Treinta y cuatro euros la noche

Como el aullido abismal de un monstruo de caverna, resonó la alarma del teléfono. «No te preocupes, luego te lo llevo yo». Sonó un rato, pequeño, antes de que Pedro arrastrase la mano debajo de la almohada, lo apagara, y volviera a dormirse.

Qué sensación la de la siesta. Que se queje el primero quien, como Pedro, nunca haya sentido ese remolonear en la cómoda cama de un buen hostal en fin de semana, después de una considerable hartada de pizza deliciosa lubricada con vino barato. Ese atrapamiento infernal de las sábanas que, llenas de frescor, aroma y suavidad, rozan con delicadeza la piel únicamente cubierta por ropa interior, haciendo que cualquier tarea que se tuviera para ese día, por importante que fuera, se convirtiera momentáneamente  en algo secundario.

No solo eso, sino que el entorno era desgraciadamente propicio para el sedentarismo: con esa luz brillante pero pesada previa al atardecer, un silencio tan puro que se alzaba incluso sobre la consciencia, acallándola, y una relajación corporal tal, que pensar en mover cualquier parte de su cuerpo parecía requerir un esfuerzo que no estaba dispuesto a asumir.Leer más »