Treinta y cuatro euros la noche

Como el aullido abismal de un monstruo de caverna, resonó la alarma del teléfono. «No te preocupes, luego te lo llevo yo». Sonó un rato, pequeño, antes de que Pedro arrastrase la mano debajo de la almohada, lo apagara, y volviera a dormirse.

Qué sensación la de la siesta. Que se queje el primero quien, como Pedro, nunca haya sentido ese remolonear en la cómoda cama de un buen hostal en fin de semana, después de una considerable hartada de pizza deliciosa lubricada con vino barato. Ese atrapamiento infernal de las sábanas que, llenas de frescor, aroma y suavidad, rozan con delicadeza la piel únicamente cubierta por ropa interior, haciendo que cualquier tarea que se tuviera para ese día, por importante que fuera, se convirtiera momentáneamente  en algo secundario.

No solo eso, sino que el entorno era desgraciadamente propicio para el sedentarismo: con esa luz brillante pero pesada previa al atardecer, un silencio tan puro que se alzaba incluso sobre la consciencia, acallándola, y una relajación corporal tal, que pensar en mover cualquier parte de su cuerpo parecía requerir un esfuerzo que no estaba dispuesto a asumir.

Aclarado este estado de modorra extrema, cabe indicar las razones por las que Pedro Núñez estaba despatarrado en aquel paraíso en miniatura de treinta y cuatro euros la noche: Pedro, que vivía en Sevilla, había ido esa misma mañana a Granada para visitar a su novia, Laura Rodríguez, y como los padres de ésta no permitían que ninguna pareja durmiera bajo su techo sin ser cónyuge, ambos se buscaron un lugar donde dormir juntos, cercano a la Escuela de Fotografía donde ella estudiaba por las tardes.

Aquella estremecedora musiquilla clásica volvió a perturbarle impertinentemente, como si no le importase en absoluto que Pedro estuviese recuperando horas de sueño después de varios días de insomnio (su fortuito nuevo trabajo le hacía feliz tanto como le tenía desquiciado). Esta vez, un atisbo de inquietud interna le hizo incorporarse ligeramente, coger el teléfono y mirarlo fijamente largo rato hasta enfocar bien la hora que era. Tuvo el recuerdo fugaz de Laura preguntándole algo justo antes de salir de la habitación. «Nada, dormiré veinte minutillos y me pongo con el trabajo a tope», había respondido. Desafortunadamente, en ese momento y estado, Pedro no era capaz de apreciar la urgencia en la insistencia del despertador. Volvió a posponer la alarma y se dejó tragar por el poderoso campo gravitacional del colchón.

Para que no se piense que Pedro era lo que se dice un flojo o perezoso o más vago que una piedra, me adentraré algo más en sus propias percepciones: hacía tan solo una semana que a Pedro lo habían contratado en la revista “LetrAletra” como redactor de relatos semanales. Cada uno tenía que ser de una temática y con unas técnicas narrativas diferentes, con una extensión de entre ocho y diez páginas mecanografiadas a doble espacio, y ya iba con retraso en uno de ellos.

Sin embargo, dos eran sus principales problemas: el primero era que junto a Laura había creado una empresa de productos creativos, llamada Los Ahoras.com, que mezclaban el diseño y la fotografía con pequeñas dosis de filosofía barata; al estilo de Mr. Wonderful, pero mejor, y sacar adelante dicho proyecto era la causa de que hubiera dormido tan poco los últimos días. El segundo, que no tenía ni idea de qué escribir.

A Pedro esto lo tenía como un demonio. Siempre se había considerado a sí mismo como un aspersor de chispas en un campo de paja, lanzando eufóricos fogonazos de ideas a diestro y siniestro en un frenesí apoteósico de creatividad y risas ascendentes que lo envolvían todo en unas inextinguibles llamas de alta literatura.

Pero de pronto, no se le ocurría nada. O tal vez (esto pensaba el pobre para consolarse), se le ocurrían tantas cosas que era incapaz de elegir, porque ninguna le parecía completamente buena.

