Retirada

La cámara de llamada para los deportistas estaba casi vacía. No había el bullicio de la jornada de mañana, cuando nadadores y nadadoras se agolpan como adolescentes en las colas de un McDonald un viernes noche. Por la tarde era otra cosa. Sólo finales. Los mejores frente a frente. Series de ocho nadadores con un par de minutos entre una y otra.

— ¿Rubén López? —dijo la jueza de la cámara de llamada.

—Sí, soy yo. —Con sus 25 años, llevaba puesto el gorro de su club, verde y amarillo, y era el único de los nadadores de la final que tenía barba. Se había dado cuenta de ello, y se sentía casi como un viejo entre niños de instituto. Desubicado—. Calle 7, ¿verdad?

—Sí. Calle número 7.

Los nadadores pasaron al frontal de la piscina. Sonaba la canción que se había decidido para las finales de ese año, The Monster, de Eminem y Rihanna. Rubén andaba en dirección al pódium desde el que debía comenzar su prueba. Saludó a Marian, que estaba en pie deseándole suerte desde la primera fila de la grada de público, y se giró en dirección al agua. En la megafonía se podía escuchar: Campeonato de Andalucía Absoluto de Natación. Final de la prueba número cuatro. 200 metros libres. En la calle número 1, Daniel Marco. Calle número 2, David Nogales. Calle número 3

Rubén se ajustó las gafas y el gorro a la cabeza. Se giró a un lado y a otro y deseó suerte a los dos competidores que tenía a derecha e izquierda. De fondo, podía escuchar las voces de sus compañeros de equipo que le animaban. En su cabeza, aún resonaban las palabras de Antonio, su entrenador, que le había dicho, justo antes de darle un abrazo y encaminarse hacia la prueba, “Disfruta. Hoy no te pido más que eso. Disfruta”.  Por ello, Rubén respiró profundamente y sonrió. Sabía que podía hacerlo.

El juez dio el primer pitido. Señal de que los deportistas debían subir a los pódiums de salida. Rubén obedeció, miró al cielo y se persignó, como siempre, tres veces. Emocionado como cuando un jugador del Liverpool escucha desde el túnel de vestuarios el You´ll never walk alone, volvió a respirar y a tocarse por última vez las gafas antes de inclinarse hacia adelante. ¡Preparados!, se escuchó a través de los altavoces de megafonía. Los nadadores tensaron su cuerpo en posición de salida, y Rubén sonrió en un instante eterno como el abrazo de los enamorados de Pompeya. ¡PIIIII! Saltaron al agua.

****

—Muy bien, Rubén. —Antonio le felicitaba al llegar de nuevo junto al grupo de compañeros. La cuerda de sus gafas de ver, reposaba en el cuello de su camisa. Las cogió y se las puso para hablar con el nadador. Tenía unos 35 años, pero había crecido como entrenador a la vez que su pupilo como deportista—. La marca no está nada mal. Un segundo arriba, ¿no?

—Nueve décimas. La verdad es que no me puedo quejar. Después del añito que llevo…

—Después del añito que llevas, demasiado has hecho. Está muy bien. Enhorabuena.

—Gracias, Antonio. —Estaba exhausto. Aún le costaba respirar con naturalidad. No era el sexto de Andalucía su mejor resultado, pero estaba orgulloso de los puntos que acababa de sumar para el posible título final del equipo. Se abrazaron—. Voy a nadar un poco suave en la piscina cubierta. ¿Ok?

—Perfecto.  Descarga un poco.

Rubén se acercó a su mochila y dio la mano a varios compañeros que le felicitan por su prueba. Soltó el gorro de competir y cogió otro bañador para el nado suave. Después de su última prueba, ya podía relajarse. Estaba tranquilo, como un jugador de fútbol que llega a la última jornada con la permanencia cumplida. Verdaderamente tranquilo.

****

— ¿Y mi campeón? —Marian le esperaba a la salida del edificio. La competición ya había acabado y se dirigían todos al autobús que les llevaba al hotel de concentración. Era graciosa. Siempre sonreía, y se le veían esos dos grandes colmillos producto de haberse negado durante años a usar aparato dental—. ¿Estás cansado?

