La otra media

Me gustaría decir que el día que la conocí ya sabía que seríamos siempre amigas.

Me gustaría decir que recuerdo el aspecto que teníamos aquel día.

Me gustaría decir que recuerdo aquel día.

La mitad de una vida era demasiado tiempo. Había sido peor entonces, cuando había sido una vida entera, pero ya no la conocía. Media vida se había interpuesto entre nosotras sin darme tiempo a reaccionar. Llevaba en mi lista de cosas pendientes tanto tiempo que había acabado por rozar el suelo y desaparecer. 

– ¿Vas a ir?

– No sé qué se supone que tengo que hacer. ¿Qué se supone que tengo que hacer?

Desde aquel día que no puedo recordar, habíamos sido juntas e iguales. Nuestra amistad era un tira y afloja que nos alternaba en el primer puesto en las listas de popularidad. Eso pensaba entonces, pero en realidad ella siempre llevaba ventaja de cuerpo y medio. Eso lo supe después de aquel día, después de la segunda mitad de mi vida. Bueno, no. De la suya.

Me meto las manos en los bolsillos de los pantalones. Son cortos y de color azul marino, y les falta el botón, pero no se ve debajo de la camiseta. No debería haberme puesto unos pantalones cortos. Además, hace frío. Lo noto en el pecho.

Compartimos un diario durante varios años, de esos que tienes unos días y luego se lo das a la otra persona. Teníamos muchos, pero ese era solo nuestro. Últimamente no puedo dejar de pensar en ese cuaderno rojo. Pensaría en él muchos días después y me aferraría a la posibilidad de que siguiera existiendo. De que yo siguiera existiendo en ella, aunque fuera en un cajón.

– Ella era mi mejor amiga ¿sabes?

Cuando dijo eso estaba borracha. Ella, yo no bebía entonces ni ahora, y menos antes de la cena. Fue en el Hotel Center, el de las luces de colores en el Vial Norte. Entonces la que iba vestida de azul era ella, no yo. Ya no sé de qué color viste. Era la noche de graduación, acabábamos el instituto y hacía un tercio de nuestra vida que ya no nos hablábamos. Ante nosotros se extendía el mundo y el tiempo hasta donde alcanzaba la vista y éramos capaces de todo. No había ni improbables ni imposibles.

Noto las miradas de la gente. Hay mucha gente, más de la que puedo soportar en cualquier otra circunstancia. Hay tanta que no caben en el edificio bajo y alargado y se agolpan en la puerta intentando oír algo, pisando con suavidad sobre el enlosado amarillo. Yo no me acerco al tumulto, prefiero quedarme un poco alejada, rozando el hombro de mi madre, con las manos en los bolsillos. Me llegan los murmullos apagados de las personas que me rodean, las que comentan lo atroz, lo devastador, lo cruel y desgarrador de aquello. Por mi parte prefiero pensar en otras cosas, pero el cuaderno rojo no me deja huir de allí.

Noto las miradas de la gente. Todo el que la conociera me conocía, y los que nos conocían a ambas estaban allí. Sus miradas son las peores. Sus cuerpos han sido incapaces de albergar tanto dolor y éste intenta huir hecho lágrimas, escapar por los ojos. Escapar de allí. Yo también quiero irme, pero no puedo.

Me aprieto contra mi madre porque me siento como si volviera a tener doce años. Como si volviera a ese punto de inflexión en el que nuestra amistad dijo basta y la vasta negrura se apoderó de mí. A ese tiempo en el que me rompí en pedazos y desde el cual no he dejado de intentar repararme aun sabiendo que me faltan demasiados trozos. Siempre pensé que el trozo que ella tenía podría recuperarlo. Algún día, alguna tarde, con algún café.

Intento encontrar dentro de mí la tristeza. Primero la busco, hasta que la desesperación saca las garras y me empiezo a arañar de dentro a fuera, a sacar lo peor, lo que había estado apretando durante media vida en una pila de negación y procrastinación. Pero no hay tristeza, estoy enfadada. Estoy indignada. Había tenido la osadía de morirse sin darme la oportunidad de exigirle lo que era mío. De demostrarle que había salido adelante sin ella. Que había triunfado, que el dolor que me había provocado no había podido conmigo. Estoy enfadada porque no me ha dejado siquiera verla para preguntarle si seguía teniendo el cuaderno rojo. Se lo había quedado sin consultarme más. Yo lo habría tirado, pero necesitaba que ella lo siguiera guardando.

