En las buenas y en las malas

Summary: Mario no pensaba coger un avión aquel día. Pero cuando una llamada le comunica el fallecimiento de su madre, salió corriendo sin pensárselo. Hacía años que se había ido del pueblo donde había crecido. Nada lo ataba allí, salvo su madre; y ahora se había ido para siempre. En su vida ahora solo existía su trabajo.

Mario no sabía qué se iba a encontrar al bajar del avión y llegar a su casa. Pero nada pudo prepararlo para reencontrarse cara a cara con su pasado… y su mejor amiga.

———————-

Aquella mañana  no pensaba coger un avión.

Su agenda estaba preparada y programada con reuniones de negocio durante todo el día desde primera hora. Mario terminaba de arreglarse frente al espejo de su cuarto cuando el sol ni siquiera despuntaba por la ventana. Con gesto contrariado, se colocó correctamente la corbata azul que acompañaba a su traje negro aquel día. Odiaba perder el tiempo en nimiedades al tratarse de un día tan importante como el de hoy.

Conforme finalmente y mirando su reloj de pulsera, eran las seis y media de la mañana cuando abandonó su pequeño apartamento en pleno centro de la gran manzana.

—Sí, Stephanie, consígueme un café bien cargado. Estaré allí en veinte minutos —hablaba por teléfono a la vez que paraba un taxi a la salida de su edificio. Nada impediría que aquel día cerrara el trato más importante de toda su carrera.

A las once y cinco de la mañana Mario se abrochaba el cinturón de seguridad de su asiento. Llevaba la misma ropa con la que había salido de casa esa mañana y su único equipaje era un maletín de piel marrón que había guardado en el compartimento superior de su asiento. Pero nada le importaba en lo más mínimo. Lo único que deseaba era que aquel aparato despegase de una vez.

Se hundió más en su asiento, cruzándose de brazos y mirando distraídamente por la ventana. Podía observar a los operarios de vuelos hacer las últimas comprobaciones, mas su mente solo rememoraba todo lo que había sucedido esa mañana.

Todavía no era capaz de asimilarlo. Todo había sucedido demasiado rápido.

Acababa de llegar a su oficina cuando Stephanie, su secretaria, le pasó una llamada de carácter personal y extremadamente urgente junto al café que él le había pedido. Eso consiguió ponerlo de mal humor. Jamás le gustó que su vida personal se mezclase con su vida profesional; y mucho menos que precisamente hoy alguien lo llamase a tan solo veinte minutos de la reunión más importante de su carrera. Jamás se imaginó que el motivo de aquella llamada lo haría salir apresuradamente del edificio sin dar ninguna explicación. Y mucho menos que aquella llamada lo hiciera tomar el primer vuelo que saliera aquella mañana en dirección a España. Las palabras aún resonaban en su cabeza: “Mario yo… Lo siento mucho, de verdad… Es tu madre… Ha fallecido…”

Ladies and gentlemen, welcome to… — la azafata comenzó a hablar por megafonía, pero Mario no le prestó atención. O quizás fuera el piloto, no le importó. Había viajado las suficientes veces en avión como para saberse el monólogo de memoria. Se acurrucó contra su asiento, y fue entonces cuando se permitió dejarse llevar.

Mario había crecido en un pequeño pueblo a las afueras de Madrid. Allí no había nada, aparte de campos y negocios artesanales que solían atraer el poco turismo de la zona. Eso, y el albergue juvenil cerca del lago, que contaba con rutas habilitadas para los amantes de los deportes extremos. Aquella situación le resultaba asfixiante, hecho que se acrecentó aún más ante el abandono de su padre cuando cumplió los doce años. A Mario, aquel pueblecito sin más vida social que un mercado de abastos tan antiguo como la estatua del rey Fernando III, se le quedaba pequeño.

Pero a pesar de ello, su madre hizo todo lo posible por sacarlo adelante, con todos los dolores de cabeza que le ocasionó. El rechazo de su padre lo marcó y él tuvo que madurar rápidamente por su bien y el de su madre. Al cumplir la mayoría de edad se marchó de allí sin mirar atrás, sin pensar en nadie. Él tenía muchas cosas que demostrarle al mundo, y quería que su madre estuviera orgullosa.

