Una partida de cartas

Escena 1

(Una anciana en silla de ruedas en el centro del escenario, prácticamente no tiene movilidad en los brazos y apenas balbucea cuando pretende hablar, pero logra que se distingan las palabras con mucho esfuerzo. Delante hay una mesa camilla. Entra una monja por la derecha, también anciana, con una bandeja con un plato de fideos sobre sus manos. Deja la bandeja encima de la mesa y acerca una silla).

MONJA.- (hablando con fuerza, casi chillando) Qué aproveche, Carmen, ahora toca comer un poco. ¿Tienes hambre?

(CARMEN sonríe exageradamente y niega con la cabeza. Mientras tanto, la MONJA ya ha preparado la primera cucharada para metérsela en la boca. Actúa con decisión, sin pedir permiso, obligándola a comer. CARMEN no se resiste demasiado).

MONJA.- Pero tienes que comer, hija, venga come, eso es, que luego vendrán tus hermanos y dirán que no te alimentamos.

CARMEN.- Vienen mañana, y Adrián también, que me lo dijo por teléfono.

MONJA.- Precisamente por eso tienes que comer. Mañana vas a necesitar muchas energías.

(Aparece por la izquierda otra anciana, llamada TERESA, caminando lentamente pero con firmeza, y la mirada perdida).

MONJA.- Teresa, siéntate ya a comer, anda.

TERESA.- Pero, ¿y Raúl?

MONJA.- Raúl se ha ido ya y me ha dicho que te lo tienes que comer todo.

TERESA.- ¿Se ha ido? Pues no le he visto.

(TERESA se sienta en otra silla y empieza a comer).

MONJA.- ¿Está bueno, Carmen?

CARMEN.- Sí, muy bueno, pero no puedo más.

MONJA.- Pero tienes que seguir comiendo, ¡vamos, que ya no te queda casi nada!

CARMEN.- Mañana, déjales que se queden conmigo en la comida.

MONJA.- Si ya sabes que no hay ningún problema, lo que no podemos es obligarles si se tienen que ir.

CARMEN.- Si las visitas se acaban a la una, lo pone en las normas.

MONJA.- Es verdad, pero esa norma es sobre todo para los que están bajo, no podemos llenar el comedor de visitantes, pero aquí arriba, que no viene casi nadie, cualquier ayuda es buena.

CARMEN.- Es que, como lo pone en las normas, no se van a quedar nunca.

MONJA.- Si es por eso, diles que me pregunten a mí o a la cuidadora, no hay problema en que se queden.

(TERESA se levanta de la silla y se acerca a la monja, señalándose el vestido, a la altura de la tripa).

TERESA.- Mira.

MONJA.- ¿Qué pasa, hija?

TERESA.- Esto, me tira y no me puedo levantar.

MONJA.- Esto es una mancha, Teresa, ¿no lo ves? Si ya estás de pie.

TERESA.- No, pero ahí (señalando un sillón, al fondo del escenario), se engancha ahí y ya no me deja levantarme. Me chupa la sangre.

MONJA.- Eso, te chupa la sangre.

(CARMEN y la MONJA se ríen).

CARMEN.- Eso es lo de la silla, para que no se vaya.

MONJA.- Claro. Si es que no para quieta.

TERESA.- ¡Ay!

MONJA.- ¡Pero si no estás cogida!

TERESA.- No, no, pero luego sí.

CARMEN.- Yo aquí estoy, sentada y ya no me puedo mover.

TERESA.- ¡Ay! Si yo no tengo dinero para darte, pero mira, si me sueltas, cuando me toque la lotería, todo para ti.

MONJA.- La pobre Teresa. Ven, vamos a dar una vuelta, a ver si encontramos un mozo guapo para ti.

TERESA.- Tengo que decírselo a Raúl, lo del eso (señalándose el vestido, donde antes), a ver si él me lo quita ya.

(La MONJA y TERESA se cogen del brazo y salen del escenario hablando)

 

Escena 2

(CARMEN está sola en el escenario, completamente en silencio, mirando al público, sentada en su silla de ruedas y sin moverse. Se queda así casi un minuto. Entra una CUIDADORA y la saca del escenario).

CUIDADORA.- Vamos al baño, Carmen.

(CARMEN apenas responde con un “sí” ininteligible, y se acomoda levemente en la silla. Las dos salen del escenario y entran poco tiempo después. La CUIDADORA deja la silla de ruedas en la misma posición que antes. CARMEN parece estar más sonriente).

