Once miedos y un abrazo

Summary: Cada cual da a la amistad un valor diferente, y en el caso de Jaime, la amistad es algo capital en su vida. La separación de su mejor amigo por un periodo de tiempo y su modo de afrontarlo nos enseña cómo él vive la amistad y lo que representa en su día a día. Y tú, ¿qué harías si supieras que no volverás a ver a tu mejor amigo nunca?

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Estábamos en la puerta de su casa él, mi mejor amigo, y yo, los dos solos. Me estaba despidiendo de él, pues se iba a Nueva York de vacaciones con su familia. Siempre, desde que nos conocíamos, habíamos fantaseado con ir a la gran manzana juntos, pero yo, que no tenía trabajo, no podía costearme el viaje, y además él iba con sus padres y su hermano pequeño. Yo me quedaría en el pueblo, esperando su vuelta y las anécdotas y fotografías que trajera consigo. Marcos vio en mi cara que estaba algo alicaído, y me dijo:

−Tranquilo, Jaime, volveré en diez días y te traeré algo de allí.

Sonrió y yo sonreí.

− ¿De veras que volverás?

−Claro que sí, tonto.

Me sorprendía la capacidad que tenía para conocerme de una forma tan profunda y certera con el poco tiempo que llevábamos siendo amigos, pero me encantaba aquello. En realidad nos conocíamos de toda la vida: íbamos al mismo colegio, pero la diferencia de edad que ahora no nos parecía nada en aquellos tiempos era abismal, de tres cursos. Hacía dos veranos, cuando él tenía diecisiete y yo veinte, habíamos coincidido en una fiesta y habíamos empezado a hablar. Vivíamos cerca el uno del otro y nuestras conversaciones empezaron a no tener fin ya que no se nos acababan los temas de conversación, y si lo hacían, uno de los dos inventaba algo de lo que hablar. Creo que vimos juntos todos los amaneceres de aquel verano. Supongo que no era tan raro que me conociera tan bien y que yo lo conociera tan bien a él.

Sabía que yo era muy aprensivo y que vivía en un huracán de miedos que no me dejaban dar dos pasos sin devolver uno. Sabía que iba a tener un nudo en el estómago hasta que lo viera de nuevo y que probablemente me hartara de llorar aquella noche. Sabía de la importancia que tenía para mí, y aunque gustara de hacerse el duro, yo sabía que en el fondo también le costaría despedirse de mí.

Aunque viviéramos separados la gran parte del tiempo, pues él estudiaba en una ciudad y yo en otra, hablábamos a diario por teléfono y procurábamos pasar tiempo juntos cada vez que podíamos. Y aquél verano llevábamos quedando todos los días, a veces solos y otras veces con más amigos. Una vez vino su chica, Lucía, de la ciudad. Me dijo que me conocía antes de verme, ya que Marcos no hacía más que hablar de mí todo el tiempo.

−Eres demasiado tonto para ser tan grande−, me dijo, viendo que se me hinchaban los ojos. –No vayas a llorar, hombre.

El mayor miedo que regía mi vida era el de perderle. Él lo sabía, habíamos hablado del tema. Me dijo que no podía tener miedo a perderle, porque él no tenía miedo a perderme a mí. «Si algún día pasa algo, algo que nos separe, todo esto habrá sido tan grande para mí que solo tendré buenos recuerdos contigo», me dijo aquél día, y aunque el miedo no se fue, desde eso viví con otra tranquilidad.

No había tenido yo una buena vida en el tema de la amistad, y cuando Marcos apareció en mi vida resultó todo un acontecimiento. Tanto, que al principio me aterrorizaba la idea de que si algún día llegaba a cogerle cariño hiciera como siempre habían hecho y me destrozara. Había cierta información sobre mí que no contaba a nadie, ya que mi padre, y más tarde la vida, me enseñó que todo lo que le cuentes a un amigo puede utilizarlo en tu contra cuando deje de serlo. Y el pánico me abrazaba cada vez que a Marcos le contaba algo que nadie más sabía, pero había algo dentro que me empujaba a hacerlo, a confiar en él. Y lo hice y él me devolvió la confianza, una confianza que yo pensaba que había perdido y que por lo visto la tenía él en el bolsillo de su raído vaquero.

−No estoy llorando, payaso, −le contesté. –Es simplemente que me dio alergia.