Su madre era lo único que le quedaba en su vida y ahora se había ido para siempre. Allí, agazapado en el estrecho asiento de aquel avión, Mario se sintió la persona más ruin del mundo, al darse cuenta de que la última vez que había visto a su madre fue en la Navidad pasada, y apenas le había dedicado más de media hora de su tiempo, porque siempre tenía que atender llamadas de trabajo. Sintió ganas de vomitar y de golpearse con todo lo que tuviera a su alcance.

——————

El avión aterrizó en el aeropuerto de Barajas horas después. Mario sentía un horrible dolor de cuello y de cabeza, además de la sensación de mareo propia de llevar horas encerrado en un espacio minúsculo. Pero no tuvo tiempo de pensar en ello. En el momento en el que puso un pie en la terminal, corrió apresuradamente en busca de un taxi.

Lo único que quería era llegar a su casa lo antes posible.

No tardó en encontrar un taxi dispuesto a llevarle a las afueras de la ciudad. Su conductor era un hombre mayor de rostro amable y cabello canoso que le dedicó una sonrisa. Mario agradeció que no le preguntara por qué se dirigía hacia ese destino un hombre enchaquetado como él. De repente, el bolsillo de su pantalón comenzó a vibrar. Con expresión cansada, contestó a la llamada de su móvil.

—¿Sí? — ni siquiera miró el indicador de llamada para saber de quién se trataba.

—Mario, soy yo… Stephanie me lo ha contado. Ahora entiendo por qué saliste como loco de la oficina… Siento mucho lo de tu madre. — Era Thomas, su socio.

—Yo… Gracias Thomas. Siento haber salido de esa forma delante de los inversores…

Se quedaron en un incómodo silencio. Siempre les pasaba lo mismo cuando no se trataba de temas relacionados con los negocios. Mario no había sido una persona abierta en los años que llevaba en Nueva York y Thomas simplemente se preocupaba de que los negocios generasen dinero.

—¿Has llegado ya? — el acento de Canadá se le marcaba aún más cuando hablaba por teléfono.

—Acabo de bajar del avión y he cogido un taxi — le respondió. Thomas nunca había estado en España, no tenía sentido contarle que para cuando llegara a su casa ya sería casi de noche.

—Mario… Tómate el tiempo que necesites. Me encargaré de todo mientras tú no estés. Ya he aplazado las reuniones importantes con los inversores y he reprogramado la agenda junto a Stephanie.

—Gracias, Thomas. Te lo agradezco mucho.

—¿Para qué están los amigos? ¿Y más los socios? — soltó una pequeña risa. — Tú no te preocupes y vuelve cuando puedas. — Mario sabía que cuando volviera tendría que poner en orden muchas cosas. Thomas era muy bueno en su trabajo, pero bastante desorganizado.

—Adiós, Thomas.

—Adiós, Mario — y la llamada se cortó.

Mario permaneció un momento con la mirada perdida puesta en su móvil. La palabra amigo se había incrustado en su cabeza desde que Thomas la mencionase. Él no tenía tiempo para esas cosas. Su vida no se basaba en la amistad, sino en la lealtad. Los negocios no podían permitirse el lujo de dejarse engatusar por ello. Thomas solo era su socio. Uno muy leal y en el que podía confiar dentro de unos límites, pero jamás traspasaría esa frontera. En los más de quince años que llevaba viviendo en Nueva York, Mario podía asegurar que no consideraba a nadie su amigo. Y estaba seguro de que ellos tampoco lo consideraban a él como tal. La máscara de hipocresía y mentiras de la sociedad era capaz de vestir a todo el mundo con un velo de amistad imaginario.

Él estaba mejor así, solo con su vida, su madre y su trabajo.

—Bueno… mamá ya no está… — susurró para sí mismo.

