A esta edad

Cuando salimos hacia la playa Marcos y yo, olvidamos coger la pequeña caña que le había comprado su madre. Llenamos el maletero con todos los aparejos de pesca, la sombrilla, las dos hamacas, la caja de los cebos y la enorme nevera que Mar había preparado de comida para los dos.

Yo le había repetido mil veces que Marcos se aburriría conmigo, que la pesca no le gustaba a los  niños, pero ella se empeñó en que lo llevase conmigo el fin de semana.

—Si no lo llevas contigo, no te verá nunca como un padre.

—Es que no soy su padre —me atreví a decir.

—A mí me gustaría que lo fueras —me contestó casi susurrando.

Di media vuelta y me encerré en el garaje. Era el espacio que tenía para mí en la casa, y siempre iba allí a relajarme. Mar tenía el suyo en el ático y, también era sagrado para mí. Salí una hora después y le dije que me lo llevaría. Que el sábado a las cinco de la mañana saldríamos, y que ella debía encargarse de que el niño estuviese listo. Se comprometió a ello, aunque finalmente no ocurrió así.

Me levanté a las cuatro de la madrugada, me di una ducha, me vestí, guardé todas mis cosas en el coche y, cuando ya estaba todo listo, Mar seguía peleando con Marcos para que se levantase.

— ¡Déjalo dormir! —le dije—. Está claro que no quiere venir.

— ¡Sí quiere! Lo que pasa es que es muy perezoso.

— ¡No quiero! —dijo el niño revolviéndose entre las sábanas.

— ¿Lo ves?

—A ver, José Ramón, ¿me vas a ayudar o no? Le he comprado una caña de pescar pequeñita, para que le enseñes y compartáis algo.

—Bueno —dije agachando la cabeza—. Me lo llevo. ¡Vamos, Marcos! ¡Que lo vamos a pasar bien!

—Claro. A ver si pescáis mucho y me dejáis a mí un par de días de tranquilidad aquí sola en casa. Que tú te pegas todos los meses tu escapadita de fin de semana. Y yo, me quedo aquí con él.

Cuando salimos, eran casi las siete. Marcos había tardado más de media hora desayunando. Yo me fui al coche y metí la nevera que había preparado Mar. Ese fue el momento en que olvidé coger la caña de Marcos. Una vez se montó el niño, su madre me repitió infinidad de veces que tuviese cuidado con él. Yo me limité a asentir y a decirle que lo pasase bien el fin de semana.

—Os voy a echar de menos.

—Y nosotros a ti. —Subí la ventanilla y arranqué.

En el camino que lleva desde Sevilla hasta la ría de Punta Umbría, hay poco más de cien kilómetros. Una hora en condiciones normales. A Marcos le dio tiempo a dormirse, a despertarse, a hacerme parar para ir al baño, a volver a dormirse y a llenarme el coche de migajas con el paquete de galletas que Mar le había metido en la riñonera.

Al llegar, dejamos el coche aparcado en un callejón, para evitar pagar la zona azul. Aunque no era verano, mantenían los precios de cobro. Era una zona tranquila de bañistas, y los pescadores aprovechábamos para practicar nuestro hobby.

Cuando nos dimos cuenta que habíamos dejado olvidada la caña de Marcos, el niño empezó a llorar de forma descontrolada. Lo cogí de la mano, saque algunos bultos del coche y me encaminé a la playa. Todavía lloraba cuando llegamos frente al mar. Cogimos un hueco entre dos pescadores de edad avanzada y dejé allí al niño y las cosas.

—Voy a por el resto de chismes. ¿Me esperas sin llorar y luego te compro un helado?

— ¿Un frigopié? —me contestó con sus nueve años.

—Un frigopié. Y después te dejo mi caña de pescar. Pero no puedes llorar, ni moverte mientras vuelvo. ¿Vale?

—Sí. —Miraba a un lado y a otro. Se secaba las lágrimas con la manga de la camiseta.

Fui a por el resto de los trastos y, al llegar al coche, había un empleado de la empresa de parquímetros poniéndome una multa.

— ¡Eh, eh! —grité—. ¿Qué hace?

—Pues, lo que ve. Ha aparcado usted en una zona de aparcamiento de pago y no ha sacado el ticket.

—Pero, ¡eso no puede ser! Yo he mirado al entrar en el pueblo, y esta calle no era zona azul.

—Y no lo es. —El funcionario terminó de rellenar el papel y lo enganchó en el limpiaparabrisas del coche—. Es zona roja.

— ¿Zona roja?

—Efectivamente. Una cosa nueva del Ayuntamiento. Si tiene usted algún problema,

diríjase al consistorio municipal. Si no, puede recurrir o dirigirse a cualquier parquímetro, abonar los 50 euros con el código de la sanción, y todo arreglado.

— ¿50 pavos? ¡Eso es una locura!

—Yo soy un mandao, amigo. Que tenga un buen día. —Dio la vuelta y se alejó.

En menos de quince minutos tuve que gastar más de la mitad del dinero que llevaba para el fin de semana, moví el coche y anduve el trayecto hasta la playa cargado con los aparejos necesarios para el día de pesca. Cuando llegué, Marcos no estaba donde se había quedado. Solté todo junto a las cosas que ya se encontraban allí y miré a todas direcciones en busca del niño. Estaba a unos escasos treinta metros, sentado en el suelo, junto a un pescador que parecía estar contándole algo.

— ¡Marcos! ¿Qué te he dicho de que no te movieses? ¿Ya estás molestando a este señor?

—Estaba aburrido, y me he sentado a hablar con él. Se llama Manuel.

—Anda, ven conmigo.

