Nosotras

Para ella

 

Mira fotos antiguas y sonríe.

―Ella siempre decía que éramos como el buen vino, que mejorábamos con el tiempo. Supongo que no era difícil. Supongo que todo el mundo se siente así al ver la ropa que llevaba antes. La moda cambia, dicen. Dicen que es pendular y que todo vuelve. Ella también era pendular. No sabía si iba o venía la mayor parte de tiempo, pero siempre volvía. Gritaba mi nombre desde la otra esquina de la calle y corría a abrazarme. Antes incluso de llegar ya parecía estar contando una nueva historia. Coleccionaba hechos. Lugares. Personas. Que después narraba en nuestras tardes de sofá y películas. En las tardes de parque. En los atardeceres de río y árboles. Yo podría medir mi vida por ese río. En la última isla, en la tercera. En esa salía yo a pasear de niña y montaba en las bicicletas de cuatro asientos, con toldos amarillos y cestas verdes. Montaba con mi hermana y dejaba de pedalear cuando ella no miraba. Luego lo llenaron los patos, y el puesto del alquiler cerró. Más tarde, empecé a pasar las tardes con mis amigos en el parque de la tirolina. Ese que tenía un pentágono formado por columpios. En él nos impulsábamos e intentábamos tocarnos unos a otros con los pies. Me echaba hacia atrás y estiraba las puntas de los dedos bajo las zapatillas de tela. También pasé tardes allí con mi novio de entonces. Junto al molino, sobre la hierba y bajo los plataneros. Luego llegó ella. Nos encontrábamos en la ribera del río. Tras unos álamos que nos ocultaban parcialmente del camino de tierra. Estirábamos una manta y ella tocaba la guitarra para que yo cantara. Esperábamos a que atardeciera y huíamos de los mosquitos que se resistían al frío y nos acompañaban incluso durante el invierno.

Pasa de fotografía.

―Esto fue en mi cumpleaños. Siempre lo celebrábamos en la piscina. Es una de las pocas ventajas que tiene el nacer en un mes estival. Pero ese año no estábamos allí. Ese verano ella se mudó a su primera casa. Volvió de la universidad con un embarazo y varios suspensos. Su madre no le permitió cruzar el umbral de la puerta. Pasó varias noches en mi casa, hasta que su padre pudo ofrecerle algún dinero a espaldas de su mujer. Se lo dio para que su nieto no pasara necesidades, pero bajo la premisa de que no intentase llamarlos o verlos nunca más. Así lo hizo ella. Creo que nunca la había querido tanto. Ella era la persona más valiente que había conocido. Te miraba y te transmitía todo su valor. Lo contagiaba al que posara sus ojos en ella. Todo mi mundo tembló cuando noté la primera patada de su hijo en la barriga. Pensé que aquello era lo más bonito que podía sentirse. Pensé que si yo no pudiera tener hijos, querría que ella los tuviera por mí. Pensé que yo tendría los suyos. Aunque fue ella quien me dijo que lo cuidara siempre. Que aquel niño era de las dos. Que yo era tan parte de ella, que también era su madre, era mío. Sí que lo era. Yo le cogí de la mano en el parto y fui la primera en verlo. Ella se disgustó porque era un niño. Pero yo le dije que no se preocupara, que nostras haríamos que fuera el mejor hombre que ha existido. Ella lloraba. Nunca la había visto llorar como aquel día, con el recién nacido en brazos y sin querer mirarlo. Sollozaba y le pedía al bebé que ni siquiera había abierto los ojos, que nunca rompiera el corazón a ninguna chica.

Deja reposar las manos en el regazo. Respira. Se empuja las gafas hacia atrás y desdobla con cuidado un folio con un nudo de colores.

―Este es su primer dibujo. Me lo regaló a mí.

Sonríe y se pasa el dedo por el párpado inferior.

―Era muy guapo. Y muy listo también. Ella siempre le pedía que le dibujara algo, pero el niño me daba todos sus dibujos a mí. Son esas cosas que tienen los críos, les da por hacer algo y cuanto más le pides que hagan lo contrario, más se empecinan ellos. Tenía yo en mi casa una habitación cuyas paredes eran invisibles. Estaban empapeladas de colores y formas irregulares. Es divertido esto. Los niños ven sus creaciones como algo perfecto. Recuerdo que yo de niña dibujaba tazas de café. Las retengo en mi mente como redondas y humeantes. Si las viera ahora serían solo un puñado de líneas informes. Pero con mis ojos de niña, no veía sus defectos. A veces olvidamos muchas cosas al crecer. Olvidamos mirar con una sonrisa. Ella siempre sonreía. Se ve en las fotos. Siempre sonreía. A penas la vi llorar dos o tres veces. Sonreía porque era valiente. Ya lo he dicho. Pero es que era muy valiente. Me mudé con ella al poco de nacer el niño. Me necesitaba, y aunque no me lo pidió, preparó una habitación a la que llamaba “cuarto de invitados”, pero que decoró con todas estas fotos. La mayoría de ellas cubrían las paredes de la estancia. Ella y yo, riendo. Por todas partes.

Vuelve a coger el taco de fotografías y sigue pasándolas.

―Hay pocas. Muy pocas. Pero todas importantes. No nos hacíamos demasiadas. Preferíamos vivir el momento e inmortalizarlo en nuestra mente. Yo creo en aquello de las almas gemelas. Supongo que solo puede creerlo quien lo haya vivido. Ella era mi media naranja.

Se detiene.

―Creo, creo que ya he acabado. Creo que ya es suficiente.

La psicóloga del geriátrico no ha apartado la mirada de ella. La acompaña a la puerta empujando la silla de ruedas y la mete en el ascensor. Se mira al espejo. Ya no tiene los carrillos llenos, ahora están surcados de arrugas. Piensa en ella. En lo guapa que estaba cuando se fue. En la sonrisa que llevaba puesta. Aún consigue contagiársela.

Ya no recuerda su nombre. No recuerda cuánto de lo que ha contado es verdad. Tampoco cuáles de esas cosas las habían hecho la una o la otra. Ni si el bebé lo tuvo ella. No sabe qué edad tiene ahora el niño, ni tampoco la suya propia. Se había ido, y había arrastrado su memoria con ella. Ya lo había vaticinado muchos años atrás. Eran tan parte la una de la otra, que compartían la esencia misma de sus vidas.

3 comentarios en “Nosotras

  1. […] Macarena Miranda nos daba la mejor excusa para relajarnos a media mañana con un relato cargado de infancia, de adolescencia, de recuerdos, de un amor tan cercano entre dos amigas que habían llegado a converger en una sola. El cariño y la compañía de toda una vida contadas con la calidez elegante de Macarena. La amistad, delicada y sincera, de dos amigas y su historia única. Nada mejor para el día de hoy que Nosotras. […]

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