El sol de la mañana

El sol de la tarde se pondrá pronto y la oscuridad que deje marcará el comienzo de la fiesta del fuego de los Pamalakae. Niki está emocionado, ya queda muy poco para ser bendecido por las llamas de la gran noche. Entonces, será mayor y podrá montar en un grájalo, como todos sus hermanos. Está deseando que el sol de la tarde dé el último paso, pero el tiempo no avanza tan rápido como le gustaría. Las noches en el planeta de los Pamalakae son eternas, así que, cada vez que sale o se esconde el sol es motivo de fiesta. Le piden a su dios que les proteja de la oscuridad y encienden una gran hoguera tan grande como el cráter donde nació el Dragón de la Mañana que debe mantenerse toda la noche encendida. Todo el pueblo colabora ofreciendo madera al dios cada vez que se despiertan antes de comenzar su jornada. Niki va a cumplir ya veinticinco noches y en la ceremonia del fuego se hará un hombre. Está ansioso.

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Mi Querido Diario

Apenas recuerdo ya su cara. El frío me envuelve cuando lo intento, pero más porque en mi personalidad está el establecer poderosos vínculos con quien sea capaz de confiar en mí, que por un sentimiento amistoso real.

¿Quién soy? No es necesario que tenga un nombre realmente, aunque me solían, y me suelen llamar: Querido Diario.

A diferencia de para vosotros, para mí el nombre no es algo importante. Lo que es importante respecto a mí es lo que una vez llevé dentro: toda una serie de aventuras, secretos, mentiras, lágrimas, algo de alcohol y hasta babas de perro… Y sobre todo, una sucesión de inconfesables sucesos escritos a sangre fría. Aunque tal vez la sangre no sea el fluido corporal más exacto para la metáfora, pero utilizar el que sería apropiado podría resultar grosero, y eso es algo que no se puede permitir algo tan exquisito como yo. Nada menos que un tomo de edición muy limitada.

Afortunadamente, todo eso ya pasó. Estoy limpio. Y ahora mi interior solo se llena con letras bonitas que dibujan viajes a otros mundos, paisajes que quitan el sentido, poemas que emocionarían al diario de Lorca y proyectos, muchos proyectos tachados, y otros aún por tachar.

El cambio fue gracias a ella. Decidió justo a tiempo saltar de aquel barco que se hundía en mitad de la tormenta y arrancó de mis entrañas todas esas páginas escritas con letra irregular y renglones torcidos, como si se hubiesen garabateado en estado de ebriedad pero sin el como. Y si no lo estaba, lo fingía. Debido a esto ahora soy más delgado, más fino, pero también más ligero. Libre de la culpa, del remordimiento y de la impotencia que durante meses retorció mis solapas.

Y por eso, me siento capaz de abrir mis páginas y mostrar esa historia tatuada en mi piel.Leer más »

La riñonera

Huele a alquitrán. Pedro camina pesadamente entre los coches. Sus roídas zapatillas se arrastran por el asfalto y sus manos tamborilean en el exterior de cada uno de sus bolsillos. Lleva una gorra en la cabeza, la cara tostada por el sol y los labios quemados del aire cargado y pesado de la ciudad.

Por la lejanía del final de la calle, un brillante coche plateado aparece. La luz intermitente derecha parece ser un resorte para Pedro, que sale corriendo en su busca haciendo enérgicos movimientos con los brazos.

—¡Aquí, señor! —Indica apresuradamente con un marcado acento andaluz—. Dale un poco más… gira todo. Dale, dale… Sigue, un poco más. ¡Ahí quieto! Perfecto.

El conductor del vehículo baja con tranquilidad del coche. Es ancho y calvo, aunque no demasiado mayor. Pedro mira su camisa abotonada, que parece a punto de estallar a la altura de su ombligo. Tiene un aspecto rudo, fuerte.

—Buenas tardes amigo. La voluntad —se acerca a él y alarga la mano.

—No llevo nada suelto —hace aspavientos tocando los bolsillos de sus pantalones.

—Una moneda aunque sea. No necesito mucho. Para una botellita de agua, por favor. Que con este calor no sale ni un coche.

—Que no tengo tío —usa un tono brusco y cortante. Hay cierto desprecio en su voz.

El conductor del coche da media vuelta y se aleja en dirección contraria a donde se encuentra Pedro. Este se quita la gorra, se seca el sudor de la frente con el antebrazo y se la coloca de nuevo en la cabeza mientras maldice entre dientes. Lo mira con cara de resignación.Leer más »

Alma

Aún hoy en día los ojos de Alma me parecen los más bonitos que he visto nunca; sus pestañas negras y espesas, esa pupila del negro más intenso del mundo, y cómo olvidar ese color turquesa tan hermoso. Todo eso unido a su pequeña barbillita respingona, su boquita de color rosa, sus mejillas sonrosadas, su piel de porcelana y sus tirabuzones negros la convertían en la más hermosa de todas. Recuerdo que nada más llegar se convirtió en la preferida y todas querían imitarla. Y mientras yo, que tantas noches había pasado en aquella cama tan caliente, apartada, fuera de su abrazo protector. Lo que al principio era admiración se convirtió al poco tiempo en odio, rabia, celos, y porqué no decirlo, envidia. Y fue por esta razón que hice lo que hice.

