no sin el típico: “Ay abuela, que me espachurras”. A Ana María le pareció más canija desde la última vez que la abrazó. Claro, con la vecina no comen igual que con su madre. Podría habérselos quedado allí. Y más de una noche se quedaron con ella. Los dos niños dormían en la cama de matrimonio de uno de los cuartos en los que estaban sus hijos en verano. Pero el colegio estaba demasiado lejos para que los dos, tan pequeños, se fueran andando. “Y ya no estoy para estos trotes”, se decía Ana María para sentirse mejor.

Tras el saludo, los niños salieron corriendo hacia el saloncito de la tele antigua y encendieron el aparato. Aún faltaba algo de tiempo para la hora del almuerzo, así que mientras se peleaban por cambiar de canal Ana María preparaba algo de comer: los cangrejos, algunas bocas que había comprado el día anterior y unos filetes de merluza a la plancha. A Juan le encantaba la merluza. Cuando vivían en aquel pueblo de la sierra de Ciudad Real no hacía más que pedírsela para comer. Ahora hacía años que no cocinaba para él. Y sin embargo, la maldita enfermedad le dolía como si viviera allí con ella.

Se acordó repentinamente de aquella mujer que ahora se hacía pasar por su señora. Conocía a sus hijos. ¡Dios mío! Si conocía hasta a sus nietos. Esa víbora cuyo diminutivo terminaba en i, como los nombres de los catetos, por supuesto, se quedó con el amor de dos de las cosas que más quería en su vida: su marido y su hijo pequeño. Y ahora estaba allí, llorándole los últimos días pretendiendo que era su mujer de verdad. Pero, en realidad, Ana María no podía engañarse de ese modo. Su odio infinito durante años no fue hacia ella, o al menos no exclusivamente. Le odió a él, a su marido, por haberla querido tanto y tan poco tiempo sin dosificar el cariño. Hubiera preferido no haber tenido jamás su amor. El hueco que se queda tras perder algo tan intenso le parecía, sin duda alguna, mayor que el vacío de no haberlo tenido de ningún modo, pues no hay nada que arañe por dentro al marcharse.

A ella le hubiera gustado elegir no tener nada que perder.

Y a él lo perdió hace años. Cansada de ser la esposa que espera en casa de alguien que tenía dos mujeres acabó por huir, volviendo a su parte favorita de la geografía española. Al pueblo de arenas blancas que, verano tras verano, la vio crecer y pasear descalza por sus calles, lo que le hizo ganarse la fama que la precedía. Volvió a su verdadera casa, junto al mar. Y allí era menos de lo que llegó a ser junto a Juan, pero era feliz. Logró ser ella misma. Volvió de algún modo a aquella niñez, a la costumbre del pan húmedo en la puerta, el ABC —algo humedecido también— tirado de cualquier manera en el zaguán de su casa. A las visitas de su amigo el mariquita. A las verduras de Paquito, los helados de limón ácido de la Ibense Bornay de la esquina, las quejas de la mujer que vivía frente a ella sobre sus hijos, el vino tinto de cocina de aquel supermercaducho de la Avenida de Regla en el que Úrsula, la cajera, solía mirar la fecha de caducidad de cada cosa «por lo que pudiera pasar». Y hacía bien. Y, por supuesto, volvió al marisco de Bernardo. Aún recuerda aquella anécdota que le contó su hija cuando aún era adolescente. El mismo Bernardo, años atrás, se encontró con la joven en la plaza de abastos. Había ido a hacer un par de recados que la propia Ana María le había encargado. No pudo vivir aquel momento, pero como su hija, también llamada Ana, tenía aquella extraordinaria capacidad para contar las cosas, podía recordarlo como si hubiera estado allí:

—Niña, ¡niña! ¿Tú ere la hija de la mujé dehcarsa?

Ana no entendió ni una palabra de lo que aquel hombre del pueblo le dijo.

—¿Perdón? –contestó extrañada.

—Que si ere la hija de la mujé dehcarsa

—¿De Escarsa? No, no. Yo soy la hija de Juan Portilla.

—Que sí, niña. Que yo te he visto allí en la casa cuando le llevo a tu mare los cangrejos moros. ¿Tú no ere la Anita?

Entonces lo entendió.

—¡Ah! ¡Descalza! Sí, claro.

—Pues dile a tu mare que mañana le llevo más cangrejos. Bernardo, tú dile eso.

—Vale, yo se lo digo.

Meditando sobre todo aquello Ana María terminó de hacer los filetes de merluza y se los puso a sus nietos en la mesa, que la miraron con ojillos hambrientos. Parecían felices. Quizá lo estaban. Ojalá fuera así.

Volvió a su silla, con algo de marisco y más tinto en su jarra repleta de hielo. Se sentó y de repente todo se rompió en mil pedazos: la bocanada de aire que inspiró en aquel momento se le antojó el humo más dañino. Se le tensaron los músculos y el nudo que sintió en el estómago cuando Bernardo le preguntó por su marido Juan le pareció tontería comparado con la sensación que estaba teniendo en aquel momento por todo su cuerpo. Se estaba muriendo. Algo dentro de Ana María se moría, y no era ella.

En aquel momento lo supo, y no cuando llamaron sus hijos un rato más tarde.

Había perdido a su marido por segunda y última vez.

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