—Un poco, la verdad. —Caminaba junto a Antonio en dirección al autobús. El preparador le hizo una señal de que lo esperaba en el vehículo y Rubén le dio un beso a Marian—. Estos niños cada vez nadan más rápido.

Caminaron juntos en dirección al autobús y fueron hablando sobre la competición. Marian había sido nadadora y era una apasionada del deporte. Se conocieron con 9 años, y ya ella nadaba en el club. Soñaba con ir a unos Juegos Olímpicos. Rubén se encaprichó con ella, porque con esa edad es imposible decir que se enamoró, y puso todo su empeño en hacer las pruebas para entrar también. Nunca había sido demasiado bueno, pero lo compensaba con un gran esfuerzo en el entrenamiento día a día. A los 17 años, Marian decidió dejarlo por los estudios. Ya eran pareja, y Rubén estaba tan fascinado con la natación, que sacó el bachiller y entró en la carrera compaginándolo con su deporte. Sólo tuvo un momento de debilidad. El año justo antes de entrar a la Universidad, suspendió un par de asignaturas que le hicieron plantearse su futuro como deportista. En ese momento, fue Antonio su principal apoyo. En el momento en que Rubén le transmitió sus dudas y la posibilidad de dejarlo, éste le puso un brazo por detrás de sus hombros y le dijo: “No lo dejes. Tómate unos días de descanso para estudiar, pero luego vuelve. No sé si será posible, pero al menos, inténtalo”. De eso hacía ya casi nueve años.

****

— ¿Qué tal con Marian? —Antonio hablaba mientras miraba las tablas de resultados de la jornada. El autobús se dirigía hacia el hotel.

—Aún no se lo he dicho. —Rubén buscaba los auriculares de su móvil en el fondo de la mochila y no podía parar de pensar en la última frase de Marian antes de subir al autobús: “Te envidio. Ojalá puedas compaginarlo siempre”—.  Ya sabe lo del trabajo, pero no hemos hablado sobre esto.

—Bueno, tendrás tiempo para ello. —Antonio se levantó y se dirigió a la parte trasera del autobús a controlar el escándalo de los más jóvenes del grupo.

Rubén se colocó los cascos en su asiento del bus y le dio al botón de play en el móvil. La lista de reproducción de las competiciones saltó automáticamente. “Ya lo creo” de Tote King le hacía relajarse.

Rubén sabía que no iría nunca a unas Olimpiadas. Era algo que no expresaba en voz alta, pero no hacía falta. Lo sabía. El día que se dio cuenta fue tan triste como ver a una madre envolver los regalos para el día de Reyes. Así de triste. Pero lo sabía. Algunos de sus compañeros seguían teniendo esa ilusión. Los veía en el autobús, mientras hacían sus cuentas con las marcas que deberían bajar para llegar a Rio de Janeiro 2016. Quizás por eso los nervios y la presión les hacían muchas veces estar frustrados. También, la mayoría de ellos eran más jóvenes, y todavía tenían mucho que aprender. Con la edad de Rubén, ya se sabe quién puede llegar arriba, porque ya ha llegado. Con diez años menos, cualquiera puede sorprender, aunque alcance la cima uno entre un millón.

****

Como casi siempre, le costaba eso de dar ejemplo con los compañeros en el tema de la puntualidad. Miraba el reloj mientras maldecía los 20 minutos de relax que se había regalado en la ducha. Las 9 y cuarto. Cruzó la última puerta y entró en la pequeña sala de reuniones que les había cedido el hotel.

—Perdón por la tardanza. —Se adelantó a decir. Estaba de nuevo sudando con las prisas y los nervios y llevaba una cinta en la cabeza para sujetarse el pelo—. No sabía dónde había dejado la llave.

—No pasa nada —dijo Antonio. Todos sus compañeros estaban girados en ese momento mirando a Antonio—. Ven y siéntate aquí a mi lado.

