Úrsula

Como una simple guía. Una ayuda para los desatinos. Un hombro de apoyo en el que poder recostarse. En ese fondo marino estaba yo. No fui a buscar a nadie. No fui a guiar ni a engañar al más pequeño de los peces. Permanecí inmóvil, tranquila cual espuma marina en las noches en calma.

Princesas y sueños. Ese fue el problema. Una princesa, y un sueño. ¿Fue acaso culpa mía? Hans me justificó. Él me creó y me dijo: “Tu papel es el de darle la posibilidad de conseguir lo que desea”. Él fue quien puso la pócima en mis manos. ¿Qué podía hacer yo? ¿Negarme? Lo intenté. Juro que lo intenté. Pero no fui capaz.

Ella lo sabía. Sabía que estaba en mi mano poder ayudarla. Era auxilio lo que pedía y la que no encontró consuelo fui yo. Sus ojos resplandecían amor mientras le contaba todos los problemas. Sabía los riesgos y aun así, sucumbió. Arriesgó, luchó sin voz ante un mundo que no era el suyo. Como si sus piernas le diesen la oportunidad de conquistar una tierra que ya estaba tomada.

Y lo volví a intentar. Otra pócima con fondo puntiagudo. Un corazón por otro corazón. Se negó. No hubo forma de convencerla. Y murió. Se esfumó. Se hizo aire infinito en la historia de los hombres.

Lloré. Más de cien años sollozando y pidiendo otra oportunidad. Suplicándole a Hans que le dejase volver. Pero, ni después de muerto lo consintió. La dejó vagando como alma perdida más allá de los sueños de mares y océanos.

Pero, cuando las lágrimas parecían formar parte de mí, cuando el llanto marino se había convertido en mi estilo de vida, llegó Walter. Más de cien años había esperado este momento. Y llegó. Le busqué. Hablé con él. Quería que ella tuviera otra oportunidad. Que pudiese ver venir lo que le esperaba.  Walt  entendió mi congoja y me dijo que le pondría las cosas más fáciles a la princesa. Pero, me condenó.

Me dio la culpa. Me convirtió en su pesadilla. Dijo: “Que la chica se niegue y luche porque vea que intentas engañarla”. Pero no se negó. Siguió y siguió. Contra mí. Contra quien intentó salvarla. Y finalmente, lo consiguió.

Primero Christian Andersen y luego Walt Disney. La misma sirenita con distinto nombre. La misma historia con distinto final.

Conseguí salvarla. Ahora la veo con su voz, su príncipe y su conquista terrestre. Yo sin embargo, condenada al nombre que Walt me dio. Serás “Úrsula”. Una victoria con sabor triste, porque al final fui yo quien quedó muerta. Inmóvil y tranquila cual espuma marina en las noches en calma.

Andrés Pavón Perejón

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s