Donde juegan los monstruos

—Chico, chico.

El niño se le acerca. En el parque de un barrio obrero la gente aún confía. Quisiera haberle advertido. A él, a ese niño, digo. Y a otros tantos. Pero, ¡qué demonios! Nadie es perfecto.

No sé cómo lo hace, maldita sea. Conseguir que no le pillen. Lo otro… no sé, supongo que es cuestión de práctica. Yo siempre llevo caramelos en el bolsillo. Una vez mi mujer me lavó unos pantalones con caramelos dentro. Cuando acabó la lavadora había un cerco verdusco alrededor del bolsillo derecho.

—¿Y tú para qué te metes caramelos en el bolsillo?

Le dije que no lo sabía. Porque no lo sé, en realidad.

Ayer mismo se sacó él un caramelo del bolsillo. Estoy convencido, era de esos que tiran en la cabalgata de reyes. Lo imaginé recogiendo golosinas del suelo, ayudando a sus hijos, quizá; invirtiendo en las tardes que pasaría en el parque.

Nunca recuerdo su nombre, por si acaso. Me lo dijo una vez. Solo soy un padre más con jornada intensiva al que se le cae la casa encima por las tardes. Mi mujer trabaja de cinco a ocho y yo no sé qué hacer con los críos entre cuatro paredes. Él parece volver de trabajar, o ir, quién sabe. Lleva siempre el maletín de cuero, y a veces a la niña con la faldita del colegio. Mis hijos la conocen. A veces ha jugado con ellos. Corbata, traje. Sus zapatos brillan más que mi coche. Parece de otro barrio.

Suele estar a eso de las seis. Lo sé porque bajo a esa hora con mis hijos. Me despierta el grande de la siesta, el que tiene siete, cuando se va al trabajo mi mujer y ha terminado los deberes. Y bajamos los tres. Primero a merendar al bar de siempre y luego al parque. Ahora que hace frío los envuelvo en lana. Alguna abuela metijona que me ha visto mucho por allí me pregunta cómo los distingo si no se les ve, y yo le contesto siempre lo mismo:

—Los que no se ven son los míos, señora.

Al tipo no le conozco. Quiero decir, jamás he hablado con él. Bueno, un par de veces se ha acercado a mí. A pedirme fuego, a marcar terreno. La segunda vez —de esto hace ya casi un año— me dijo su nombre y me preguntó, así, tal cual, quién era el mío. Le señalé a mis hijos sin apartarle la mirada más de lo necesario y me entendió.
Jamás ha vuelto a dirigirse a mí. Tampoco a ellos.

Pero nos hemos saludado casi siempre. Supongo yo que la educación es lo último que se pierde.

—Chico, chico… Ven aquí.

Siempre trato de sentarme frente a él. Así es más fácil. Los cacharros del parque, niños incluidos, por medio. Pero detrás de todo eso él. Y sus caramelos en el bolsillo. Y su mano izquierda, también, en el bolsillo.

Y el muchacho se le acerca. Aún confían en este barrio. Si fuera en otro sitio, un barrio pijo de esos con portero y garaje, ya estaría prevenido. Supongo que el niño tiene edad suficiente como para bajar en grupo con los de su bloque, pero no llega a entender de qué va la cosa.

Yo tampoco entiendo muy bien de qué va la cosa.

Esta vez no le da un caramelo. La sorpresa viene grande. Más aún de lo que el niño, y yo mismo, podíamos esperar. Va a acabar el año en poco tiempo. Adoro esta época. Ir abrigado, llevar capas de ropa permite disimular la tripa, por ejemplo, entre otras cosas. Agradezco que anochezca antes, que haga frío. Acomodarse en el banco con las manos dentro de los amplios bolsillos del chaquetón aleja mis pensamientos de la temperatura ambiente. Me mantiene la cabeza en otra cosa.
En verano es bien distinto. El tipo pasa poco por aquí. La luz no se va hasta casi las diez, y no hay niñas de uniforme. Yo bajo bastante menos. Las vacaciones, las mías y las de mi mujer; el calor y la ropa… No es lo mismo. Hasta los niños prefieren el fresco del otoño, y abrigarse. Parece que les gusta casi tanto como a mí.

El otoño pasado fuimos los cuatro a Decathlon: mi mujer, los niños y yo. Nos dejamos casi la mitad del sueldo de ella, pero salimos de allí con ropa de abrigo. El parque, yo solo pensaba en el parque. Y en lo abrigado que iba aquel tipo. Y en los bolsillos del chaquetón, grandes, cuanto más grandes mejor.

Abrigando a mis hijos andaba yo justo ayer cuando apareció él por el parque. Como estaba colocando la bufanda del chico no me fijé en que llegaba solo. Me di cuenta algo después, cuando se levantó despacio y se alejó sin su hija la de la falda —que tampoco estaba jugando con los otros niños—, paseando hacia la zona arbolada, ennegrecida ya con la escasa luz que daba el final de la tarde.

Me levanté a fumar. Le dije al grande que cuidara al otro y rodeé el parque, por fuera, para volver a entrar por la otra puerta, la que está más cerca de los árboles. Ya empezaba la noche, se notaba. Los comercios iban a cerrar pronto. Apenas había gente paseando por allí. La ocasión era perfecta.

Qué cabrón.

Me perturbó lo que oí sin lograr ver por no atreverme a ser visto. Solo el tipo sabía exactamente qué ocurría. Ni yo mismo ni el niño, estoy seguro, entendimos bien lo que pasaba. Yo, por falta de visión. El chico, por la falta de experiencia.
Recordé a los míos. Allí debían de estar, jugando a cosas de niños en el otro lado del parque, susceptibles de ser observados por otros como yo, con suerte, o como él, sin ella. Deshice el camino apenas andado dejando atrás al niño desconocido y la extraña sensación de no estar haciendo bien que me invadía, camuflada en parte por la agitación aguda y repentina, y hasta entonces desconocida, que estaba sintiendo.

Minutos más tarde volvió, de nuevo solo. Llevaba el envoltorio de un caramelo en la mano. Lo retorcía, lo arrugaba y lo volvía a abrir, alisándolo con cuidado, pero con rapidez. Una y otra vez. No levantó la vista del suelo para mirarme hasta que se sentó en el banco. Reconocí en su mirada los restos de aquella sensación incómoda que había sentido instantes atrás, entre los árboles. Cuando mi mano involuntaria fue en busca de un calor que aplacé por el recuerdo instantáneo de unos hijos, los míos, no muy lejos de allí. Ellos aún confiaban, lo sé. Estoy seguro.

—Chico, chico, ven. ¿Quieres uno?

Ahí está de nuevo. Hoy me ha mirado diferente. Sabe dónde estuve, estoy seguro. Sabe que no pude hacer el amor con mi mujer anoche aunque en el parque sacara las manos de los bolsillos a destiempo. De algún modo extraño, entiende que ayer fui un cómplice, su confidente. Pero no sabría explicarle la verdad. ¿De qué manera…? Que yo jamás seré él. Que nunca he actuado. Y el niño le coge la piruleta. Y yo aprieto el puño en mi bolsillo. Aún confía. ¿Dónde está el chico de ayer? No es el mismo. Este aún confía. Estoy seguro.

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