A modo de aclaratorio para las personas externas al ámbito de la escritura u otras disciplinas artísticas, cabe decir que cuando a un escritor no se le ocurre nada sobre lo que escribir, las tentaciones hacia hacer cualquier otra cosa, como fregar los platos, o “recuperar horas de sueño”, se vuelven diez veces más atractivas. A un escritor o escritora sin tema, le encanta que le obliguen a pasar una tarde de café y magdalenas caseras en casa de sus suegros jubilados.

Por lo que no es que Pedro fuera perezoso (que también), sino que, cansado como estaba, tenía miedo de enfrentarse a la batalla. Miedo a descubrir que en realidad, tal vez, no fuera un aspersor.

Se incorporó Pedro un poco y se quedó sentado con las manos apoyadas. Intentó pensar alguna idea para su relato, así a bote pronto, pero no se le ocurrió nada. Sintió un hormigueo en el cráneo y que sus párpados buscaban cerrarse como las mandíbulas de un tiburón que tiene un atún entre sus fauces. Volvió a recostarse.. «A lo mejor es que sí necesito descansar en realidad».

Pensó en su novia, y en su rostro serio antes de irse a clase. Él ya estaba medio dormido en ese momento, pero tenía un atisbo de recordatorio sobre algo que ella le había pedido. «Vale, en el descansillo te lo llevo». Un estremecimiento le hizo flexionar las piernas y empujar las sábanas hasta el suelo.

No sólo tenía que escribir, sino que acababa de recordar la petición de Laura de que le llevara, para su próxima clase, a las seis y media, su portátil, el cual habían dejado en el coche, a diez minutos andando en la dirección opuesta a la Escuela de Fotografía. Pedro se retorció en la cama y miró el móvil. Ya no le daba apenas tiempo de ponerse a teclear «qué alivio», pensó durante una fracción de segundo, y en la siguiente fracción se reprendió a sí mismo. Aún así, para acallar su conciencia, cogió el portátil sin salir de la cama y escribió algunas frases sueltas sobre algunas ideas que había tenido alguna vez, y que no terminaban de cuajar en su mente embotada. Decidió que mejor repasaría sus primeros relatos, para mejorarlos un poco, pero le parecieron tan vergonzosos que parecía que hubiera visto a sus padres en piel viva bailando sevillanas en la cafetería de su facultad, y tuvo que apartar la mirada y frotarse las sienes.

Cerró la pantalla y decidió que se recostaría un poco más para intentar relajar sus pensamientos (había oído que Arquímedes se echaba la siesta todos los días, y que era al despertar cuando se le ocurrían sus inventos. Era un consuelo para él), luego iría a por el portátil, y para las seis y media estaría en la escuela con Laura.

—¡Guapa, perdona! Aquí tienes —Pedro llegó corriendo a la puerta de la Escuela. Llevaba puesto un pantalón de chándal y una camisa azul arrugada. Entró y de inmediato vio a Laura caminando hacia él.

—¡Por fin! Hola, cariño —Laura terminó de hacerse la trenza triple, cogió el bolso de flores donde iba su portátil y se lo colgó sobre el hombro cubierto por una chaqueta celeste—. Iba a ir ahora yo a buscarlo —sonrió con picardía y le dio a Pedro golpecitos con un dedo en el pecho, conforme se acercaba a él—. Que te has quedado dormidico, ¿eh? —le besa.

—Un poquillo —se rasca la cabeza, sonríe y vuelve a besarla como besarías a una botella de agua tras una semana en el desierto. El ruidoso grupo de compañeros de clase que en ese momento pasaban por allí con sus meriendas, disimularon bien su mirada. Pedro los miró de reojo y sonrió—. Te lo juro, nunca me había costado tanto levantarme de una siesta. Todavía estoy atontado. Ahora me tomaré un cafelazo.

—Ya, sé lo que dices, a mí me ha pasado muchas veces —señaló a un sofá verde que había frente al mostrador y fueron a sentarse. Pedro se fijó por primera vez en las paredes, llenas de fotografías sugerentes de todos los tamaños y estilos—. Todavía me quedan cinco minutillos, no da tiempo de ir a por un café, pero podemos sentarnos. ¿Qué miras? ¿Te gusta alguna? ¿Te inspiran?

