Cómo sacar de quicio a un padre en apuros

Summary: Anthony va a ser padre. Después de lidiar con los antojos, su propia personalidad explosiva y sus impulsos de celos, está listo para el último paso: montar la cuna de su hijo. O eso es lo que él creía, ya que seguir una sencillas instrucciones estaba convirtiéndose en una tarea infernal.

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Llevaba encerrado en aquella habitación demasiadas horas ya como para haberlas contado y aún no había conseguido avanzar absolutamente nada. Suspiró pesadamente y se rascó la cabeza, frustrado, mirando fijamente con el ceño fruncido aquel miserable cacharro que le traía de cabeza.

Gruñó guturalmente y apretó los puños. ¡Cómo podía decir la gente que aquello era la cosa más fácil del mundo! ¡Y un cuerno! Que si, que solo había que seguir un papelito llamado instrucciones que venían en la caja de la “cosa”, pero otra cosa muy distinta era que las dichosas instrucciones fueran entendibles para todo el mundo.

Asqueado, aventó el papel en sus rodillas al suelo de un manotazo y se levantó de un salto, dirigiéndose hacia la ventana. Observó el exterior a través de ella: la tarde era perfecta para estar en el jardín a la sombra de un buen árbol, relajándose… sin embargo, él estaba allí encerrado, condenado a montar aquel dichoso artefacto, todo por culpa de su gran bocaza.

No pudo haberse quedado callado, no. Él y su orgullo machista. Cuando él y su mujer fueron a la tienda para ver aquel mueble que sería la cunita de su pequeño niño, tuvo que hablar y hacer alarde de su machismo ante el maestro de bricolaje de la casa de muebles, porque éste miraba de forma verdaderamente lasciva a SU mujer. ¡Rayos! Recordar aquello solo conseguía enervar todavía más su sangre y aumentar su enojo. Así que claro, él dijo:

— No se preocupe señora, yo mismo la montaré en casa. Se me da muy bien el bricolaje y la carpintería…— si claro, ¡y un jamón! En su vida había conseguido arreglar ni una mísera puerta que chirriaba.

Y ahora aquí estaba, siendo sacado de quicio por un estúpido y miserable intento de cuna desarmado. ¡Por qué no permaneció con la boquita cerrada! Su madre siempre dijo que estaba más guapo de ese modo.

Se dio la vuelta lentamente y miró fijamente otra el montón de piezas de madera amontonadas en el suelo, la caja de herramientas abiertas y ese papel blanco lleno de letras que era las instrucciones que debía seguir. Ver aquello de nuevo, le produjo escalofríos. ¡No! Se negaba en rotundo a volverlo a intentar, esa cosa había acabado con su paciencia… Y sin embargo, solo hizo falta que una fugaz imagen del hermoso y sonriente rostro de su esposa apareciera en su mente, para que él mismo sonriera como un bobo, imaginándose la felicidad que los recorrería a ambos al ver a su pequeño dormir plácidamente en aquella cunita azulada.

Sacudió la cabeza ligeramente y suspiró con pesadez, sino era por su orgullo herido, al menos, que fuera por su esposa y su hijo. Construiría esa cuna, aunque fuera lo último que hiciera. Caminó directo hacia el montón de piezas y se agachó, cogiendo el papel con los pasos a seguir y comenzando de nuevo con la tarea de descifrar y armar la cuna de las narices.

— A ver, por partes: Inserte la pieza A, mediante las ranuras predestinadas para ello, en la pieza B, luego, inserte los espiches de…

Y así poco a poco, intentó como pudo, ir siguiendo todas y cada una de las instrucciones que leía en el trozo de papel. Pieza por aquí, martillo por allá, un tornillo aquí, un poco de fuerza allá… Parecía que esta vez lo estaba consiguiendo, ¡sí! Esta vez llevaba todas las de conseguirlo, o eso pensaba él.

Colocó la última pieza y… ¡ya está! ¡Consiguió montar la cuna! Alzó los brazos al aire en señal de victoria y miró con suficiencia a la hoja de papel arrugada a sus pies. ¡Ja! Al final, había sido más fuerte que ella. O eso llegó a pensar, hasta el momento en el que decidió ver su obra maestra.

Su boca se abrió enormemente en una perfecta “o” y sus ojos se abrieron como platos. Bueno, una cuna sí que parecía. Pero había desniveles entre las piezas por todos los sitios, la estructura parecía frágil y temblorosa por si sola, lista para caerse en cualquier momento con el más mínimo golpe. Y como si aquello hubiera sido escuchado, en aquel momento, un soplo de viento entró por la ventana, con unas cuantas hojas danzando con él, que se posaron en la cuna y… acabaron por derrumbarla por completo con un gran estruendo que debió haber escuchado hasta el vecino.

— ¡Maldita sea!— gruñó, mientras tosía debido a la polvareda que el derrumbe había ocasionado.

Cuando se disipó, el panorama no era el más alentador para él: estaba total y absolutamente igual de perdido que antes. ¡Por qué carajos le pasaba todo a él! Sujetó con su mano el puente de la nariz, mientras cerraba los ojos, intentando encontrar la calma en algún lugar de su cuerpo para volver a empezar cuando…

— ¡¡Anthony!!— ese grito alertó por completo todos sus sentidos y le faltó tiempo para bajar corriendo a saltos las escaleras y plantarse en el salón, delante del portador del llamado.

Sin embargo, lo que allí se encontró lo dejó totalmente fuera de juego: su esposa se hallaba sentada en el sillón, encogida ligeramente sujetándose el vientre y jadeando sofocadamente y sumándole además para su preocupación, aquel charco de agua que había a sus pies y que también mojaba parte de sus ropas.

— Creo… creo que el bebé… ya viene…- dijo costosamente.

— ¡Rayos!— fue todo lo que pudo decir, antes de salir corriendo como el rayo otra vez a la parte de arriba de la casa, coger una bolsa preparada con antelación de su habitación, bajar de nuevo a igual velocidad, ayudar a su esposa a salir de la casa y entrar al coche. En un momento se encontraba conduciendo a toda pastilla hacia el hospital.

Genial, menudo día escogía su hijo para venir al mundo, primero se despertaba tarde y casi llega tarde al trabajo, luego llegó a casa y se dio de bruces contra al menos tres puertas y luego la condenada cuna de los demonios… y para colmo le sumamos eso. Si, un día perfecto para venir al mundo.

— Inspira, espira Marie, como nos enseñaron en el curso— le habló alterado a su adolorida esposa, sin apartar la vista de la carretera. Debía darse prisa. Pero entre tanto ajetreo, tuvo un pequeño momento de lucidez y una sonrisa perversa apareció en su rostro. Sacó su teléfono móvil y colocó el manos libres. Ni muerto se ganaba una multa o un accidente encima. Marcó un número en concreto y esperó a que fuera contestado por la persona adecuada.
— ¿Si? ¿Anthony, eres tú?
— Si James, soy yo. Mira, voy camino del hospital y no tengo mucho tiempo. ¿Recuerdas aquel favor que me debías por encubrirte para que tu mujer no te descubriera en aquel club de stripers? Pues he decidido cobrártelo— sonrió.— Ve a mi casa, usa la llave que tú sabes y monta la maldita cuna que hay en la habitación de la derecha del segundo piso. Por cierto, suerte, es bastante traicionera— y cerró la llamada sin darle tiempo alguno a réplica.

Guardó el móvil otra vez y se acurrucó ligeramente en el asiento. Sí señor, ahora era asunto de James.

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Escrito por Alegría Jiménez

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