El resto del trayecto lo pasó sumido en un completo silencio. Ni siquiera el taxista se atrevió a encender la radio e importunar el ambiente. El atardecer se vislumbraba en el horizonte y Mario comenzó a sentir una asfixia sofocante que le obligó a alojarse la corbata.

A cada nueva señal que pasaban, la sensación se acrecentaba. Tenía miedo. No sabía qué se iba a encontrar. Hacía años que no hablaba con nadie de aquel pueblo. Cuando visitaba a su madre, solo se quedaba en casa, con ella y jamás salía.

—Le acompaño en el sentimiento, amigo — le había dicho el taxista al dejarlo delante de la puerta de su casa y se dio cuenta de la situación. Mario supo que las palabras del hombre eran sinceras, pero se vio incapaz de decir nada.

La casa era grande y se encontraba en uno de los barrios antiguos del pueblo. Sus paredes eran de encalado blanco y se distinguían perfectamente dos pisos gracias a los dos juegos de ventanas de diferentes alturas. La calle estaba desierta y en penumbra, solo iluminada por las pocas farolas que habían sobrevivido a las trastadas de los niños; y la puerta estaba abierta.

En el momento en el que atravesó la puerta del que había sido su hogar durante su infancia, todas las miradas se clavaron en su persona.

Mario se sintió, por primera vez en muchos años, superado por la situación. El salón de su casa había sido habilitado para el velatorio. Podía ver sillas que pertenecían a otras habitaciones colocadas allí y siendo ocupadas por personas que no conocía. Por más que observase a su alrededor, no era capaz de reconocer a nadie… Para más inri, todo el mundo lo observaba con un semblante lleno de tristeza y desolación que a él le sorprendió por la sinceridad del mismo.

Fue entonces cuando lo vio.

Allí, en el centro de la sala, al final de un pasillo conformado por personas que se abrazaban y lloraban en silencio, había un ataúd. Avanzó cual autómata hacia él. Su mirada fija en aquella caja de madera. Nadie se atrevió ni tan siquiera a rozarle. En algún punto de su camino soltó su maletín, pues cuando llegó frente al ataúd, tuvo que apoyarse con ambas manos para no derrumbarse allí mismo.

Era ella, su madre.

El alma se le fue a los pies en ese mismo instante. Parecía como si estuviera durmiendo. Tenía los ojos cerrados y una expresión apacible y relajada. Alguien había peinado su corto cabello entrecano. Antaño era de un precioso dorado brillante. Y le habían colocado aquel conjunto color marino que tanto adoraba. Mario sintió que en cualquier momento le dedicaría una sonrisa y besaría su mejilla como bienvenida. Pero su piel estaba pálida… y jamás volvería a tener color.

—Mario…— oyó como alguien pronunciaba su nombre.

Se dio la vuelta lentamente, aguantando las lágrimas haciendo acopio de todas las fuerzas de las que disponía. Observó al hombre que lo había llamado. Era un hombre mayor, calvo y con gruesas gafas de pasta, cuyas manos temblaban ligeramente. Avanzó hacia él y le cogió las manos, intentando darle fuerzas.

—Menos mal que has llegado…— aquel hombre no le era, para nada, conocido. Su voz, en cambio, sí le resultaba familiar. Él era la persona que lo había llamado aquella mañana para darle la noticia. — Te acompañamos en el sentimiento, hijo… — palmeó ligeramente sus manos. — Ha sido tan repentino… Le quedaba tanto por vivir…

La voz del anciano se quebró ante un sollozo y Mario solo pudo asentir silenciosamente, sin dejar de mirar al hombre. Una mujer se acercó al hombre y le susurró debían retirarse.

—Vamos, papá… Démosle tiempo. — La mujer le dedicó una mirada sentida y triste. Tampoco fue capaz de recordar de quién se trataba. — Lo siento mucho, Mario. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en llamarnos.

La mujer se llevó a su padre hacia el final del salón y se sentaron en unos asientos libres. Después de ellos, y en una especie de orden no estipulado, todos y cada uno de los presentes se acercaron a él, dándole el pésame entre llantos y lágrimas.