Antes de responder, Pedro observó un poco más detenidamente las fotografías. Primero, su vista se detuvo en una algo más pequeña, pero de colores llamativos: reflejaba el rostro de un hombre cuyo cabello eran las páginas de un libro, uno de sus ojos un visor de fotografía y el otro cerrado formando una línea curva y gruesa como los pelos de un pincel. De su oreja derecha salían nubes de colores y plumas. De la izquierda emanaba un pentagrama lleno de notas musicales coloridas y multiformes. El resto de su rostro estaba adornado con películas cinematográficas, una claqueta, engranajes perfectos y mucho color. Tenía una sonrisa tímida y contenida, como la de un niño que guarda un secreto travieso.

A continuación se fijó en otra foto más grande, también un retrato de hombros hacia arriba y por contraste con muy poca predominancia del color. Se trataba de una mujer totalmente blanca, con los labios y párpados pintados de negro, estos últimos entrecerrados. Sacaba la lengua con cierto aire entre seductor y burlón; de una de sus comisuras salía un hilillo de sangre, y de la otra un ala de pájaro. La mujer tenía la cabeza dentro de una jaula.

—No mucho… —El barbudo conserje, en el mostrador, le miró como advirtiéndole de que no debía hablar mal de las fotos que había por ahí—. Aunque me gustaría que me enseñaras cosas de fotografía.

Laura puso los ojos en blanco.

—¡A ver si algún dichoso día tenemos tiempo! —le miró  y habló con la ternura de una novia y la comprensión de una artista que entiende los procesos creativos—. ¿Qué tal vas con el relato?

El sofá era bastante viejo y las tablillas se le clavaban.

—Pues ni lo he empezado… —había cierta aflicción en su tono. «Para hoy tengo terminado el primero», le había dicho el día anterior—. Pero bueno, se me ocurrirá algo.

—Puedes darte un paseo por aquí y ver las foticos, hay muchas muy interesantes —Laura señaló las paredes—. A lo mejor alguna te acaba dando una idea.

—Ahora cuando te vayas me quedaré un poco a mirar… Pero tampoco tengo mucho tiempo, tengo que ponerme a tope desde ayer.

El sonido de una puerta abrirse hizo que ambos mirasen hacia el final del pasillo, justo para ver cómo un hombre de alrededor de ciento veinte kilos y una barba como la melena de Tarzán empezaba a subir las escaleras.

—Oh, oh, ese es mi profesor —Laura se puso en pie—. Salgo a las nueve. Pide algo de cenar y espérame en el hostal, ¿vale? ¡Que tengo un hambre!

—Vale —Pedro se levantó con la parsimonia de una modorra aún persistente, cogió a Laura de la nuca y se acercó a darle un beso en los labios. Ella lo abrazó.

—Te quiero, cariño.

—Y yo a ti, guapa.

—Me voy corriendo —dijo Laura.

—Vale. Hasta luego —Pedro volvió a besarla—. ¡Date caña!

—¡Sí! Y tú también, mi escritor, seguro que se te ocurre algo súper emotivo. Nos vemos luego.

—Venga, vete ya —le da otro beso que la empuja ligeramente. Laura le mira con los ojos brillantes y una sonrisa deliciosa, y se va corriendo hacia su clase.

Solo cuando estaba ya a medio camino del hostal, mirando al suelo mientras seguía dándole vueltas a qué podría escribir, Pedro se acordó de que no se había quedado para mirar las fotos. Sin embargo, la imagen de aquel profesor voluminoso se le había quedado clavada. Parecía una mezcla entre un luchador de sumo y un vikingo.

A Pedro le hizo gracia la comparación y estuvo un rato dándole vueltas: El señor obeso podría ser, quizás profesor por las tardes y luchador de sumo por las mañanas. Tal vez conocía la técnica vikinga del berserker, que le otorgaba un estado mental de frenesí combativo en el cual no podía sentir el dolor, y debido a esto su fuerza y concentración se incrementaban. Puede que antes fuera un muchacho normal, al que le gustaba la fotografía, las artes marciales y la cocina, y que su entrenamiento de luchador de sumo le haya llevado a convertirse en esa mole que era en ese momento, y que tal enorme fuese su talento que el gobierno le hubiese reclutado para una grupo de soldados de élite llamado Berserk, y fueran éstos los que le enseñaron éste método vikingo de combate aplicado al sumo para combatir a los atlantes en una legendaria guerra secreta, por la supremacía terráquea, que llevaba ya doce años y cuatro meses.

