Bienvenido al tren del silencio

Cuando Silvia tenía cinco años, había dicho a sus padres que quería viajar en trenes. No pintarlos, no limpiarnos, no conducirlos; viajar. Le gustaba el ruido que hacían. Ellos sonrieron al escucharlo. Su madre nunca le hacía mucho caso, aunque siempre le peinaba los rizos con esmero. Ella no tenía y sabía que era un signo de buena familia. “Tú tendrás que serlo”.

El padre de Silvia, Tomás, entraba cada noche en casa dando besos de hollín a su mujer, a Silvia y a su hermana. Cuando la niña cumplió los ocho años, ya solo se los daba a su única hija, algunas veces. “Tú no tuviste la culpa, deja de llorar ya, que no le haces bien a nadie” le había dicho su madre varias veces, “Cuando es de Dios, es de Dios, hija”.

Tomás tosía tanto, que el médico le dijo que así no podía trabajar, que no podía casi respirar. Silvia recordaba cómo su padre había entrado en su casa aquella noche que no vino de la mina sino del médico. Su camisa de los domingos y de ir a la Casa Socorro estaba manchada de sangre. “Ahora también me rompo por dentro cuando toso” gritó a su mujer al abrazo de Silvia.Leer más »