Mario tampoco supo de quienes se trataban. Algunos le decían lo cambiado que estaba y que era una lástima que se tuvieran que volver a ver en aquellas circunstancias. Otros venían en familia, con un bebé en brazos recién dormido y le daban palabras de aliento. Hubo incluso quien le dio un abrazo, un abrazo cálido y sincero… como hacía años nadie le profesaba.

Como el que solo un amigo era capaz de dar.

El calor comenzó a subir por su cuerpo y la sensación de asfixia regresó. Sintió vértigo en mitad de aquella sala repleta de gente; y como el aire no le llegaba a los pulmones. Mario no pudo soportarlo más y simplemente huyó de allí.

Nadie dijo una sola palabra.

——————–

Salió de su casa sin rumbo fijo, sin ver hacia dónde se dirigía. Su paso era acelerado y a su vez tembloroso. Intentaba apartar de su cuerpo la sensación de asfixia que lo rodeaba. Su corazón martilleaba en su pecho de manera lacerante y dolorosa… y no era solo por la pérdida de su madre.

Cuando quiso darse cuenta, se había detenido en una gran explanada de tierra a las afueras del pueblo. Sonrió con nostalgia, ante el reconocimiento de aquel lugar: estaba en el Descampado.

Aquella extensión de tierra era el único lugar de juegos para los niños del pueblo. Todos y cada uno de ellos se habían partido dientes, raspado las rodillas y roto más de una prenda de ropa en aquel lugar; y él no era la excepción.

Se quedó allí, quieto, encima del pequeño montículo de tierra que era la entrada principal desde el pueblo. De pie, se dedicó a observar el lugar con todo lujo de detalles. Nada había cambiado. Todo estaba tal y como él lo recordaba: las montañas de grava con los colchones para tirarse por ellos, los tubos apilados en los que se resguardaban de la lluvia, los neumáticos que en su día habían sido un columpio hasta que la barra se partió… Un torrente de sentimientos lo embargó ante aquella visión. Casi juró sentirse transportado hacia aquella época.

Mario se desplomó en el sitio ante el peso de sus recuerdos.

—¿Qué hago aquí? — se preguntó a sí mismo, hundiendo su cara entre sus rodillas.

Lo había dejado todo patas arriba en Nueva York y había salido corriendo hacia allí porque era su madre. Pero ahora mismo, se arrepentía de haberlo hecho. Ya no conocía a nadie en aquel pueblo. Hacía mucho tiempo que había dejado de hacerlo. Allí no tenía a nadie, salvo a su madre. No existía ningún conocido… o amigo que le esperase.

Una amarga sonrisa se dibujó en su rostro ante sus pensamientos. Amigos. Él no tenía ningún amigo. Ni aquí, ni allí. Incluso antes de abandonar el pueblo se dijo que no deberían existir distracciones que lo rodeasen; y más si eran su propios amigos quienes lo dejaban de lado. Ese había sido su precio para triunfar.

Sin embargo, al cruzar aquella puerta y ver a todos los lugareños allí, hablándole como si nunca se hubiera ido; dirigiéndole palabras sinceras, amables… amistosas, no supo cómo reaccionar.

Simplemente huyó.

Levantó la mirada al cielo: el cielo nocturno estaba completamente despejado y las estrellas resplandecían en su bóveda oscura. Mario suspiró. Aquello era algo que añoraba en Nueva York: el cielo estrellado de su infancia.

Se esforzó por recordar. Lo intentó con tanto ahínco que comenzó a dolerle la cabeza. No sirvió de nada. Él no conocía a nadie de los que habían ido a darle el pésame; pero todos lo conocían a él. Aquello era algo frustrante.

Fue en ese instante cuando una imagen cruzó su mente. Fue tan solo un fragmento, durante una fracción de segundo, pero que significó un mundo entero para Mario. Eran un niño y una niña que jugaban y reían inocentemente. El niño tenía el pelo rizado y alborotado, y unas gafas de cristales cuadrados. La niña llevaba un peto vaquero que le quedaba grande y un par de coletas mal alineadas. Cuando sonreía, se apreciaba la falta de una de las paletas centrales.