O tal vez, era solo un profesor de gordo y desaliñado.

Al día siguiente, a Laura se le antojó sushi y fueron a comer a un japonés llamado, muy originalmente: “Katana”. Al sentarse y pedir, Laura sacó un fino colgantillo dorado que estaba hecho un nudo y se puso a intentar desatarla.

—Toma, cariño —le entregó a Pedro la cadenilla enmarañada—. A ver si tú puedes quitar este nudo.

Pedro la cogió sin decir nada y se puso a mirarla detenidamente. Laura, viendo el decaimiento en los hombros de Pedro, y consciente de lo que afectaban los bloqueos a su querida pareja, estiró un brazo para cogerle la mano y le preguntó:

—¿Tú qué tal, cariño? ¿Sigue sin ocurrírsete nada?

—Sí —Pedro se rascó la cabeza con la mano que sujetaba el nudo sin mirar a Laura a los ojos. A él le gustaba sentarse orientado hacia la entrada del lugar, y no había mucha gente en esa zona. Llevaba el pelo alborotado y ni se había quitado el chaquetón de cuero negro—. Estoy un poco depre, la verdad.

—¿Por qué? —se acercó un poco más. Laura realmente pensaba que Pedro exageraba ligeramente, pero ya había pasado por esa situación otras veces, y sabía que tenía que adoptar una actitud sumamente apacible para no pulsar ningún botón equivocado—. ¿Cuándo lo tienes que entregar?

—¡Ya tenía que haberlo entregado! —se pasó los dedos por la sien—. Ayer me llamó el señor Luri. Estaba muy cabreado. Me dijo que ya llevaba dos semanas de retraso. Que le gusta como escribo, sino no estaría ahí, pero que en la última publicación se notó mucho lo rápido que lo hice, y que si no le mando algo publicable para dentro de dos días… “Hablaremos”, me dijo. Me va a despedir.

Consiguió quitar una parte del nudo, pero se le escapó de entre las uñas y lo apretó aún más. Laura le acarició la mano.

—No te van a despedir, cariño. Mírame a los ojos —le puso una mano en la barbilla con delicadeza y le levantó la cara hasta su altura. Sonrió—. Estoy segura de que se te ocurrirá algo.

—¡Se me tiene que ocurrir! —Dio un leve golpe sobre la servilleta amarilla. Los palillos retumbaron sobre el plato vacío. Otra pareja que había sentados dos mesas detrás de Laura se giraron para mirar. Pedro se pasó una mano por el pelo y respiró por la nariz—. Tengo una oportunidad que muchísimos escritores querrían, además de un trabajo ¡y lo estoy mandando al carajo! Hay muchos buitres esperando que la cague para quitarme el sitio, y se lo estoy poniendo fácil.

—Te entiendo… —y realmente lo entendía.

—Y es que no se me ocurre nada, Laura —la miró a los ojos un segundo y se concentró de nuevo en el nudo de la cadenilla—. Hay otros dos escritores en la revista que van siempre al día, escribiendo cosas que están bastante bien… Yo nunca he tenido problemas para que se me ocurran ideas. De hecho, creía que ese era mi punto fuerte: la imaginación, que eso era lo que me iba a compensar el ser de química y no haber estudiado nunca nada relacionado con las letras ni nada de eso, como los demás —era imposible, los eslabones eran diminutos y apretados. Intentó enganchar uno con los dientes. Se pasó una mano por el pelo enmarañado y por fin se quitó la chaqueta, que le habían dado como regalo por haber conseguido trabajo «¡Dios, que pasada, me han cogido en la revista!»—. Pero si ahora, lo que creía que era mi punto fuerte, me falla… —miró a Laura—. ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

El camarero, con una cara tan pálida y lisa que parecía un mapa en blanco, llegó con dos botellines de cerveza Alhambra, los abrió y se fue sin decir nada.

Ésta vez el chispazo fue más corto. Pedro pensó que tal vez, ese camarero asiático estuviera tan pálido debido a un cáncer u otra enfermedad terminal que le acechaba y que, para no preocupar a su familia, cuyo restaurante estaba al punto de la quiebra, decide ocultárselo y trabajar como si nada a pesar de los dolores, para que cuando irremediablemente llegase su fin, hubiese conseguido salvar el restaurante de su familia.