Antonio se sentó en el suelo, como el resto de nadadores, frente a Antonio.

— ¿No te he dicho que te sientes aquí? —Puso la mano sobre el asiento de la silla que tenía a su lado. Antonio se sobresaltó.

—Sí, sí. Perdona Antonio. —Rubén se puso colorado al instante. Siempre había sido vergonzoso y no le gustaba llamar la atención. Pensó que posiblemente su entrenador quería que, por su experiencia, le dijese unas palabras al resto de compañeros de cara a la jornada del día siguiente, la última del campeonato—. No he entendido lo que me querías decir.

—Puedo continuar, ¿verdad? —Miró a los deportistas que estaban sentados en el suelo. Éstos asintieron casi unánimemente con la cabeza—. Como iba diciendo, se trata de un nadador que puedo decir que ha sido un ejemplo para prácticamente todos vosotros. Un tío que lleva tres temporadas entrenando sólo. —Rubén estaba desencajado. ¿Estaba hablando de él?— A lo mejor, alguno de los más pequeños, o que lleva menos tiempo en el club, no lo conoce del todo porque no lo ve en el agua cada día a su lado. Los estudios universitarios no le permitían entrenar en horarios normales, y ha estado viniendo todos los días a las siete de la mañana. Antes de trabajar y de irse a clase. Días de entrenamientos duros y eternos en los que estaba solo en el agua. Sin el apoyo de nadie. Sólo el que yo podía darle desde fuera. Durante tres años. Que se dice pronto. —Hace una pausa y mira a Antonio que no sabe qué decir—. Un nadador que con diecisiete años estuvo a punto de bajarse del barco, pero que gracias a su esfuerzo…

—Y al tuyo, Antonio. Gracias a tu ayuda —consiguió decir con una voz que parecía que saliese de ultratumba. Estaba emocionado. Encajó los codos en sus rodillas y escondió la cabeza entre las manos—. Sin ti hubiese sido imposible.

—Gracias a su esfuerzo, ha estado aquí con nosotros hasta hoy. ¿Ocho años después?

—Nueve —dijo Rubén.

—Nueve. Él me lo dijo hace casi dos meses: “Después del Campeonato de Andalucía me retiro. Me han ofrecido un trabajo fuera, y ya no puedo seguir”. Él no quería que os dijese nada, porque no le gusta ser el centro de atención, pero creo que hoy os merecéis conocer todos como ha sido su carrera deportiva, y que os sirva de ejemplo. Porque siempre se puede luchar un poco más por lo que se quiere conseguir. Y él, ha conseguido estar con nosotros nueve años más. Hoy, se retira, pero yo quería decirle algo delante de todos. Muchas gracias, Rubén.

Rubén ya no escuchó nada más. Simplemente lloró. Hundió la cabeza entre sus piernas y respiró con tranquilidad hasta que consiguió calmarse. Cuando levantó la vista, aún le miraban todos.

—No puedo decir nada, de verdad. Venid y dadme todos un abrazo. Que si estoy aquí es porque quería vivir con vosotros por última vez lo que era un campeonato.

****

Martes. El campeonato había acabado apenas dos días antes. Antonio les dio el lunes de descanso, y el martes los citó a todos. Rubén iba de nuevo caminando por la calle con los auriculares puestos. Cuando llegó el domingo, habló con Marian, quien al conocer de su boca la noticia al bajarse del autobús, sólo pudo decir: “Estoy orgullosa de ti”. Ahora se sentía libre. Libre como el aficionado que echa cada semana la quiniela sin ser seguidor  de ninguno de los equipos. Estaba relajado y podía permitirse pasear y hacer lo que quisiese durante unos días. En apenas un mes, estaría trabajando fuera.

Entró en el edificio y volvió a realizar la rutina que después de tantos años, era como una parte de sí mismo. La mochila a un hombro y la toalla al otro. Se acercó al borde de la piscina y miró, como siempre, al agua.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó Antonio con una sonrisa.

—El otro día, me recordaste una cosa. No sé si será posible, pero al menos, lo voy a intentar.

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