La piscina de Pandora

Summary: ¿Qué pasaría si tuvieras un tiburón en tu piscina? Pues eso es lo que ocurre en la vida de nuestro protagonista de hoy: su padre lleva un tiburón a su casa y lo mete en la piscina. Una historia sobre la amistad con los animales, sobre egoísmo y las consecuencias de los actos, un relato sobre los problemas sociales que un suceso extraordinario puede causar a un niño.

***

 La mañana que se llevaron a Pandora fue muy complicada. Cuarenta y cinco grados de temperatura a la sombra en pleno mes de mayo. Me levanté y fui a desayunar antes de ir al instituto. Me vestí y salí corriendo: llegaba tarde.

Cuando llegué al colegio, Marina me esperaba sentada en su silla, al lado de la mía. Ella lo sabía todo.

− ¿Qué tal estás? –Me preguntó cuando me senté a su lado.

−Regular, Marina. Pensaba que sería más fácil.

−Ya imagino. ¿Cuánto tiempo ha sido, un año?

−No ha llegado al año. Pero le he cogido cariño.

−Hombre, hay que reconocer que tener un tiburón en casa no es algo muy normal, −añadió Marina, haciendo con las manos el gesto de las comillas en la palabra normal.

Once meses haría la semana siguiente. Aún recuerda al camión que la trajo y la cara de mi padre cuando el animal entró en la piscina que teníamos en casa, en la parte posterior de la casa. Algunos vecinos estuvieron curioseando y al poco tiempo todo el mundo sabía que teníamos un tiburón en la piscina. Pandora fue el nombre que mi hermana pequeña decidió ponerle.

Cuando lo conté en clase mis amigos quisieron venir a verlo y les invité aquella misma tarde. Los primeros días siempre había gente alrededor. Luego llegó el verano y los invitados dejaron de venir. Mis amigos no venían a bañarse a casa por miedo de Pandora.

Yo lo entendía. El primer día que me bañé con Pandora fue difícil. Metí primero un pie, y después el otro. El tiburón no se acercó. Bajé con cuidado mi cuerpo al agua y Pandora seguía sin acercarse. Fui yo el que fue en su busca al final. Le acaricié y no pasó nada. Nadé y Pandora nadó conmigo. Desde entonces y hasta que acabó el verano me bañé con el tiburón todos los días.

Pero mis amigos decidieron no aparecer por mi casa aquél verano. Los llamaba y siempre tenían planes. La única que de vez en cuando podía venir era Marina, pero nunca se bañaba.

− ¿Pero por qué está este tiburón en tu casa? –Me preguntó la primera vez que lo vio.

−No lo sé. Son cosas del trabajo de mi padre. Creo que tiene que tenerlo aquí para vigilar que se alimente bien o yo que sé. Es difícil. Pero mola, ¿eh?

−Sí, molar mola, pero da miedo. A mí me da miedo.

Marina era mi mejor amiga. Se sentó a mi lado el primer día de clase cuando entramos en el colegio y desde entonces íbamos a todos sitios juntos. Yo tenía mis amigos y ella los suyos, pero siempre sacábamos tiempo para estar juntos. Éramos más familiares que amigos. Si tenía algún problema recurría a ella, y ella a mí en su caso.

Aquél verano había sido aburrido. Marina vino a visitarme tres veces en todo el verano, y de mis otros amigos no tuve noticia hasta que volvimos al instituto. Por su parte, los vecinos no se quejaron de Pandora. Simplemente no se acercaban. Solo nos atrevíamos a nadar con el tiburón mi padre, mi hermana y yo. Mi hermana, que con siete años ya era más valiente que cualquiera de mis amigos. A mi madre no es que le diera miedo el tiburón, ella no sabía nadar y nunca se bañaba en la piscina.

Me llamaron de la televisión local, cuando acabó el verano, para hacerle una entrevista “al niño del tiburón”. Lo comenté en casa y mis padres consideraron que era una buena idea. Acepté y fui. Marina me acompañó.

− ¿Qué se siente al nadar con un tiburón? –Fue la primera pregunta de la entrevista.