Eso, o solo era un friki al que le daba poco el sol.

—Ya… te entiendo —respondió ella, pasado un momento—. Pero creo que te estás comportando de un modo un poco infantil. ¿De verdad crees que no se te ocurren ideas? ¿Tengo que recordarte la de cosas que has escrito ya?

—¡Eso no sirve, Laura! —Levantó la voz al tiempo que se giraba hacia ella y dejaba caer la cadena, aún más apretada, sobre la mesa—. No me vale lo que “hiciera antes”, que tampoco es tanto comparado con los grandes. ¡Tengo que ser creativo ahora!

—A lo mejor tienes más problemas, precisamente, por ponerte esa presión —Laura danzaba con sus palabras como si fueran espadas que Pedro debía ir esquivando—. Sé que eres muy imaginativo, por todo lo que has hecho, ¡y lo que te pasa ahora es totalmente normal en las personas muy creativas! Es parte del proceso… Intenta tomártelo con naturalidad. Eres joven. Mi profesor ese que viste dice que los artistas tienen hasta los treinta y seis para consagrarse —Laura arrugó el ceño y apretó los labios, como si imitara al vikingo berserker—. Si pasas esa edad y todavía eres un don nadie, puedes ir dedicándote mejor a poner hamburguesas —soltó una risita y relajó la expresión—. Es un poco drástico, pero con los escritores es mejor todavía, los escritores se consideran jóvenes, como escritores, aunque tengan cuarenta y tantos.

—Ya…

—Además, estás en una etapa de cambio, de aprendizaje, de adaptarte a unas estructuras que te piden —Laura estiró un brazo y le acarició la cara—. Solo tienes que acostumbrarte a esta forma de trabajo, y relajarte. Te exiges mucho y eso es contraproducente en estos aspectos —se acercó a darle un beso en la frente, que duró lo suficiente como para que Pedro sintiera el calor y humedad de sus labios. Al despegarlos, fue como si realmente hubieran absorbido parte de su tensión—. Tómate la tarde libre, y mañana verás que lo haces todo de un tirón, aunque te pases doce horas seguidas.

—Ya…

Laura le dio un pellizco en la mejilla y sonrió. Pedro respiró hondo y retomó su tarea de intentar aflojar el nudo de la cadena. Se quedaron un momento en silencio.

—¿Por qué no cuentas algo de tu vida? —Laura dio el primer buche a su cerveza, y así lo hizo Pedro—. Te han pasado muchas cosas interesantes.

Pedro se rascó una ceja un momento antes de mirar a su novia como si le hubiese dicho que los atunes viven bajo el agua y que estaban muy ricos en una ensalada: algo que él ya sabía, pero que no le parecía interesante.

—Supongo que me han pasado cosas… pero no se me ocurre nada que pueda servir, la verdad.

—¿Pero qué dices? —su voz sonaba indignada—. ¿Por qué no cuentas cuando estabas escalando sin cuerda en La Coruña y te quedaste atrapado en un acantilado hasta que te rescataron los bomberos? O tus anécdotas de las veces que has actuado en teatros y cortos. ¿Y cuando te colaste en el hotel de Málaga para entrar al jacuzzi y tuviste que huir de la policía? —A Pedro se le escapó una risita—. O cómo superaste tus operaciones en las piernas y conseguiste actuar en el cabaret. O la vez esa que hubo la pelea esa entre barrios por tu culpa…

—¡Fue por defender a las chicas del grupo! Y luego me cayeron todos los palos a mí.

—¿Ves? —Laura dio un golpe en la mesa—. Tienes muchísimas historias que pueden ser muy chulas, y podría seguir así hasta mañana. Escribe algo de eso.

—Ya… pero recurrir a eso es lo fácil —Obstinado, se pasó una mano por la cara—. Además, es una cuestión personal. Ya no puedo utilizar todas esas ideas, porque aunque sean historias mías, me las has dicho tú. No se me han ocurrido a mí —Laura se quedó quieta, ligeramente ofendida—. ¡No es por ti! Me encanta que seas mi musa. Es por mí, por mi propio orgullo. Si quiero ser escritor, no puedo depender de que las ideas me vengan de fuera —alterado y con desprecio, volvió a dejar la cadena liada sobre la mesa—. Quitar ese nudo es imposible, Laura.