Sus brillantes ojos azules me miraron y me sobrecogieron. Su boca, pequeña como un piñón, esbozó una sonrisa tan grande como la Estatua de la Libertad, enseñando su desordenada dentadura. Sabía lo que venía entonces: el abrazo. Adoraba los abrazos, Marcos me había hecho adorarlos. Sabía abrazar de todas las formas imaginables: a veces me daba abrazos que me crujían la espalda y me curaban el corazón, otras veces me daba abrazos que abarcaban ciudades de lo grandes que eran, y otras veces simplemente se dejaba caer sobre mí, pues necesitaba que fuera yo el que le apretara. Pero siempre, y yo nunca digo siempre, siempre siempre sus abrazos eran sinceros y valían más que cualquier suma de dinero. Y aquello me ensanchaba el alma, tanto, que cuando el abrazo acababa sentía que tenía en mis pulmones más aire del que se necesita para vivir.

−Sí, alergia. Alergia a separarte de mí. –Carcajeó.−Deberías dejar de quererme tanto, no es bueno para ti.

−Ya, −contesté, condescendiente. –Tú deberías hacer lo mismo. ¿Qué vas a ver? Todo espero.

−Todo lo que pueda. Ya sabes que me gusta exprimir el tiempo bien. Estoy deseando pasearme por la Quinta Avenida, ver la Estatua de la Libertad, buscar la cafetería de Friends, correr por Central Park y maravillarme el Empire State y las Torres Gemelas.

−Haz muchas fotos, que al menos pueda creer que he estado allí cuando me las enseñes.

−Lo haré.

Miré mis manos, sabiendo que el momento de la despedida se acercaba inexorable. Entonces lo decidí. Cogí mi pulsera de hilo, lila y azul, que me había comprado unos años antes en la playa y que desde entonces no me había quitado, y que además era mi amuleto de la suerte, y se lo tendí.

−Toma. Así te acompaño de alguna manera.

−No puedo aceptar eso, −me dijo.−Es tu amuleto, tu seña de identidad. No puedes regalármelo.

−Al contrario. De hecho es por eso por lo que quiero que la lleves tú.

Cogí su mano y le puse la pulsera. Le quedaba suelta, pues mi muñeca era mucho más gruesa que la suya. Yo siempre había sido un zampabollos y él era un tirillas, o eso nos decían todo el tiempo el resto de nuestros amigos. Nos llamaban el “dúo sacapuntas”, y a nosotros nos encantaba.

−Al menos deja que te deje yo algo a ti como prenda. Nos lo devolveremos cuando vuelva.

Se quitó la sudadera y me la tendió. Era una sudadera roja con capucha y con la marca de ropa que la fabricaba bordada en el centro. Aunque era verano, ya estábamos en septiembre, y en esa época en mi pueblo ya refresca por las noches. Olí la sudadera y me la puse.

−Gracias, −conseguí decir, ya sin poder contener las lágrimas.

−Gracias a ti, hermano, −me contestó, y volvió a abrazarme.

Cuando llegué a mi casa aún notaba el calor de sus manos en mi espalda y lloré hasta quedarme dormido. Es verdad que yo era sensible de más, pero tenía verdadero pavor a perderle. Para mí era lo mejor que tenía en el mundo, mejor que mi familia, que mi vida de estudiante, que el viejo coche que me esperaba en la puerta de casa a que lo llevara por ahí, mejor que ver la luna cada noche y soñar con tocarla algún día.

Los tres primeros días de su viaje los pasé en casa, solo, encerrado en mi habitación. Leía, veía películas, jugaba a videojuegos. Intentaba sacar de mi cabeza una serie de atrocidades que le podrían estar pasando a Marcos: que su avión se estrellara, que le atropellaran por las calles de Nueva York, que una mafia lo secuestrase… Algunas eran irrisorias pero en aquel momento me las creía todas. De vez en cuando cogía el álbum de fotos que tenía de los dos, en el que iba poniendo de forma cronológica todas las fotos que nos hacíamos y me imaginaba qué estaría haciendo Marcos en ese momento.

Al cuarto día mi madre entró en mi habitación y me obligó a salir. Le dije que no me apetecía, a lo que ella contestó que si pensaba tirarme los diez días que duraba el viaje allí encerrado el mundo se olvidaría de mí. Así que le hice caso y quedé con el resto de mis amigos.

