El beso

Tamara tenía esa mirada felina que Raquel siempre había admirado. Era guapísima, no podía negarlo. Sus ojos verdes destacaban bajo esas negras y largas pestañas que parecían ejercer de marco como en una pintura que debe ser contemplada.

Raquel no tenía los ojos de su amiga, pero era atractiva. Siempre había sido delgada y el deporte que practicaba regularmente le proporcionaba una buena anatomía.

No obstante, el día en el que todo cambió, Raquel no pensó ni en los ojos de Tamara ni en su anatomía, sólo se inclinó y besó a la que había sido, hasta ese momento, su mejor amiga.

De seguro, Raquel, podría haberlo hecho de muchas maneras, por ejemplo, explicándole a Tamara sus sentimientos, pero no lo pensó o no se le ocurrió otra forma mejor que complicarlo todo con ese beso.

La verdad es que nunca hubiera pensando que los labios de su amiga fueran tan bien recibidos por su boca… Sin embargo, su corazón se contrajo cuando notó el empujón que le dio Tamara de malas formas, como quien aparta la basura putrefacta y nauseabunda de su lado. Los ojos de Raquel no lloraron, pero sintió la dureza del golpe como si se tratara de un demoledor huracán arrasando con toda una ciudad.

Esa fue la primera vez que jugaron a ser quienes eran.

***

—¿Y no vas a aclarar las cosas con ella? —le preguntó Claudia sin vacilación. Raquel no sabía qué responder. No creía que Tamara quisiera verla en los próximos cien años.

Estaban reunidas las de siempre: Claudia, Estefanía, Clara, Espe y ella. Esta situación no era sólo nueva para ella, también lo era para el resto de amigas que compartían. Debían sentirse divididas. No obstante, ahí estaban todas, apoyándola como seguramente harían con Tamara más tarde.

—No creo que quiera aclarar nada —le confesó a sus amigas concentrando su mirada en el vestido de flores estampadas que llevaba puesto, le llegaba por las rodillas, hacía juego con sus zapatos de tacón rojo y sabía que estaba espectacular con él. Sin embargo, ahora estaba descalza, con los pies encogidos bajo sus nalgas y en tensión. Jugueteó con sus manos sobre el vestido de nuevo y suspiró.

—Pero si habéis sido toda la vida como uña y carne, debéis arreglarlo —intervino Estefanía.

—Bueno, no la agobiéis más, dejadla pensarlo —la salvó Clara.

***

Raquel no pretendía ir a ver a Tamara, pero sus pasos la encaminaron a casa de su amiga sin reflexionar un minuto en lo que hacía. “Sois casi mellizas”, había bromeado su madre en una ocasión cuando apenas eran adolescentes. No era de extrañar, se habían pasado juntas media vida, agarrada una a la mano de la otra como si temieran perderse entre el gentío que habitaba en el mundo.

La verdad es que no estaba muy orgullosa de cómo había manejado sus sentimientos. No debería haber sido tan impulsiva, no debería haber besado a su mejor amiga, tenía que haberle contado cómo se sentía… Pero es que para Raquel había poco que hablar. Siempre había pensado que los actos decían mucho más que las palabras, pero quizás había sido demasiado para su amiga. Es decir, era consciente de que se había precipitado, pero es que Raquel había dejado de pensar con coherencia en el momento que escuchó de los labios de Tamara: “He descubierto que yo me enamoro de la mente, de la persona, no del sexo.”

Así que allí estaba Raquel, en la puerta de la casa de Tamara sin saber si debía llamar o irse corriendo por donde había venido.

***

—Si a mí me da igual lo que pienses —le dijo Raquel a Tamara dos días más tarde.

—No digas tonterías que nos conocemos. —Tamara alzó la barbilla con elegancia, como ella lo hacía.

Hay gente que no es buena aparentando que tiene seguridad, Tamara era buena. Años y años de práctica frente al espejo alzando esa barbilla la habían llevado hasta creérselo en ese momento. Raquel la conocía lo suficiente.

—No es ninguna tontería, me da igual que pienses que el beso no fue nada, porque fue algo aunque lo niegues, lo fue, claro que lo fue.

***

Sus amigas le habían hecho una señora encerrona y ahora, en aquel pub, con sus amigas espiando descaradamente desde la otra esquina de la sala, Raquel no sabía si huir o gritar. Desde su posición, Claudia, Estefanía, Clara, y Espe, parecían águilas expectantes.

—¿Y bien? ¿Hacemos como que hablamos para dejar a esa panda de ahí contentas? —le preguntó Tamara señalando al resto de sus amigas—. ¿O nos hacemos las valientes y hablamos en serio de nosotras?

—Hablamos en serio.

Raquel no esperaba el cambio de actitud de Tamara. Hasta ahora le había evitado y ahora que el resto de sus amigas las había reunido, parecía que Tamara se hubiera envalentonado. Tenía ganas de sonreír, pero los nervios se habían adherido a la boca de su estómago y apenas atinó a asentir.

—Lo he estado pensando mucho —murmuró Tamara mirándola de frente, sin reservas, como cuando eran pequeñas y se contaban sus secretos… “Siempre estaremos juntas, promesa de sangre.” No había sido un juramento de sangre como tal, había sido una guarrada de manos y salivas, pero en aquella época eran un tanto teatrales. Llevaba una falda azul por la que frotó las manos con nerviosismo—. No voy a decir que no me sorprendió, porque lo hizo, ya lo sabes. Desde entonces me siento mal por haberte empujado, pero mucho peor por cómo lo hemos manejado. —Cogió las manos de Raquel en un momento de arrojo—. ¿Después de tantos años de amistad vamos a comportarnos así?

—Perdóname, no supe controlar mis sentimientos. —Raquel apretó la mano de Tamara como si fuera el sol y pudiera desaparecer entre las nubes en cualquier momento.

—No, perdóname tú. Yo… no sé lo que me pasó, me asusté, pero no debí apartarme.

Si los besos se pudieran medir de alguna forma, el que se dieron aquella noche arrasaría con los parámetros de medidas.

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