—Ya… —respondió Laura, y se quedó callada.

Pedro soltó el aire y cerró los ojos un momento.

—Lo siento, cariño —dijo Pedro, suavizando su expresión—. Me pongo tonto con estas cosas. Es como si tuviera la regla.

Laura dio otro trago de cerveza y cogió la cadenilla para intentar soltarla.

—¿Y por qué no escribes sobre esto mismo? —a Laura se le había encendido la bombilla.

Pedro, falto de algo que le ocupara las manos, cogió los palillos.

—¿Sobre qué?

—Sobre un escritor que se despierta un día con mucha modorra, que no sabe sobre qué quiere escribir, y al final sobre lo que escribe es sobre su proceso creativo, sus conflictos personales y sus dificultades para inspirarse ¿sabes lo que te digo? —De pronto, Laura consiguió quitar el nudo de la cadenilla dorada—. ¡Mira! Arreglado.

Ciertamente, mientras Laura se ponía el colgante al cuello, Pedro se tomó un momento para planteárselo.

—Sí. Podría estar chulo, pero no me sirve —Fue tajante, y Laura puso el entrecejo como una cáscara de nuez—. Primero, porque, como te he dicho antes, ya me has dado tú la idea, y tampoco termino de verla cuajar para un relato. Y segundo, porque también te dije que quería escribir con algo de fantasía o realismo mágico —Pedro vio al camarero acercarse con una bandeja—. Dejemos el tema, cariño, que te estoy dando mucho la tabarra. Ya se me ocurrirá algo.

El joven mesero les puso una ensalada mixta en el centro, con mucho atún, y a cada uno un plato de sushi bien presentado. Dejaron la dichosa conversación de lado, y se pusieron a dar buena cuenta de la comida.

—No quiero que te vayas —Laura le dio un beso a través de la ventanilla del coche abierta—. Estoy tontica hoy.

Mientras tomaban el café después de sushi del día anterior, Pedro recibió una llamada de la productora “ContraProducentes”, anunciándole que, tras analizar al resto de candidatos presentados a un casting hacía dos semanas, él había sido seleccionado para actuar en un cortometraje. Trataba sobre una chica que vivía en una casa en la que ocurrían sucesos paranormales, y constantemente aparecía un personaje misterioso (al cual interpretaría Pedro) que gritaba frases incomprensibles, y que finalmente resultaban ser imaginaciones de la protagonista, pues en realidad era una niña asiática del futuro atrapada dentro de un videojuego virtual.

Era la excusa perfecta para hacerle caso a Laura, y tomarse esa tarde libre. Aunque eso le redujera considerablemente su tiempo de trabajo. «Con presión trabajo mejor».

Como veis, Pedro era más inquieto que diez banderas en un tornado. Le encantaba ser y dárselas de polímata. Muchas veces, Laura le reprendía, pues consideraba que debía centrarse en una cosa al cien por cien, en lugar de en cuatro cosas al veinticinco. «Mi primer sueño es ser un escritor de prestigio. El segundo, conseguir un papel principal en una película de Hollywood. Pero creo que las dos cosas se pueden complementar». Y así lo decía él. Le gustaba ser un tanto inverosímil e incluso irracional con sus objetivos últimos. Pensaba que si tenía en mente una ambición desmesuradamente alta para las percepciones cotidianas, más conseguiría.

Pedro se abrochó el cinturón.

—Ya, cariño, pero vuelvo en tres o cuatro días otra vez —Laura le acarició la cara y le dio otro beso—. Te llamo cuando llegue. Te quiero, guapa.

—Yo también te quiero —Volvió a besarlo más veces—. Conduce tranquilo.

—No te preocupes, mi niña —Pedro quitó el freno de mano y Laura dio un paso atrás—. Chaito, guapa.

—¡Buen viaje!

—¡Adiós!

—¡Hasta pronto, cariño!

Pedro puso el coche en movimiento y subió la ventanilla.

El rodaje duró todo el día, y no fue del todo mal. Para celebrarlo decidieron irse todos a tomar unas birras. Pero no Pedro. «Qué va, gracias, tengo que terminar un trabajillo». En uno de los descansos esa tarde, el señor Luri le había llamado pare preguntarle que qué tal iban esos relatos. «Perfectamente, señor Luri, ya tengo el grueso, me falta perfilarlo. Mañana mismo los tendrá usted en su correo».

