El lobo y la golondrina

La conocí por casualidad, una noche de verano. Se posó en mi ventana mientras yo fumaba un cigarro y aullaba a la luna llena. Era la más elegante golondrina que jamás había visto. Me sonrió y yo le saqué la lengua. Le pregunté qué hacía allí, tan cerca de un hombre lobo. Me dijo que le gustaban los hombres lobo. Le enseñé las garras, se rió.

Volvió a la siguiente luna llena, y a la siguiente y a la siguiente. A la cuarta esperé toda la noche a que mi golondrina llegara, pues me había enamorado de su sobriedad, de su saber hacer, de su forma de volar. No me amas a mí, me dijo a la quinta luna, cuando volvió y le confesé mi amor.

«En realidad lo que amas es la imagen que tienes de mí. Me ves volar tras los barrotes de esa ventana y anhelas poder hacer lo mismo. Ves mis negras plumas y crees que tu pelo no está al alcance de su belleza. Pero si yo vine a verte no fue para que me amaras a mí, sino porque yo te amaba a ti. Y no te amaba de verdad descubrí, sino que amaba tu forma de amar. Oigo tus aullidos a la luna desde hace meses. Solo un alma que ama de verdad puede emitir sonidos tan dolorosos y bellos a la vez, solo un alma que ama de verdad no aprendió a mirar otra cosa aparte de su ser amado. Yo solo represento las alas que deseas tener para poder llegar a ella.»

Leer más »