− ¿Ya se ha ido tu amorcito? –Me preguntó Toni nada más llegar. A Toni le gustaba hacerse el gracioso delante de los demás, y eso que ya no teníamos edad de esas tonterías, o eso nos decían.

− ¿Estás celoso, Toni? –Me encantaba responder con más preguntas, así siempre se desestabilizaba. –Se fue hace cuatro días,−apunté, mirando al resto del grupo.

Estaban Toni, Carlos, Macarena, Ángela, Jesús, Inés y Daisy, el perro de Jesús. Eran mis amigos pero no lo eran a la vez. Salía con ellos y hacíamos cosas juntos, pero no sabían prácticamente nada de mi vida privada.

− ¿Estás bien? –Me preguntó Ángela. Ángela era la gentileza, la alegría, la inocencia. Siempre tenía una sonrisa en la boca y bonitas palabras para dedicar a quien las necesitara. La conocía desde que me fui a estudiar fuera del pueblo, pues ella estudiaba lo mismo que yo; era extraño que nunca nos hubiéramos visto en el pueblo antes. Era de una familia bien y tenía una educación exquisita. −Si quieres podemos hablar.

−Estoy bien, gracias Ángela. Pero sí, podríamos hablar si quieres.

Nos apartamos del grupo y fuimos a comprar un helado.

− ¿Y si el otro día fuera la última vez que lo vi?

−No creo. Mira, haz una cosa: pregúntate qué te dice tu corazón. −Cogió mi mano y me la puso en el corazón. –Ahora, respira hondo y pregúntatelo. –Tras un minuto en silencio, me preguntó: − ¿qué tal?

−Bien, −le contesté. –Mi corazón dice que lo volveré a ver, aunque mis ojos no opinen lo mismo. Perdona.

−Es bueno llorar, Jaime, es buenísimo. Llorar significa que estás vivo, que sientes. No reprimas las lágrimas nunca, prométemelo.

−Te lo prometo.

Estuvimos hablando durante mucho rato, Ángela y yo. Yo le conté mi amistad con Marcos, el miedo que tenía a perderlo y cómo ese miedo me hacía actuar de forma precipitada a veces. Eso hacía que de vez en cuando discutiéramos y, aunque al final siempre lo arregláramos, había un pequeño resquemor que me hacía pensar que con cada pelea daba un paso en dirección contraria a mí y nuestra relación se abría un poco más. Hablamos de mi miedo a no estar a la altura de la amistad con Marcos, lo que hacía que siempre quisiera ofrecerle todo lo que tenía, todo lo que no tenía, y todo lo que ni existía. Quería que estuviera orgulloso de mí como nunca nadie lo estuvo y que nuestra amistad, fuera eterna o no, fuera algo marcado a fuego en su corazón como ya lo estaba en el mío.

−Es verdad lo que dice Toni: estás obsesionado con Marcos, −comentó Ángela, sorprendida.

− ¡No! –Grité. Al segundo me di cuenta de que ella no tenía la culpa de nada. –Perdona, Ángela, no quería gritarte. A veces pienso que sí que puede que esté un poco obsesionado con Marcos, pero no puedo evitarlo. Es mi mejor amigo, le quiero y tengo miedo a perderle. No es difícil de entender, ¿verdad?

−Para nada. Pero tienes que tranquilizarte. Marcos es tu mejor amigo, pero tú eres el suyo; tú le quieres mucho, pero él a ti también. Relájate y deja que vuestra amistad fluya. No fuerces las cosas y verás como todo va mejor.

− ¿Y cómo lo hago?

−Ahora vais a estar separados unos días. Despéjate, haz cosas. Júntate con la gente, rodéate de historias diferentes, de formas de hacer las cosas diferentes. No vas a perderlo. Mañana hay un concierto en el pueblo de al lado, ¿quieres venir?

−Iré.

Me besó. No sé cómo pasó, pero Ángela me besó. Me besó allí, en las afueras del pueblo. Habíamos ido hasta allí andando mientras hablábamos y ni me había dado cuenta. Llevaba tanto tiempo sin besar a nadie que no supe cómo reaccionar. Me encantó. Ángela besaba de una forma increíble, como era ella. Sus besos eran tiernos, agradables y generosos.