Se sorprendió ante la familiaridad de la escena. Tenía constancia de aquel recuerdo: el niño era él en su más tierna infancia; y la niña era…

—¿Mario?

Y creyó estar viendo un espejismo.

A su lado, mirándolo con una mezcla de incredulidad y preocupación, había una joven. Su cabello era negro como la noche, largo y liso. Era alta, lo bastante para destacar, y de complexión delgada. Su ropa la conformaba un peto vaquero cuya tiranta derecha caía por su brazo hasta la altura del codo, y una camiseta naranja de manga corta. Sus zapatos: unas Converses negras algo desgastadas por el uso.

—¿No te acuerdas de mí? — la joven volvió a preguntar, con un deje de tristeza en su voz. Se acercó un poco más hacia él, inclinándose ligeramente hasta quedar a centímetros de su cara.

Cuando sus ojos se encontraron, Mario se quedó sin respiración. Las imágenes aparecieron una detrás de otra, superponiéndose entre sí y dejándolo completamente abrumado.

Era ella.

Ya no era una niña. Había crecido: se había convertido en una mujer, una mujer hermosa. Ya no llevaba coletas colgando a los lados de su cabeza, y por supuesto, conservaba todos sus dientes. Y tuvo que sonreír ante el detalle de su ropa: seguía quedándole grande.

Estaba muy cambiada, pero sus ojos seguían siendo de ese azul intenso que era capaz de ver a través de tu alma.

—Sandra…

Era ella… su mejor amiga.

—————————

Mario suspiró por tercera vez desde que ella había llegado. Se había quedado estupefacto ante la sorpresa de encontrarla en aquel sitio y no fue capaz de articular palabra. Sandra se había sentado a su lado en aquel montículo de tierra y simplemente se había puesto a mirar las estrellas. Él no sabía cuánto tiempo había pasado… pero el silencio comenzaba a picar por ser roto, mucho más que la sensación de tierra en su trasero que llevaba sintiendo desde hacía un rato.

—¿Cómo estás? — fue ella quien rompió el silencio, sin dejar de mirar al cielo.

Mario no contestó. Ni siquiera movió ni un músculo de su cuerpo. Aún no era capaz de asimilar la situación: la única persona a la que había sido capaz de reconocer era a ella, la última persona a la que esperaba ver.

—Hacía mucho que no venías… — volvió a hablar, ante el silencio de Mario

Él siguió sin contestar.

—Siento mucho lo de tu madre… Sé lo duro que es eso… — ella siguió intentándolo.

Mario continuó sin moverse. Tenía la mirada fija en algún punto en el infinito, mientras se abrazaba a sus rodillas y se arrugaba completamente su traje de chaqueta. Frunció ligeramente el ceño: odiaba la falsa compasión, pero sabía que la de ella era real.

Sandra era su mejor amiga desde que tenía uso de razón. La conoció el primer día en la guardería y desde entonces fueron inseparables. No les importaba lo que dijeran los demás, ellos se comprendían mutuamente. Mario siempre defendía a Sandra de cualquier cosa que la entristeciera, incluso de la muerte. La madre de Sandra había fallecido cuando ella era pequeña. Se quedó sola con su padre y su abuela, que se encargaron de cuidarla. Él todavía recordaba aquella época: Sandra estuvo meses sin sonreír. Como seguramente estaría él ahora.

Cerró los ojos, enjuagando las lágrimas que amenazaban con caer de sus ojos. No quería llorar delante de ella.

—Es una pena lo del árbol — comenzó ella de repente. Su voz sonaba distinta de antes. — Un rayo que cayó con una tormenta de verano hace dos años acabó con él… Fue un buen compañero…

Al principio, Mario no sabía de qué estaba hablando, hasta que volvió a observar a su alrededor: faltaba el famoso Árbol del Ahorcado que presidía el centro de aquella explanada.