En cuanto llegó al portal de su casa en Sevilla, tras más de media hora de caminata y con una determinación absoluta en atornillarse el culo a la silla y escribir hasta que tuviese los dos relatos, se dio cuenta de que no tenía las llaves. ¡Vaya gracia le hizo! Se descolgó la maleta y las buscó a conciencia. Miró en sus bolsillos e incluso retrocedió un poco su camino para comprobar que no se le habían caído en la calle.

Pedro cayó en la cuenta de que se las había dejado en el piso donde habían estado grabando. Dar media vuelta le suponía una pereza tan grande, como la que podría sentir cualquier persona si le pidieran que contase los pelillos de un cepillo de dientes. Sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de trabajo que tenía que hacer esa noche.

Además, sabía que donde habían estado rodando no había nadie y, para ser honestos, le daba un poco de corte llamar al dueño del piso para pedirle que fueran a abrirle para coger las llaves. Al menos hasta que no fuera una situación desesperante.

¿Que qué hizo? Llamó a una de sus propias compañeras de piso. Resultaba que estaba cenando con unos amigos en la Alameda, a unos quince minutos andando, y que le podía dejar las llaves. Una suerte.

Mientras caminaba hacia la Alameda, Pedro se reía de sí mismo por su despiste apoteósico. De todas formas, aún no tenía ninguna idea para el relato, y se propuso tomarse aquel paseo como una oportunidad de relajarse y abrir su mente a estímulos externos con potencial creativo-narrativo.

Al poco de tomar esta decisión vio a tres jóvenes disfrazados de caballeros con trajes del chino. Iban riéndose y llevaban bolsas con hielo y bebidas. Pedro no llegó a apreciarlo del todo, pero podrían perfectamente ser guerreros de una dimensión medieval, que habían viajado al futuro para capturar a un demonio de la antigüedad con la capacidad de transformarse  en cualquier cosa o persona, y que se encontraba en Sevilla realizando todo tipo de fechorías (como robar llaves). Y que el poderoso hechicero que les permitió, a los tres guerreros, viajar al futuro, les otorgó unas armas con la capacidad mágica de camuflarse, adoptando la forma de objetos cotidianos como disfraces malos, botellas o bolsas, para que nadie se alarmase y el demonio no sospechara, al ver a los tres guerreros, que iban a por él.

Eso, o tal vez eran solo tres estudiantes borrachos.

—¡Eh! Disculpe —le llamó de pronto un acento inglés. Pedro se detuvo justo en un semáforo. Pulsó el botón, se giró y vio a dos chicas jóvenes, con mochilas enormes y un mapa, acercándose a él. Pedro se temió lo peor. «Mi sentido de la orientación es pésimo». Hacía un fresco agradable y un ambiente sosegado—. ¡Hola!

—Hola —Pedro las miró alternativamente. Irradiaban un calor y soltura que nuestro amigo envidiaba. Una de ellas se acercó a él, le mostró el mapa y señaló un punto con un dedo.

—¿Dónde está esto? ¿Sabes? Calle… —la guiri se acercó al mapa para leer mejor—: Seguera. ¡No sabemos dónde estoy! No podemos ir.

Pedro miró el mapa con detenimiento, largo rato. Lo cierto era que él tampoco tenía ni idea de dónde estaban. Ese mapa era para él un jeroglífico. Sabía ir a la Alameda porque allí había ido un par de veces a comer con Laura cuando ella lo había visitado. Pero de las calles de Sevilla, poco más conocía. De Sevilla, y de ningún sitio.

—Uff, no lo sé. Soy malísimo para estas cosas —señaló a dos viejos que se tomaban una caña en la puerta de un bar cercano—. Preguntadle a esos, que tienen pinta de saber más.

La chica del mapa soltó una carcajada.

—¡Que estás muy perdido! —le dio una palmadita en el brazo—. Vale, amigo. ¡Suerte!

—¡Adiós! —dijo la otra.

—¡Goodbye! —se despidió Pedro, y le volvió a dar al botón del semáforo, que se había vuelto a poner en rojo.