CUIDADORA.- Muy bien, ya estás en tu sitio, voy a llevar a Susana, ¿vale? Enseguida nos vemos.

(CARMEN se queda sola de nuevo en el escenario, inmóvil y en silencio, hasta que empieza a levantarse, lentamente de la silla y empieza a hablar al público).

CARMEN.-  Ocho años, ocho años llevo en esta residencia. Ocho años hace que empecé a recorrer estos pasillos y a pasear por los jardines. Vine desde muy lejos porque mi hermana me dijo que este era el mejor lugar, la verdad es que no tengo queja, las hermanitas me han tratado muy bien y, a pesar de que ahora apenas puedo moverme y dependo de ellas para todo, me han tratado tan bien como el primer día. Cuando llegué, yo era muy feliz aquí, conocí a mucha gente y estaba encantada. Siempre había alguna actividad o alguna tarea en la casa. Y si no, alguien tenía alguna visita o había cotilleos que nos entretenían toda la tarde. Con el tiempo, fui comprendiendo que ellos eran mi familia y esa rutina iba a ser mi vida. Mis hermanos sí que habían tenido hijos y conmigo atendida, ya no tenían que preocuparse por mí, así que las visitas se iban haciendo cada vez más escasas. Pero de eso hace ya ocho años y en una residencia de ancianos, tanto tiempo supone perder a muchos amigos que no logran aguantar tanto tiempo como yo. Descubrí que estaba sola, pero, al menos me sentía rodeada por gente que se preocupaba por mí y lo acepté como he aceptado todo lo que me ha ocurrido desde que estoy aquí. Incluido esto.

(CARMEN se sienta de nuevo en su silla de ruedas y entra en el escenario TERESA).

TERESA.- ¿Has visto a Raúl? Es que lo estoy buscando y no lo veo.

(TERESA sale del escenario por el lado contrario CARMEN vuelve a hablar con gran dificultad y apenas sin mover un poco los brazos).

CARMEN.- Esta maldita vejez que me hizo perder las piernas y casi también los brazos. Llevo cuatro años ya sentada en esta puta silla, sin poder moverme, aquí, en este mismo lugar todo el día, desde que me levantan hasta que me acuestan, viendo pasar a unos y otros sin poder hacer yo nada. Son cuatro años ya, cuatro años así, deteriorándome poco a poco, luchando por vivir, pero, ¿para qué? No tengo ninguna motivación. Cada día es una batalla que libro contra la muerte, pero ya no soy yo la que peleo, sino sor Herminia, o Ana, o cualquiera de las cuidadoras o las hermanitas que están conmigo, que me hacen comer, aunque yo realmente, no tenga hambre o que están pendientes de mí. Hace dos días me caí en la ducha y me duele todo el cuerpo desde entonces, pero enseguida me levantaron y me llevaron al doctor.

(CARMEN se vuelve a levantar de la silla, de nuevo, no tiene problemas para moverse o para hablar. TERESA aparece entre el público, se mueve, como perdida y, de vez en cuando, pregunta a alguien).

TERESA.- Oye, ¿tú eres Raúl? ¿No? ¿Y no sabes dónde está?

CARMEN.- Mira a Teresa, nunca para quieta. Busca a Raúl incansablemente, le da igual que venga una vez al mes a verla y que viva a doscientos kilómetros de distancia el resto del tiempo. Se lo han repetido mil veces, pero ella, valiente, se lanza a buscarle por los pasillos de la residencia, como si fuera a encontrarlo. Alguna vez se la han encontrado por la planta baja, que no sé ni cómo habrá encontrado el ascensor la mujer, tal y como tiene la cabeza.

TERESA.- ¿Tú eres Raúl? No, no me mientas, tú eres Raúl. ¿Seguro? Pues entonces, dime dónde está, que lo estoy buscando.

CARMEN.- Por eso, la mayor parte del tiempo la tienen atada a su sillón, si no, tendrían que estar buscándola constantemente y aquí, en esta planta, somos ya muchas ancianas las que necesitamos a alguien para todo. Yo la veo caminar de un lado para otro sin saber dónde va y envidio esas piernas que sí que le dejan moverse por donde quiera. Ojalá no estuviera condenada a estar ahí, en la silla, sentada lo que me queda de vida, que aún parece mucho tiempo. Ya lo dice la hermanita, que lleva más de treinta años aquí. Los que al principio nos ponemos peor, somos luego los que más aguantamos. Sin embargo, los ancianos que parecen más fuertes, un día, de repente, caen enfermos y a las dos semanas ya están en el cementerio. Así que parece que a mí me toca un final largo y doloroso. Un final que yo estoy dispuesta a cumplir, pero esta es mi vida, la que habéis visto, no hay más. Yo a esto no lo llamaría aburrimiento, es algo más, porque cualquier cosa que me saque de mi letargo ahí sentada, me alegra tanto que no sabría ni describirlo. Es que me da vida.