—Con la de veces que nos colgamos boca abajo de la rama más alta… — río para sí misma. — Ahí fue donde me tragué mi primer diente de leche — recordó. — Tuve un disgusto durante semanas por no poder dárselo al Ratoncito Pérez.

Mario no pudo evitar sonreír. Se acordaba de aquel día: otro chico se dislocó el hombro al caer, él se raspó las rodillas por llevar pantalones cortos y Sandra casi se ahoga al tragarse el diente. Pero se rieron a carcajada limpia por lo sucedido.

—¿Te acuerdas de cuándo nos escapábamos en las noches de verano para mirar las estrellas? — le preguntó de repente con aire soñador. — Nos tumbábamos encima de los tubos durante horas con los colchones del montón de grava.

—Sí… — susurró él. — Tú siempre confundías las constelaciones.

—Y tú te inventabas las que no sabías…

Se echaron a reír. Ninguno supo por qué, simplemente la risa se escapó de sus labios. Probablemente al recordar todas y cada una de las travesuras que hicieron de niños. Sandra continuó recordando; y Mario completaba la anécdota. Pareciera como si se leyeran la mente. Como si el tiempo jamás hubiera pasado… como si jamás se hubiera marchado.

Y tan rápido como empezó, se terminó.

Mario calló de repente y no volvió a hablar. Había recordado algo que llevaba mucho tiempo enterrado en su interior. Había recordado a su padre… y a todo lo que sucedió a su abandono. Incluido el desprecio de todos aquellos a los que consideraba sus amigos.

Agachó la cabeza, ensombreciendo su rostro.

—¿Mario? — ella se preocupó.

—¿Por qué estás aquí, Sandra? — su voz fue dura y fría.

—¿Cómo que por qué? Por ti, ¿por quién sino? — se sorprendió ante la repentina pregunta y el cambio de actitud del joven — Todos estamos consternados por lo sucedido.

—No mientras — la calló bruscamente. — Todos me dejasteis de lado desde aquel día… La única que estuvo ahí fue… mi madre. — Tuvo que ahogar un sollozo en su boca.

—No es cierto. Estuvimos ahí, pero tú ya no eras capaz de vernos

—¡Mientes! — gritó enfadado, encarándola. La desilusión se hizo visible en el rostro de Sandra, pero pronto dejó paso al enfado. Sandra odiaba que la llamasen mentirosa; y Mario lo sabía.

—¡No miento! ¡Sabes que jamás te he mentido! — le gritó en el mismo tono que él lo había hecho antes. — Tu madre lo sabía. Iba a verte todos los días, pero comenzaste a desaparecer poco a poco; y a encerrarte en tu cuarto a estudiar. — Bajó el tono de repente. Lo siguiente fue más un susurro que un reclamo. — Ni siquiera te dabas cuenta de que me pasaba horas sentada en la puerta de tu cuarto observándote.

—¡No! ¡Eso no puede ser! ¡Te lo estás inventando!

—¡Mario, abre los ojos! ¡Te marchaste sin darte cuenta de que estábamos detrás de ti, esperándote!

—¡Si nadie fue a despedirme!

—¡Ni siquiera nos dijiste que te ibas! — en aquel momento, Mario vio las lágrimas asomarse en los ojos de Sandra y sintió un nudo en el estómago. Siempre odió verla llorar. — Ese día, Manuel, Andrea y yo fuimos a verte y tu madre nos dijo que te habías ido. Corrimos, robándole el coche al hermano de Manu para llegar al aeropuerto. Pero no llegamos a tiempo — se lamentó. — Te vimos embarcando en el avión, sin siquiera mirar atrás ni una sola vez.

Mario no habló. Simplemente calló. No podía ser cierto lo que Sandra le estaba diciendo. Él se había ido de allí pensando que todos lo habían dejado de lado; cuando en realidad fue él quien se encerró en sí mismo y no les dejó oportunidad de entrar. Si aquello era cierto, el que había sido un idiota y un mal amigo había sido siempre él.

