Síndrome de Florencia

Se suceden las luces desenfocadas desde el autobús. Se refractan en las gotas de lluvia como las notas de esa guitarra frotada; se empañan mi aliento, el tuyo, el de la chica sudaméricana de dos asientos más atrás y el de un amigo olvidado sin distinción en los cristales. “Romper aquí”, en caso de emergencia. Volcamos por dentro, siempre nos ha parecido una chorrada el cinturón de seguridad, no hay un martillo con el que romper el cristal y escapar. Sigur Ros me rasga el corazón a base de aullidos débiles, y de los auriculares se agolpa entre mis párpados. Navegan en mis lagrimales las cortas, las antiniebla y las de posición. Sucio síndrome de Florencia, ataca la piel de gallina con agujas de colores. Íntima, se infla en mi estómago, blanca, una emoción que no alcanzo a nombrar. Aun sosteniendo tu mano, estoy sola con el post-rock y el ronroneo del motor. Floto, anclada al asiento, en eso que se me expande dentro y me oprime los órganos.

Te clavo las uñas y me miras y me amas, y yo deseo:

Ojalá, ojalá estuvieses conmigo aquí dentro.

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