Aquella mañana despejada apenas había nadie en la habitación. Alma y yo reposábamos tranquilas en la ventana junto a otras mientras veíamos el avance del día y esperábamos a que llegase la tarde. En el delicado zapato de terciopelo rojo de Alma había una pequeña inscripción que decía Hecho en India. Yo me había dado cuenta del pequeño grabado y de que en casi todos los zapatos de las demás en vez de India ponía Japón , pero el resto de mis compañeras no eran tan observadoras como yo. Me esperé a que se distrajesen para atacar a Alma. Le pedí delicadamente que me prestase su zapato, idéntico al mío, aquella mañana y por supuesto accedió sin problemas. Leer más »

Sonrisa

Summary: Sandra no pensaba robar un coche aquel día. Había planeado ese día desde hacía meses, el día en el que Mario, su mejor amigo, volvería a fijarse en ella. Por eso, cuando su madre les dijo que se había ido no dudó en cometer una locura con tal de traerlo de vuelta.

Sandra no pensaba robar un coche aquel día, pero tampoco estaba dispuesta a perder a Mario, su mejor amigo. Momento perdido de En las buenas y en las malas.Leer más »

Vivir en sueños

Escucho el zumbido de tu adorada moto fuera de casa y sé que te acercas. Un extraño sentimiento de desprecio hacia aquel infernal ruido me atraviesa de pies a cabeza, pero no sé decir porqué. Me visto deprisa y voy al cuarto de baño sin dejar de pensar en ti.

Te he observado tantas veces desde la ventana de mi cuarto que no es difícil imaginar lo que estás haciendo en este momento. Te imagino frenando frente a mi casa, te bajas de tu moto relajado, confiado, seguro de ti mismo, te quitas el casco y encaminas tus pasos hacia mí.

Me termino de secar el pelo con una toalla pequeña de forma frenética, siempre me impaciento cuando te escucho llegar y acabo corriendo escaleras abajo. Esta vez no es diferente, el corazón me da un vuelco… Es como si se detuviera un instante y después reanudara su marcha. Respiro de forma entrecortada, lo sé, así que intento tranquilizarme, pero inevitablemente la anticipación me puede.

La puerta de casa se abre y ahí estás… con el casco de la moto en una mano. Te pasas los dedos por el pelo de forma descuidada y dejas el casco y las llaves de la moto en la mesa de la entrada. Lo haces de forma mecánica, pausada, sin prisas, como un ritual que ya has repetido mil veces.Leer más »

Punto de cruz

La poesía requiere, en cierto modo, tener las pupilas más grandes del mundo.

El escritor de poesía camina solo. Cuando sale de casa, deja los abrigos más mundanos y minúsculos colgados de la percha, ya que, pese a su insignificante tamaño, le pesan demasiado.
El instinto de este hacedor de palabras es punzante. No se le escapan los hilos de lana roja que le enredan con los árboles, los edificios, el alquitrán y el polvo. Sin embargo, estos hilos le cortan y despedazan en miríadas de átomos, que sirven de pasto a las gacelas y de abono a los cerezos.

Como intérprete del abismo, su vocación consiste en conocer el pensamiento que nace de habitar un cuerpo humano, una maquinaria tan perfecta y titánica. Qué supone vivir con una lengua que calla más o menos, con unas cuencas de los ojos más o menos profundas.
Para trabajar, el poeta extiende los brazos, deja caer la cabeza y se convierte en una ofrenda a la diosa, a esa diosa que le infla el cerebro de imágenes.Leer más »

El hombre de mantenimiento

Aquel verano Sara tuvo que volver a casa de sus padres en el formidable complejo residencial The Dunas Golf de Tarragona. El estío  asomaba peligrosamente por el horizonte de la playa mientras Sara veía desde su balcón cómo su padre colaba todas las pelotas en los lagos del campo de golf.

-¡Este año ganamos el campeonato, lo presiento! –dijo su hermano Toni buscando algo de agua en la cocina mientras Sara ya esperaba en la mesa para el almuerzo.  Horas antes, su madre había encargado la comida a un restaurante francés, “Le petit garçon”, que seguro no saciaría sus pocas ganas de comer ni las de un continente tan grande como África.  Después del postre se sacudió las minúsculas migajas de pan que adornaban su camisa de seda y salió al jardín a dejar que el sol terminara de hacer el resto del trabajo sobre ella. “Pues tampoco era para tanto la cocina francesa”, pensó al encaminarse hacia el jardín.

-¡No olvides la crema del treinta!

-Tranquila no lo haré ─ contestó Sara a su madre.

Pero ella sabía que ni siquiera la protección solar la resguardaría de todos los rayos del sol que estaban dispuesta a quemar su delicada piel color crema. Ni siquiera la protección del cincuenta la salvaría de aquella situación, sobre todo cuando lo que quemaba no era la piel sino otra capa que cicatrizaba por debajo de sus venas y sus arterias. Una piel extremadamente sensible llamada alma. Y sobre todo si aquella estrella ante la cual giraba toda la vida que ella conocía, había comenzado a quemar aquel verano como nunca. Al menos eso era lo que había dicho la chica del tiempo, aquella película sobre el cambio climático que había visto con Alberto antes de que terminara el invierno;  y la peculiar imagen de unos chicos corriendo detrás de unas chicas la noche anterior en la playa.Leer más »

El marido de la mujé dehcarsa

—¡Señora! ¡Señora, buenos días! ¡Señora!

Ahí estaba Bernardo. ¡Vaya horas! Ana María pulsó el botón del mando a distancia para parar la reproducción del vídeo y se levantó lo más rápido que le permitieron sus fuerzas de la silla. Últimamente el reúma no le estaba dando ni una tregua. Bernardo siempre tenía el don de la oportunidad. Al menos ahora estaba viendo un capítulo grabado y podía pararlo. Pero no sería la primera vez que le fastidiaba el final de ‘La ruleta de la suerte’ o la parte de los cotilleos de ‘El Programa de Ana Rosa’. De todos modos, no le diría nada al respecto. Debía de llevar un buen rato llamando al timbre, como siempre. Ni siquiera se había enterado hasta que le escuchó vociferar. Quizá era verdad eso que le decían sus nietos de que tenía la televisión muy alta.

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