—No… No… — se negaba a creerlo. — ¿Pero y en todos estos años? ¡Jamás os pusisteis en contacto conmigo!

—¡Tú no nos dejabas! Tu madre te preguntaba cosas por nosotros y así era como sabíamos de ti… — susurró. — Y yo te envío una postal por Navidad y otra por tu cumpleaños todos los años… que por supuesto, ni siquiera habrás leído…

Aquello fue la gota que colmó el vaso. ¿Acaso había estado tan ciego todos esos años?

—Y lo peor de todo es que lo seguiría haciendo… porque soy tu amiga.

Esa frase fue su sentencia. No tenía con qué contestar a aquello. El corazón le latía desenfrenado en su pecho y la cabeza comenzó a darle dolorosas punzadas ante el recuerdo de cada palabra dicha por ella.

Intentó encontrar algún indicio de falsedad en todo lo que había dicho. Pero no fue capaz. Mario, mejor que nadie, sabía que Sandra era incapaz de mentir.

Y la verdad cayó sobre él como un balde de agua fría: Sandra era la que le enviaba aquellas postales.

Todos los años recibía cientos de postales y cartas de empresas como felicitación por las fechas señaladas. No eran más que puro formalismo y márketing para guardar las apariencias. Mario las rompía todas sin siquiera leerlas. Pero siempre había una distinta a las demás: una postal escrita a mano, sin remitente y con un matasellos español. Durante los primeros años se le hacía extraño aquello, pero luego se convirtió en una costumbre. Jamás leyó alguna de ellas, pensaba que no serían más que propaganda con un toque de genialidad…

Pero nunca las rompió, sino que las guardó en lo más hondo del cajón de su mesilla de noche. Eran las postales de Sandra. Ella se había preocupado por él… y el muy idiota la había olvidado.

Fue entonces cuando se derrumbó. Las lágrimas brotaron de sus ojos como una cascada y no pudo refrenar el impulso de abrazarse a Sandra.

————————–

Cuando despertó, el sol entraba por la ventana. Adormilado y desorientado, intentó buscar algo a tientas que le resultara familiar. No supo donde se encontraba. Se incorporó de pronto, sobresaltado: estaba en una cama extraña, en una habitación en penumbra que no reconocía.

Observó todo con detenimiento Las paredes eran de un tenue color celeste. Podía distinguir pequeños pájaros blancos pintados volando en el techo; y un balcón típico de la costa en la pared contigua a la ventana. Los armarios eran blancos, empotrados en otra de las paredes y con flores azules pintadas en las esquinas. Una mesa presidía la pared restante frente a la cama; estaba repleta de libros apilados en varias columnas que competían por mantenerse estables. Finalmente, al lado de la mesa, había una pequeña estantería que a él se le hizo familiar.

Parpadeó ante aquel descubrimiento. De repente, todo le resultaba, de alguna forma, conocido. Y entonces lo supo.

Estaba en casa de Sandra.

Imágenes de la noche anterior comenzaron a aparecer en su cabeza: el velatorio, su angustia, su huida hacia el Descampado, Sandra… y finalmente cómo se había derrumbado frente a ella, llorando en su regazo. No recordaba nada después de aquello, salvo los suaves toques en su espalda con intención de tranquilizarlo. No tenía ni idea de cómo habían acabado en casa de Sandra; y mucho menos en su cama. Al menos, tenía la certeza de estar vestido.

Algo se removió a su lado. Bajó la vista hacia la cama y por un momento creyó volver al pasado. A aquellos días en los que era un niño libre y despreocupado, a cuando él y Sandra eran inseparables. Por un momento, recordó aquellas noches en las que se quedaba a dormir en su casa y despertaba justo como ahora; con ella a su lado. Por un instante, vio a aquella niña de coletas mal alineadas y dulce sonrisa que era su mejor amiga… Y por un instante, vio a aquel niño con gafas y pelo despeinado que se escondía en algún rincón de su interior.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Por fin sonríes de verdad. — Sandra se había despertado y lo observaba, aún tumbada en la cama.

