El Puente de Chicago

—¿Crees que la estamos molestando? —pregunté, mirando a la chica en la ventana.
     Su vista vagaba en algún lugar entre el atardecer y las estrellas tempranas.
  —No creo que nunca la moleste nadie. —descartó mi amigo, sin darle mucha importancia. Teníamos diecisiete años. Volvíamos de un entrenamiento y siguió hablándome de la nueva alineación de su equipo.
     Ella se hundió de vuelta en las cortinas de lino blanco y desapareció. El brillo de la bombilla permaneció como la emanación gaseosa de su presencia dentro.
     Más tarde, esa noche, tumbado en la cama, me acordé de ella. Parecía tan etérea. Pensé que era como si nuestro mundo tuviese distintos niveles de realidad superpuestos y ella viviese en el de arriba, flotando sobre todos nosotros, sin darse cuenta de que existíamos. Sin que nadie se diese cuenta de ella la mayor parte del tiempo. Requería cierta sensibilidad verla. No porque fuese una persona gris, ni triste, ni débil, ni muerta por dentro. Sólo volaba sobre nuestras cabezas y muy pocos levantaban la vista.

     Nunca hablaba con nadie si sabía que la iban a malinterpretar. Pero si mirabas muy de cerca, si la cazabas con alguno de sus dos o tres amigos, podías ver como era por dentro. Yo la vi una vez. Resplandecía con una luz llena de colores. Fue como tropezarse con una aurora boreal. Sus ojos brillaban tanto, su sonrisa era tan firme. Pisaba con pasos fuertes, como si le perteneciera el suelo.
     Me la encontraba algunas veces en los pasillos del instituto. Esquivaba a la gente con pies de bailarina. Mantenía la mirada fija al frente, con los labios rectos. Pasaba sin que la vieran y no veía a nadie.
     Sacaba notas discretamente altas en las letras. A menudo, en clase, miraba por la ventana y garabateaba en las últimas hojas de su cuaderno. Pero cuando los profesores preguntaban algo, ella siempre sabía la respuesta. Muchas veces parecía querer hacernos a los demás el favor de dejarnos responder y miraba entre exasperada y aburrida al resto silencioso de la clase.
     Cuando éramos niños, en el último curso del colegio, nos obligaron a todos a participar en un concurso de cuentos. Durante la fiesta de fin de curso, la última noche antes de las vacaciones de verano, la vi llegar sola y buscar caras entre la gente. Poco después la llamaron al escenario para recoger el premio.
     Ya entonces no la veías con muchos amigos. Siempre andaba dos pasos por detrás de gente que no parecía importarle demasiado. Años más tarde hablé con una de las chicas del grupo al que siguió un par de años. Me dijo que al principio parecía que lo intentaba de veras, pero que la gente corriente y ella se repelían mutuamente. No fue hasta el segundo año de instituto que la vi reírse y levantar la voz. Llegó una chica de fuera, porque su padre era maestro y le habían mandado allí. El caso es que esta chica que se llevaba bien con todo el mundo fue la primera en descubrir el secreto para acercarse a ella, que no era más que escucharla y saber responder a lo que decía. Aquella fue la época en la que empezó a pisar por delante de la gente, y no por detrás.
     Teníamos dieciséis años y acababa de empezar el verano. Nos fuimos a beber tres partes de ron con una de Coca-Cola a un parque, porque había que llegar intoxicado a la discoteca para no pagar cinco euros la copa. Para un adolescente de pueblo, eso es una barbaridad. Ella nunca aparecía por esos parques, por eso me sorprendió verla con su grupo de amigos en una esquina de la discoteca de verano. Habíamos estado en la misma clase desde primaria, pero nunca había intercambiado palabra con ella. Por eso me turbó darme cuenta de que no pasaban dos minutos sin que yo sintiera la necesidad de levantar la mirada del vaso hacia ella. Se había pintado los ojos de negro, y ahora sus pupilas perforaban como una bala a todo aquél en el que se posaban. Fue una breve época en la que parecía que le gusta más el estilo de música que ponían para bailar. La forma en que se movía hizo evidente por primera vez para mí la sexualidad que se precipitaba en sus curvas. Un amigo me hizo acompañarle a por otra copa y, cuando volví, ella ya no estaba en la misma esquina. La busqué con una ansiedad que no me dejó ignorar más lo que había sentido por ella esa noche. La descubrí besándose con un viejo amigo suyo. Me quedé ahí un rato, mirando cómo aquel chico apretaba uno de sus pechos mientras la devoraba. Luego me di la vuelta y me dio miedo volver a mirar. Cuando ya nos íbamos, me topé con ellos. Habían pasado tres horas y seguían comiéndose a besos. Aquella noche dormí bien gracias al alcohol, pero no dormí bien las dos semanas siguientes.
     Habían pasado años y hasta un par de chicas por mi cama, pero ella siguió ejerciendo una lejana fascinación sobre mí. Los momentos en los que había pasado por mi vida habían sido poco más que estrellas fugaces. Pasaban en un microsegundo y apenas podías recordar si eran o no reales, pero se te grababan como algo místico en las retinas. Por eso agudizaba el oído cada vez que oía su nombre y tenía que esforzarme en poner cara de póquer cuando se me hablaba directamente de ella. Así me enteré de que había empezado una carrera de periodismo en la universidad y de que tenía un novio de fuera al que había conocido en la playa. Algunos decían que en una playa nudista.