Media hora más tarde, tras haberse perdido y preguntado el camino un par de veces, Pedro recogió las llaves en el bar donde estaba su compañera y tomó el camino de vuelta a casa, sintiendo una frustración cada vez mayor, y pánico ante la perspectiva de tener que enfrentarse al día siguiente a una llamada del repeinado señor Luri sin tener aún ningún relato.

Al entrar por el portal, vio saliendo del ascensor a dos jóvenes, musculosos y vestidos con chándal, que llevaban dos grandes maletas de viaje.

—Illo, ¿te das cuenta de la locura en la que nos vamos a meter? —dijo uno.

—Sí, quillo, hay que darlo todo. Después de tanto esperando… —dijo el otro, abriendo la puerta del portal.

—Ya ves, tío. Ahí va peña de todo el mundo…

Pedro entró en el ascensor y dejó de escuchar la conversación. Pensó ligeramente sobre esos dos mientras el elevador ascendía hacia el cuarto piso.

Tal vez, y solo tal vez, podrían ser dos acróbatas, mejores amigos, que iban a Londres a una audición para el Circo del Sol. Y que, tras unas elitistas pruebas físicas y psicológicas, los dos las pasaran, pero que finalmente solo escogieran a uno de ellos, y éste tuviera que tomar la decisión de dejarlo todo: su trabajo, su novia, sus amigos… sí quería irse a cumplir su sueño. Que finalmente tomase la decisión, pero con tal fortuna que, llegado el segundo día de entrenamiento en China, se dislocase un hombro por sobrecarga haciendo unas simples flexiones y tuviera que renunciar a todo aquello, regresando finalmente a su vida anterior, como un derrotado.

O tal vez, solo fueran dos tipos cómodamente vestidos que iban a un festival de techno.

Al entrar en el piso, Pedro escuchó ruido en el salón. Al asomarse vio a Miriam, su otra compañera de piso, cenando en el sofá mientras veía en la tele un documental sobre edificios abandonados.

—¡Miriam! No sabía que estabas aquí —Pedro se acercó a darle dos besos—. ¿Cuándo has llegado? ¿Tus clases no son solo los findes?

—¡Hola! Llegué esta mañana. Sí, pero tengo examen y me he venido a estudiar.

En este punto, Pedro se reconoció a sí mismo lo estúpido que había sido por no haber si quiera probado a llamar al porterillo.

—¿Cómo estás? Te veo mala cara —señaló su ensalada—. ¿Quieres cenar?

—No, gracias, tengo que escribir dos relatos para mañana.

—¡Qué guay! ¿De qué van?

—Ese es el problema, no tengo ni idea —Pedro soltó una risita conforme entraba a su cuarto, junto al salón, se descolgaba la maleta y se quitaba el abrigo—. Me encierro a trabajar, ¿vale? Nos vemos mañana.

En cuanto Pedro reunió fuerzas para sentarse frente al pantallazo blanco del Word, se sentía tan agotado mentalmente que decidió no pensar, y dejarse llevar de la misma forma que una hoja se deja llevar por el viento, o que una persona se deja llevar por la atracción gravitacional en una caída libre.

Tras escribir y borrar unos siete párrafos diferentes, se dejó caer en su silla y permitió a su vista divagar por el cuarto. Se detuvo un momento en la estantería junto a su escritorio. De los cuatro estantes que había llenos de libros, su mirada cayó concretamente sobre uno: Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche.

Y de pronto, lo tuvo claro.

Contaría la historia de un joven periodista al que no se le ocurría nada sobre lo que escribir, pero que necesitaba entregar dos manuscritos a su jefe de redacción o lo despedirían. Y la cosa iría sobre su búsqueda de la inspiración, la ayuda que le proporcionaba su novia y, para darle un poco más de color e ironía, le pasarían constantemente cosas interesantes y estimulantes sobre las que podría perfectamente construir un relato, pero que él pasaría por alto debido a su obcecación por, precisamente, encontrar un tema. Y que al final, el protagonista, desesperado y frustrado, escribiría sobre lo que le dijo su novia, o sea, sobre otro escritor que se despierta en la cama de un hostal de treinta y cuatro euros en busca de inspiración, y que termina escribiendo sobre sí mismo.

Sí, eso estaría bien.

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