Su habitación era pequeña. Solíamos dormir juntas, y recuerdo varias de esas veces. La vez que no abrimos bien la cama nido y cuando ella se tumbó se cerró de golpe y casi me meo encima, del susto y de la risa. Aquella noche en la que su madre me duchó a las tres de la mañana porque me había sangrado tanto la nariz por el calor que me había despertado en unas sábanas rojas. Si en esa habitación pequeña había sitio para aquel cuaderno, era por algo. Tenía que ser por algo.

Entre las miradas acusadoras encuentro a Miriam y tengo el valor de alejarme del hombro de mi madre y acercarme a saludarla. Lleva gafas de sol tapando los ojos hinchados, viste de negro y está con gente que no conozco. Cuando me ve abre los brazos y me abraza. Cuando nuestras mejillas se rozan, no me dice hola, sino que decide hacer trizas lo que queda de mí.

– La última vez que estuve con ella me habló de ti.

Noto dentro de mí que algo se rompe, pero hubiera sido absurdo que me hubiera roto cuando desde que ella me hizo trizas no había vuelto a recomponerme. Algo estalla y la palabra ‘última’ reverbera dentro de mí hasta que se desdibuja y pierde su significado.

Nos sostenemos la una a la otra suspendidas en un vacío absurdamente lleno. La gente sale poco a poco de la capilla y sé que debo hacer lo que se espera de mí. Pero no puedo darle el pésame a esa familia con la que llevo una década sin hablar. No podía enfrentarme a su tragedia y salir ilesa.

Pero me acerco a su madre, que está de espaldas a mí. Está entera y serena, y eso lo hace todavía peor. Le rozo el codo y digo su nombre con un hilo patético de voz ronca. Sé que me reconoce en el momento en el que me ve y sus ojos se llenan de ternura. Sé que no está bien, pero le agradezco internamente que en sus ojos no haya lágrimas porque no puedo enfrentarme a su tragedia y salir ilesa. Me saluda con el amor de una madre.

– No sabes lo que me estoy acordando de ti.

Sonrío. Mi madre se acerca a ella y en un intento de mantenerme a flote le dice que es normal, que cuando se pierde a un hijo lo vuelves a hacer pequeño, lo vuelves a hacer indefenso y vulnerable, hermoso e inocente, y vuelves a la vida de entonces. A la vida en la que yo estaba presente.

– Mira, ¿te acuerdas?

– Claro, como no me voy a acordar de mi chica.

El viaje en coche de vuelta a casa transcurre mejor de lo que pensaba. Mamá y yo hablamos de viejas anécdotas, de antiguos compañeros de colegio, de qué han hecho, de qué están haciendo. Hablamos de Ella, con mayúsculas, hablamos de cómo era, de lo mala que fue, de todo lo que me hizo pasar, de que no importaba. No importaba.

Llego a casa, me tumbo en la cama y miro el techo. Suspiro. Me encojo lentamente, tan lentamente que no me doy cuenta hasta que el pelo me cubre el rostro y me rozo las rodillas con la nariz. No se lo cuento a nadie. Era demasiado difícil de explicar.

– Me he enterado de lo tu amiga, lo siento mucho.

No puedo corregirles. Porque si no lo era, si no era mi amiga, no tiene sentido que el agujero de mi pecho se haya agrandado hasta que los bordes se hayan vuelto borrosos y lacerantes. No tiene sentido que su ausencia me haya golpeado con un mazo cuando hacía diez años que no nos hablábamos.

No tengo fotos ni canciones. No sé dónde fueron, quizás se hayan perdido. El trozo que me quitó se ha ido con Ella y tengo miedo. Miedo de que fuera el que me deja amar sin reservas.

 

Gloria Martínez Villamandos

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