Nos besamos y nos seguimos besando hasta bien entrada la noche. No hicimos nada más aquél día, pero a la noche siguiente, tras el concierto, sí. Pasamos una noche de altos vuelos y durmió en mi casa, conmigo. Mi madre no se alteró, o eso quise creer. Supongo que supuso una grata alegría para mi madre verme de nuevo acompañado de una chica. A partir de ese momento no me separé de Ángela en ningún momento: dormíamos juntos, hablábamos, paseábamos…

Ángela era una mujer increíble. Leía poesía en una tetería de la ciudad una vez al mes con unos amigos suyos, hablaba alemán fluido y había viajado por todo el mundo. Me sorprendía la cantidad de lugares que conocía para ser tan joven: Nueva York, Berlín, Tokio, Buenos Aires, Londres, Paris, Praga… Incluso había visitado Sudáfrica. Por un tiempo, Ángela consiguió que olvidara lo lejos que estaba Marcos de mí y lo que quedaba para su regreso. Pero pasó.

Estaba con ella, en mi cama, cuando saltó la noticia. Era el octavo día que Marcos estaba en Nueva York y el nombre de aquella ciudad inundaba los titulares de la prensa, las televisiones y las radios. La noticia era clara: había tenido lugar un atentado contra las Torres Gemelas. Un avión se había estrellado contra una de las torres. Durante todo el día se sucedieron una serie de atentados terroristas suicidas, mediante el secuestro de aviones por parte de yihadistas. Todo el mundo hablaba de lo mismo, todos menos yo. Había perdido el habla.

Lo que pasó aquel día fue todo muy borroso. Yo lloraba, Ángela me abrazaba y, aunque yo no quería que lo hiciera, me era imposible impedírselo. No podía hacer nada, lloraba sin saber cómo. No pude moverme del sillón del salón de mi casa, ni comer, ni beber, ni orinar, ni nada. Solo respiraba, pestañeaba, lloraba y veía las noticias a la espera de lo peor.

Al día siguiente fue todo igual. En las noticias no decían nada. Yo llevaba la sudadera de Marcos pese a que hacía calor; en mí llovía y hacía frío. Por la tarde estuvieron todos en mi casa. Ángela los había reunido a todos: Carlos, Jesús, Macarena, Inés y Toni. Daisy se había quedado en casa. Estuvieron allí, conmigo, me hablaban e intentaban tranquilizarme, pero sin éxito. Estaba destrozado.

Al día siguiente, el que era ya el décimo día que Marcos estaba fuera, las noticias se fueron esclareciendo. Habían aparecido los cadáveres de una familia española que estaban en las inmediaciones de la primera torre. Un hombre, una mujer y sus dos hijos. No dijeron más, pero yo ya lo supe: no volvería a ver a Marcos.

Me levanté del sofá, me puse la sudadera y corrí calle abajo, hasta la puerta de su casa. Llamé, pero no había nadie, como ya sabía. Volví a llamar y volví a llamar. Me senté en el escalón de la puerta, a la espera de que Marcos me abriera la puerta, me abrazara y me dijera que todo estaba bien. Pero aquello no iba a ocurrir. Marcos estaba muerto, y sus padres, y su hermano, y yo me había despedido y a la vez no.

No recuerdo cuánto tiempo estuve allí sentado. Lloraba y lloraba y no podía dejar de llorar. Empezó a llover, pero seguí allí.

−No puedes, −grité, cuando pensaba que no podría más−. No puedes irte así, joder. No puedes, Marcos, no puedes dejarme aquí sin ti. Me dijiste que volverías, que nos volveríamos a ver. Me diste tu sudadera para que te la devolviera a tu vuelta. Te la tengo que devolver. Marcos, no puedes hacer esto. No. No. No. No voy a poder hacer esto.

Cuando volví a la consciencia estaba en mi cama y Ángela estaba tumbada a mi lado. Tenía frío, y eso que estaba tapado.

−Tienes fiebre, −dijo Ángela, susurrando. –Será mejor que no salgas de la cama.

− ¿Qué ha pasado?

−Cuando te encontramos llevabas muchas horas allí tirado, inconsciente, en su puerta. Había estado lloviendo y has pillado una pulmonía. Dice el médico que necesitas descansar.

−No puedo descansar. −Volví a llorar.

−No sabes si la familia que encontraron fueron ellos. A lo mejor sí y a lo mejor no.

−Eran ellos. Claro que eran ellos.