TERESA.- ¿Has visto a Raúl? Ven, ayúdame a buscarlo (Levanta a alguien del PÚBLICO y se van los dos andando). Es que, mira, tengo que verle para decirle que esta no es mi casa. Me la han robado y ahora me ponen esto (se señala el vestido) y no me dejan irme.

Escena 3

(CARMEN se vuelve a sentar en su silla. TERESA sube acompañada de esa persona del PÚBLICO al escenario y se acerca al sillón del fondo).

TERESA.- Mira, ¿ves? Esta no es mi casa. Yo vivía aquí, pero ahora me la han robado y ya no es igual. Mira, mira esto (señalando en el sillón). Esto me lo ponen y no me dejan moverme ya. Estoy atrapada.

(Entra la CUIDADORA)

CUIDADORA.- ¡Ay, Teresa! Llevo casi una hora buscándote, ya estaba preocupada, menos mal que no te has caído ni nada. Gracias por traerla aquí, es que esta mujer es incansable y a veces la dejamos que camine un poco, pero, claro, desaparece y luego hay que buscarla.

PÚBLICO.- ¿Vas a atarla ya?

CUIDADORA.- Claro, si es que no podemos estar todo el día pendientes de ella. Además de que tiene que descansar, que tampoco va a descansar mucho, está todo el tiempo intentando soltarse.

(La CUIDADORA ata a TERESA al sillón mientras ella se queja, pero, realmente, no hace ningún esfuerzo por evitarlo).

PÚBLICO.- Teresa, ahora a descansar un poco, que ya se ha dado un buen paseo.

TERESA.- Pero, ¿y Raúl?

PÚBLICO.- Yo ahora voy a buscarlo y, si lo veo, le digo que venga.

CUIDADORA.- Suerte que tenemos aquí a Carmen, que está pendiente de lo que hace y más de una vez nos ha avisado, que si no, a saber dónde habría acabado.

(CARMEN asiente feliz).

CARMEN.- No se quiere sentar nunca.

PÚBLICO.- Si a Carmen la conozco ya.

TERESA.- Chica, ven, suéltame de esto, que me mata, me hace daño y me mata. Mira (buscando con las manos por su espalda cómo está enganchado el arnés al sillón). Va por aquí. Suéltame, que yo no tengo dinero ni tengo de nada, pero, de verdad que si me sueltas, cuando me toque la lotería, todo para ti.

(La persona del PÚBLICO se sienta en una silla al lado de CARMEN y la cuidadora se va).

PÚBLICO.- Hola, Carmen, ¿tú te acuerdas de mí?

(La expresión de CARMEN, desde este momento, se vuelve radiante de felicidad).

CARMEN.- Sí, ¿eres Sandra?

SANDRA.- ¡Te acuerdas de mi nombre y todo! Es impresionante la memoria que tienes, si hace siete años que no nos vemos.

CARMEN.- Sí, viniste y jugábamos a las cartas.

SANDRA.- Exacto. Vine una semana  hace ya muchos años a estar con vosotros y haceros compañía. ¿Sigues jugando a las cartas?

CARMEN.- ¿Cómo? Si ya no puedo.

SANDRA.- ¿Cómo que no? Yo te ayudo.

CARMEN.- ¿Sí?

SANDRA.- ¿Pero te acuerdas de jugar?

CARMEN.- Sí

SANDRA.- ¡Genial! Pues voy a hablar con Luisa, que a ella le encanta montar timbas de brisca y seguro que se apunta alguien más.

TERESA.- ¡Oye, chica!, ¿me puedes soltar?

SANDRA.- No puedo, Teresa, no sé.

TERESA.- ¿No sabes? Pues vaya.

SANDRA.- ¿Quieres jugar a las cartas?

TERESA.- No, ¿está Raúl por ahí?

CARMEN.-  Déjala, no va a parar nunca.

SANDRA.- Entonces, Carmen, tú sí que juegas conmigo.

CARMEN.- Sí, pero una cosa.

SANDRA.- ¿Sí?

CARMEN.- Luego me das tú de cenar.

SANDRA.- Por supuesto que sí, yo encantada.

(SANDRA acerca su boca a la mejilla de CARMEN y le da un beso, que luego ella le devuelve).

FIN

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