El lobo y la golondrina

La conocí por casualidad, una noche de verano. Se posó en mi ventana mientras yo fumaba un cigarro y aullaba a la luna llena. Era la más elegante golondrina que jamás había visto. Me sonrió y yo le saqué la lengua. Le pregunté qué hacía allí, tan cerca de un hombre lobo. Me dijo que le gustaban los hombres lobo. Le enseñé las garras, se rió.

Volvió a la siguiente luna llena, y a la siguiente y a la siguiente. A la cuarta esperé toda la noche a que mi golondrina llegara, pues me había enamorado de su sobriedad, de su saber hacer, de su forma de volar. No me amas a mí, me dijo a la quinta luna, cuando volvió y le confesé mi amor.

«En realidad lo que amas es la imagen que tienes de mí. Me ves volar tras los barrotes de esa ventana y anhelas poder hacer lo mismo. Ves mis negras plumas y crees que tu pelo no está al alcance de su belleza. Pero si yo vine a verte no fue para que me amaras a mí, sino porque yo te amaba a ti. Y no te amaba de verdad descubrí, sino que amaba tu forma de amar. Oigo tus aullidos a la luna desde hace meses. Solo un alma que ama de verdad puede emitir sonidos tan dolorosos y bellos a la vez, solo un alma que ama de verdad no aprendió a mirar otra cosa aparte de su ser amado. Yo solo represento las alas que deseas tener para poder llegar a ella.»

La golondrina se fue, dejándome allí, desolado. Pensé que tendría que ser mía, pero yo no podía salir de allí. No siendo un lobo. Miré a la luna y no aullé, le pedí que me dejara libre de su hechizo de amor para poder volar con la golondrina.

Y entonces ocurrió: un humo perfumado entró por entre los barrotes y me atrapó, convirtiéndome en otra cosa que no era un lobo. Ahora tenía alas y seguía siendo peludo. Era un vampiro, un murciélago. Atravesé los barrotes y volé a la búsqueda de mi golondrina, pero no la encontré en ningún sitio.

Volví a aquella ventana cada luna llena durante tanto tiempo que ni contarlo podía, anhelando la vuelta de mi golondrina, hasta que una de aquellas noches un gato me cazó y la historia del lobo que primero amaba a la luna y luego a una golondrina, y que se volvió murciélago para poder volar, acabó.

Cuando llegué a la luna, ya siendo ánima sin cuerpo, la obligué a decirme dónde estaba mi golondrina.

«Todos los deseos requieren un sacrificio. Mandé a la golondrina para ver si de verdad me amabas y te enamoraste de ella. Me pediste que te convirtiera en ser alado para con ella volar y el sacrificio fue su vida. El sacrificio de mi deseo de saber si me amabas, mandándote a la golondrina, fue perderte para siempre.»

Pero ahora me tienes aquí, le dije, para siempre.

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