Estuve tres días en la cama. Durante aquél tiempo solo tenía una cosa en la cabeza: mi mejor amigo, mi hermano, Marcos. Lloraba y lloraba y volvía a llorar. A veces, cuando cerraba los ojos, veía la puerta de mi cuarto abriéndose y su mano, con mi pulsera de hilo, empujándola. Entraba y me abrazaba y lloraba conmigo. Me decía que todo había sido un error, que él estaba en la otra punta de la ciudad, que la familia de las noticias debía ser otra. Y me abrazaba otra vez viendo que yo seguía llorando y me decía que siempre iba a estar conmigo y que me quería y que todo había sido solo una pesadilla. Pero luego me despertaba y volvía a derrumbarme.

Soñé con Marcos cada vez que me dormía, y eso ocurría unas cuatro o cinco veces cada día. Pese al tormento que significaba para mí despertarme y ver que no estaba allí y que todo había sido una ilusión, no podía evitar las ganas de querer volver a dormir para volver a verle aunque fuera en sueños.

En aquellas ilusiones, Marcos parecía tener un halo de divinidad alrededor. Brillaba. Se sentaba a mi lado en la cama y hablábamos. Me contaba lo que había visto en Nueva York, lo que había comido, lo que había fotografiado. Y me traía un regalo, cada vez uno diferente, pero a la vez todos iguales, pues desaparecían cuando abría los ojos. Me contaba lo que se sentía al comer un perrito caliente en la calle, la sensación de ser el rey del mundo en lo alto del Empire State y la belleza que caracteriza la Estatua de la Libertad vista desde cerca.

Hacíamos planes. Teníamos planes. Algunos de antes de que aquello pasara, otros nuevos. Íbamos a ir a la playa antes de que el curso comenzara, los dos juntos, a nadar entre las olas. Íbamos a beber chupitos de Jägermeister hasta que perdiéramos el sentido. Íbamos a conseguir que alguien nos tocara la guitarra y cantar y bailar hasta la eternidad. Íbamos a tatuarnos algo juntos, aunque no sabíamos qué. Teníamos muchas ideas, pero queríamos algo que nos identificara y que nadie más llevara. Queríamos ser únicos y uno a la vez. Aquello era una de todas esas cosas tan suyas y tan mías, y que a la vez no eran ni suyas ni mías, sino nuestras. Planeamos llenar el depósito de mi coche de gasolina y perdernos, improvisar una ruta alternativa a la felicidad y cocinar anécdotas.

Pero luego todo se borraba cuando abría los ojos. Y volvían las lágrimas. Mi madre me escuchaba y venía y me decía que todo estaba bien, que Marcos volvería, que no pasaba nada. Si estaba Ángela venía ella. Las dos intentaban tranquilizarme y, pese a que sus bocas decían que Marcos estaba vivo, sus ojos no correspondían aquellas palabras.

−Tranquilo, Jaime. Un día de estos esa puerta se va a abrir y no vamos a ser ni tu madre ni yo, −me decía Ángela.−Un día va a ser Marcos el que abra esa puerta y todo tu sufrimiento se borrará.

A veces llegaba a creerla por cinco minutos, pero al final volvía a la realidad, esa gris y ceniza realidad en la que Marcos ya no estaba. Lo único que daba color a aquella vorágine de caos que era mi vida era la sudadera roja que me había dado hasta que volviera. No me la había quitado desde que me enteré de la aparición de aquellos cadáveres. Eran ellos. Solo esperaba que alguien llegara un día y me lo confirmara.

Sería cualquier día. Llamarían por teléfono y mi madre lo cogería. Le dirían que en efecto los cadáveres encontrados eran los de la familia de Marcos y ya ahí acabaría todo.

Al cuarto día ya estaba mejor de la pulmonía y también anímicamente, o eso creía. Me permití leer durante un rato. Era una novela sobre un crimen en un pueblo al noroeste de Alemania. Marcos adoraba los libros de crímenes, creo que se los había leído todos. De repente sonó el teléfono y mi madre lo cogió. Sabía lo que era. Cuando colgó, mi madre se fue de casa, o eso creí, pues escuché la puerta abrirse y cerrarse, y después el silencio. Me propuse levantarme de la cama e ir a la cocina a coger algo, pero no pude.

Tras unos instantes de silencio, el pomo de mi puerta giró. Una mano empujó la puerta hacia dentro y entonces la vi: mi pulsera, aquella pulsera azul y lila de hilo colgaba de aquella delgada muñeca que entraba en mi habitación. Y volvió el color.

Javier Pavón Amo

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