−Es raro, −contesté yo. –La verdad es que al principio me costó, pero una vez que te acostumbras está bien. Pandora es un tiburón muy tranquilo y me deja nadar sin problemas.

− ¿Pandora?

−Es el nombre que le puso mi hermana.

−O sea, que vuestro tiburón es para vosotros como una mascota.

−Sí, podríamos decirlo así. No es un perro, pero es nuestra mascota.

−Y tus amigos, ¿qué opinan de nadar con Pandora? –Bebí un poco de agua mientras me formulaba esta nueva pregunta.

−No han nadado con ella. Creo que les da miedo.

−Normal. Y tu padre, ¿a qué se dedica? Tiene que tener un trabajo muy importante para tener un tiburón en casa.

−Mi padre es biólogo marino y trabaja en la universidad.

− ¿Y no debería estar, un biólogo marino que trabaja en la universidad, en contra del cautiverio de los animales?

−No lo sé, señor, no se lo he preguntado. –En aquel plató hacía mucho calor y estaba sudando.

− ¿Y qué hace el tiburón en tu casa entonces?

−No lo sé. Supongo que mi padre tendrá que hacer pruebas con Pandora y que por eso está en casa.

La entrevista siguió durante veinte minutos. Cuando salí, Marina me estaba esperando. Fuimos a tomar un refresco y cada uno a su casa.

Aquél día, cuando acabaron las clases, volví a casa caminando como cada día. Iban a llevarse a Pandora y yo invité a Marina a comer. Mi madre me había dado permiso. Había preparado ensalada césar y filetes para detrás. Cuando comimos nos fuimos a la piscina. Allí estaba Pandora, nadando, como siempre. Marina había traído un bañador y fue a cambiarse. Yo me puse el mío.

− ¿Estás segura de que quieres hacer esto? – Le pregunté cuando bajó con el bañador.

−Sí. Esta va a ser mi última oportunidad de bañarme con Pandora. Es hoy o nunca.

Marina entró en el agua cuando yo ya estaba dentro. Acariciamos a Pandora y nadamos un buen rato.

Tres meses atrás fue cuando todo estalló. Mis amigos habían dejado de hablarme por lo que había dicho en la entrevista, que todo el mundo vio por televisión. La única que me hablaba era Marina. Además, todo el mundo me miraba raro. La idea que supuso el fin de la estancia de Pandora en mi casa surgió un día que Marina había venido a merendar y a hacer un trabajo de historia.

−Te noto raro, ¿te pasa algo? –me preguntó Marina, cuando estábamos merendando. –Estás como ausente y callado.

−No, bueno, es solo que…

−Va, suéltalo, ya sabes que puedes confiar en mí. ¿No será mal de amores? –Me guiñó un ojo.

−Tienes razón, −sonreí. –A ver, es que estoy un poco harto de Pandora. No de ella, sino de todo lo que me está pasando por su culpa. Mis amigos han dejado de hablarme, ya lo sabes, y aparte de ti nadie quiere hablar conmigo.

−Bueno, es normal, creo. No sé si normal, pero al menos sí comprensible. ¿Qué pasaría si en lugar de tú fuera otro el que tuviera a Pandora viviendo en su piscina? ¿Cómo actuarías? A lo mejor igual que lo están haciendo ahora ellos. No es una situación muy normal –dijo, haciendo el gesto de las comillas.

−Viéndolo así… La cosa es que estoy harto de Pandora. Aportar no aporta nada, y estoy perdiendo a mis amigos y en mi casa empieza a haber problemas.

− ¿Problemas? –Me preguntó Marina, levantando la ceja izquierda.

−Sí, problemas. No quiero hablar del tema. Pero Pandora es un problema gordo.

− ¿Tú sabes si que Pandora esté en tu piscina es legal? A lo mejor hay una ley que lo prohíba o algo así.

−Pues no lo sé, en verdad. Vino con mi padre y, como él es biólogo, no hicimos preguntas. ¿Tú crees que pasaría algo si fuera ilegal?