Mario clavó sus ojos en los azules de ella. Sandra se incorporó suavemente. Se quedaron así, mirándose el uno al otro. Simplemente sosteniéndose la mirada y reconociéndose como lo que eran: dos amigos de la infancia, dos perfectos extraños, dos personas que se conocían sin conocerse.

Y simplemente se besaron.

No como amantes, no como amigos. Era un beso dulce y a la vez amargo. Un beso inesperado y a la vez necesitado. Sandra se abrazó a él y Mario la arropó con sus brazos. Ambos cerraron los ojos y se dejaron llevar. Él lloró. Ella lloró con él. Por primera vez en mucho tiempo estaba triste por todo: por su madre, por su vida, por todo lo que se había perdido durante los años; y a la vez feliz al darse cuenta de que tenía una oportunidad que había esperado por él.

—Gracias… — susurró, aún sin separarse de ella y con apenas un deje de voz. Necesitaba sentir ese abrazo, ese cálido gesto.

—Has vuelto, Mario… — fue todo lo que ella dijo.

Mientras desayunaban, Mario se dio cuenta de que había cosas que nunca cambiarían. Sandra seguía tomando zumo de naranja y cereales rellenos de chocolate a palo seco; y manchándose la cara en el transcurso. Y él seguía tomando Cola-Cao con galletas María, poniéndose perdido también. Él le sacó la lengua y ella le lanzó cereales a la cabeza. Mario se levantó con expresión decidida y Sandra se preparó retándolo con la mirada. Como siempre había sido, como nunca debió dejar de ser.

La cocina de la casa se lleno de risas. Mario y Sandra reían. Eran dos niños que reían a la vida.

Por la tarde se celebró el entierro de Rosario, la madre de Mario. Todo el pueblo estuvo allí para acompañarlo: vecinos, profesores… amigos. Muchos de ellos le habían dado el pésame el día anterior de forma sincera; y ahora por fin podía reconocerlos. Manuel, Encarni, Andrea, el señor Gutiérrez, Don Severino… y, por supuesto, Sandra.

Al lado de la lápida, y mientras veía el ataúd bajar lentamente, Mario se abrazaba a Sandra con todas sus fuerzas. Las lágrimas caían silenciosamente de sus ojos y recorrían sus mejillas desprovistas de color. Sandra permanecía en silencio a su lado, abrazándose a él con la misma intensidad.

Nadie se sorprendió de verlos así y a la vez todos lo hicieron. Los rumores en un pueblo pequeño corren como la pólvora. Pero a ellos no les importaba. Se tenían el uno al otro. No sabían hacia dónde los llevaría aquello. Habían sido amigos una vez, pero ahora eran dos completos desconocidos. Sin embargo, estando así, sujetándose el uno al otro, Mario sabía que podría funcionar, que podrían volver a conocerse, volver a ser amigos como antes… Aunque tenía la sensación de nunca haber dejado de serlo.

La realidad cruzó un instante por su cabeza. Sabía que debía volver a Nueva York y poner en orden las cosas. Pero por primera vez, no quería marcharse del pueblo. Pondría en orden sus prioridades y después, haría funcionar aquello. Sin embargo, hubo una cosa de la que estuvo totalmente seguro: lo primero que haría sería responder a todas y cada una de las postales de Sandra. Su amiga, su mejor amiga.

Porque un verdadero amigo es aquel que está contigo en las buenas y en las malas.

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Escrito por Alegría Jiménez

4 comentarios en “En las buenas y en las malas

  1. […] Alegría Jiménez nos recuerda esa amistad que llega cuando más la echas en falta. Cuando creías que no estaba ahí y siempre había estado. Que siempre estará ahí, para todo, pase lo que pase, aunque tú no le puedas ver. Nos recuerda que tenemos que estar más atentos a las personas a las que queremos. Y a dejar la puerta abierta, por si acaso. Una amistad larga, profunda y sólida, a pesar de los años y la distancia. En las buenas y en las malas. […]

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