     Tiempo después me enteré de que la había dejado el novio de la playa nudista. Me la encontré por casualidad una noche que luego supe que era su cumpleaños. Estaba sentada en la puerta de un bar, con los ojos vacíos.
     Yo también hice una carrera, porque era lo que había que hacer más que por vocación. Esa era una de las diferencias que había entre ella y la mayoría del resto de nosotros: ella hacía las cosas porque había nacido para hacerlas. Todos hicimos la comunión, porque era lo que se hacía y no se concebía otro modo. Ella pataleó a la salida de la primera clase de catequesis porque no quería hacer la primera comunión, porque ella no era creyente y no quería confirmar una fe que no tenía. “Pero ¿y los regalos?”, le decían. Ella no quería regalos, una niña de nueve años que prefiere quedarse sin regalos antes que violar sus principios éticos. Ninguno sabía todavía lo que significaba la palabra “ética”, y ella no quería regalos y no quería ser cristiana. Pasamos un momento por la celebración, porque su madre y mi madre se conocían como se conoce toda la gente de pueblo y nos invitó a la merienda. Cuando llegamos, ella se había encerrado en el baño. Un niño me dijo que estaba llorando dentro.
     El caso es que hice una carrera que no me gustaba y empecé a salir con chicas que siempre tenían algún “pero”. Yo nunca veía su cara superpuesta sobre las de las demás, pero cuando me iba a dormir con ellas no podía evitar pensar que no brillaban lo suficiente. Me terminé aguantando, claro. Yo tampoco brillaba.
     Me enteré de que se había ido a terminar sus estudios al extranjero. A Escocia o Irlanda, o algo así. Oí que le iba muy bien y que estaba ganando reconocimiento en lo suyo, que estaba empezando a publicar en un periódico de allí, el Algo-Daily. Yo en aquellos tiempos ya tenía una novia formal y queríamos irnos a vivir juntos. La cosa estaba muy mal para nosotros allí. Cuando mi novia me preguntó a dónde me gustaría que nos fuéramos a vivir, le dije que a Escocia o Irlanda o algo así.
     Llevábamos ya cinco años en Galway, y yo hacía tres que no me acordaba mucho de ella. Por las redes sociales supe que estaba trabajando en Estados Unidos, que llevaba dos mil quinientos veinte días viviendo con un muchacho de nuestra edad y que ahora llevaba el pelo largo y se pintaba los ojos con lápiz marrón, no negro.
     Me atacó furtivamente en forma de vídeo. Rasgaba la rueda del ratón, ausente, cuando apareció su cara tras un icono de play. Era ella, vestida con una blazer burdeos, cubriendo una noticia sobre la inauguración de un puente reconstruido en Chicago.
     Me sobresalté cuando escuché la llave de mi prometida en la puerta de la entrada. Habían encendido las farolas y yo seguía dándole al play.
     Al día siguiente, mi prometida hizo una tarta de zanahoria. Mientras me comía un trozo, sólo pensaba en que no me gustaba la zanahoria y en el puente de Chicago.
     Recuerdo que fue por la época en la que mi prometida empezó a hablar de tener hijos. Su fotografía me asaltó desde la televisión mientras me tomaba el té de la mañana, porque había adoptado esa costumbre de los irlandeses y siempre me amargaba el café. Para entonces había olvidado casi todos los rostros del pueblo, y había desarrollado más gusto por el vino que por el ron, pero su cara se me estampó como una pared de cemento. La noticia decía que una joven corresponsal de Estados Unidos había sido capturada como rehén por un movimiento terrorista ultra religioso en el norte de África. Decía también que era la tercera ciudadana norteamericana retenida allí en el último mes. Los otros dos eran otro periodista y un diplomático. Así que se había registrado oficialmente como ciudadana norteamericana, pensé yo.
     Aquella noche hice el amor con mi prometida.
     Mi madre la mencionó cuando hablé con ella por teléfono. “Pobre mujer”, decía de su madre, “con lo buena chiquilla que era”, decía de ella. En pasado. Mis redes sociales se vieron salpicadas de artículos que hablaban de su caso y de peticiones de firmas para liberarla. Qué irían a hacer las firmas contra los terroristas. Mi prometida me preguntaba “¿tú la conocías?” y luego me seguía insistiendo en que estábamos ganando suficiente dinero para tener un hijo, como si una cosa fuese consecuencia de la otra.
     La volví a ver en sueños, escribiendo con el dedo un nombre que no era ni el suyo ni el mío en el vaho de la ventana. Ella tenía seis años y llevaba el pelo corto recogido tras las orejas.
     El vídeo llegó demasiados pocos días después, y nadie fue capaz de verlo salvo los desconocidos. Sólo aguanté hasta que tapaban sus ojos desnudos con una capucha negra. Pulsé el botón de pausa y ya nunca volví a darle al play.
     Mi prometida dormía caliente a mi costado. Su respiración susurraba pausada. Toda su sangre recorría sus arterias, venas y vasos sanguíneos al ritmo que dictaba su corazón aún latente. En sus trompas de falopio, un óvulo sano demandaba ser fertilizado. Clavé la vista en el techo como echándole la culpa. Intenté imaginarme un cielo surcado de estrellas fugaces, pero no pude, porque estábamos en Irlanda, y en Irlanda sólo se ven las estrellas en agosto.
     Ella se había disuelto en la oscuridad, y yo ahora apenas podía recordar si había sido real o no.
África Curiel
Puedes leer este y otros relatos en allthewordsmisspoken.

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