Fuimos a mi cuarto y cerramos con llave. Abrí el ordenador y Marina se puso a teclear. Al rato desistimos: no encontrábamos nada. A la mañana siguiente Marina me contó que tenía un plan. Marina era la de los planes. Su tío era abogado. No estaba especializado en medioambiente, pero podría planteárselo a algún conocido que trabajase en ese ámbito. A la semana siguiente ya teníamos contestación: sí, tener un tiburón en una piscina era totalmente ilegal. El tío de Marina no nos dio más explicaciones, solo nos dijo que lo mejor sería que llamáramos a una organización a favor de los derechos de los animales.

− ¿Te pasa algo, Pablo?  −Me preguntó mi madre. Marina y yo habíamos entrado a merendar tras bañarnos con Pandora. La última vez que nadaría con ella.

−No, mamá. No me pasa nada. –Mi madre no sabía que iban a venir a por Pandora. Sólo lo sabíamos Marina y yo.

En ese momento llegó mi padre de trabajar. Entró, tomó una galleta y fue directo a la piscina para ver a Pandora. Siempre hacía lo mismo, estaba allí diez minutos con el tiburón y luego volvía a la casa.

Los de la protectora nos dijeron a Marina y a mí, el día que fuimos, que serían muy delicados con el tema. Nos ofrecieron té y pastas y se sentaron con nosotros mientras les explicamos el asunto. Dos hombres jóvenes. Nos dijeron que aquello era malo para el animal y que además iba en contra de la ley. Para acabar, se comprometieron a llamarnos antes de hacer nada, para que estuviéramos preparados. Y así lo hicieron. Siete días antes de llevarse a Pandora llamaron a casa de Marina y se lo dijeron. Aquello fue idea de Marina, porque entre los dos llegamos al acuerdo de que no diríamos nada a mis padres. Los de la protectora nos aseguraron que no dirían que habíamos ido nosotros a hablar con ellos.

A las siete de la tarde sonó el timbre. Marina y yo estábamos en el salón viendo la televisión. Mi madre abrió la puerta. Eran los de la protectora. Le dijeron a mi madre que habían recibido un aviso sobre una práctica ilegal que atentaba contra los derechos de los animales. Nosotros escuchamos la conversación desde el salón. Mi padre se unió a mi madre. Les informaron de que tener a Pandora era una aberración contra los derechos de los animales y que venían con una orden judicial para llevarse de nuevo al tiburón al mar.

Oímos dos voces que no pudimos identificar y decidimos salir del salón, Marina y yo. Eran dos policías. Después de eso todo pasó muy rápido. Los de la protectora entraron en el patio trasero y abrieron para que un camión cisterna entrara. Una grúa entró también en el patio y cogió a Pandora y la introdujo en el camión cisterna. Desalojaron el patio tan rápido como habían entrado. Mi madre permanecía impertérrita, mi hermana lloraba a moco tendido. Mi padre no estaba.

− ¿Dónde está papá?

Antes de terminar la pregunta lo descubrí. Estaba en el coche de los policías, en la parte trasera. Corrí hacia allí y vi que estaba esposado.

− ¿Dónde se lo llevan? –le pregunté a uno de los policías.

−A comisaria, chico, −me contestó, y me sacudió el pelo. –Lo que tu padre ha hecho es muy grave. Será procesado por un juez.

−No pueden hacer eso, −grité. –Mi padre no tiene la culpa. ¡Fui yo! Yo llamé a la protectora de animales.

−Y bien que hiciste, chico, −volvió a sacudirme el pelo.

−No soy un chico, ya tengo edad suficiente para saber lo que hago. Y deje de sacudirme el pelo. No pueden llevarse a mi padre.

−Sí que podemos, y de hecho es lo que vamos a hacer. Es nuestra obligación. Vuelve a casa, chico.

Los policías se fueron llevándose a mi padre con ellos. Cuando volví en mí me di cuenta de que mi madre se había enterado de que había sido yo el que había llamado a la protectora.

−Mamá, yo… lo siento, −dije. Mi madre me dio un guantazo, entró en casa y cerró la puerta.

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