—No te preocupes hombre, el niño no molesta. —El hombre debía rondar los sesenta años, tenía una incipiente barba canosa y el pelo completamente blanco. Estaba sentado en una hamaca de playa—. Estábamos hablando de nuestra vida. De hombre a hombre ¿Verdad, Marcos?

—Sí —dijo el chiquillo—. ¿Podemos poner nuestras cosas aquí y pescar con él?

—Aquí le vamos a molestar.

—No molesta, hombre. Te llamas Álvaro, ¿verdad?

—José Ramón.

— ¡Ah! Disculpa. No sé por qué pensaba que el niño me había dicho otra cosa.

—A esta edad no se enteran de nada.

—Si usted lo dice… Vénganse aquí. Yo soy Manuel.

Nos dimos la mano.

—La verdad es que un poco de compañía no me vendría mal, que llevo un día…

—Pues ya está. Coge las cosas y vente aquí. Perdona que no te ayude. —Levantó la pierna izquierda y vi cómo le faltaba desde la parte baja de la rodilla hasta el pie—. Si puedo, intento moverme lo mínimo. Sólo para echar y recoger la caña.

—No te preocupes. Eso lo traigo yo en un segundo.

Recogí las cosas y las acerqué al lugar donde se encontraba Manuel. Marcos ya estaba jugando, corriendo de un lado para otro. Entre una cosa y otra, podían ser ya las once de la mañana, y teniendo en cuenta las horas que llevaba levantado, decidí sacar una cerveza de la nevera.

— ¿Quieres una? —Le ofrecí a Manuel.

—No gracias. El mayor antídoto contra el calor es una buena botella de agua y algo que te cubra la cabeza.

—Eso sí es verdad.

—Es más, creo que es el momento de colocarse la gorra, que este sol me puede quemar el casco. —Se tocó la cabeza con las manos—. Que cada vez tengo menos pelo.

Sacó de su mochila una gorra y se la colocó en la cabeza. La gorra, tenía una imagen de la cara de Ernesto Che Guevara y una bandera de Cuba en la parte posterior. Yo me quedé mirándola y él dijo:

—Fue un ejemplo y un héroe, pero ahora, es un producto más de merchandaising.

—La sociedad en que vivimos es así. —Cogí mi caña y me puse a elegir el anzuelo que iba a utilizar—. No sé de qué nos extrañamos.

—El capitalismo es capaz de hacer negocio con lo que sea. ¿Estás casado?

—No. La madre del niño —lo señalé— y yo, llevamos más de dos años saliendo, pero no pensamos en casarnos.

—La pareja estable es el último reducto contra el capitalismo.

— ¿Cómo?

—Lo que oyes. Bueno, que si te ofendo o te molesto, lo dejamos y hablamos de otra cosa.

—No, no. Cuéntame. Me interesa lo que dices.

—Pues eso. La sociedad consumista nos anima a cambiar de coche, de casa, y de pareja. La cosa es que sigamos consumiendo.

—Yo espero no tener que cambiar nunca más —dije riendo.

—Eso nunca se sabe, pero ojalá tengas suerte. A mí, la verdad es que nunca me ha durado una pareja demasiado. Supongo que tendrá su truco. O que yo soy muy raro, o que las mujeres en el fondo son todas iguales —dijo riéndose—. ¿Sigue en pie esa cerveza?

—Por supuesto. —Abrí la nevera y se la acerqué—. Truco no hay. Mar y yo simplemente buscamos ser uno más uno, que siempre es mejor que dos. Cada uno tiene su espacio, su trabajo, su independencia económica…

—Yo tuve una relación así y no me fue bien. Pero ya te digo, el fallo soy yo seguro.

Pasamos juntos el resto del día. Alternamos ratos de silencio con conversaciones y olor a mar. La pesca fue escasa. Marcos no paraba de correr de un lado para otro, así como de pedir dinero para comprar chucherías y helados. Hablamos de mi relación con Mar, de mi pasado y del suyo.

— ¿Qué te pasó en la pierna, Manuel?

—Un accidente.

— ¿De coche?

—De moto.

— ¿Qué pasó?

—El quitamiedos.

—Joder, tío.

—No pasa nada.

— ¿Dónde fue?

—Ahí atrás. —Se giró y señaló el margen de la carretera que teníamos a unos quince metros—. Por lo menos sirvió para que lo quitaran.

—Lo siento mucho, Manuel. No debería haberte preguntado.

—No pasa nada. En realidad vengo aquí a pescar para recordarlo. Fue una tarde de invierno, y los pescadores fueron los que me ayudaron y me llevaron al hospital.

— ¿Y no es duro venir aquí a recordártelo?

—Puede que suene extraño, pero en realidad me da fuerza. Cuando salí del hospital sin la pierna, no tenía ganas de hacer nada. Pensé que todo lo que me gustaba había perdido sentido. No tenía ganas de salir, de reír, de hacer el amor.

— ¿Y qué te hizo cambiar?

—No lo sé. Sin pareja, sin amigos de toda la vida… Un día, me armé de valor y vine aquí junto a dos de los pescadores que un año antes me habían ayudado. Y salí.

— ¡Qué fortaleza! Así sí que se aprende a afrontar las cosas.

—Todos mis errores, todo lo que me ha pasado en mi vida, me ha servido de aprendizaje. Hay que conocer a las personas y darnos cuenta de que son mucho más sabias de lo que parecen. ¿Verdad, Marcos? —El niño estaba sentado junto a nosotros. Se le estaban cerrando los ojos de cansancio y asentía con la cabeza—. Yo creo que deberíais iros a casa.

— ¿A Sevilla?

—El niño está cansado. Ha visto cómo es esto, y tú tampoco estás muy hecho a él.

—En realidad, si salimos ya, podemos llegar antes de las doce de la noche.

—Seguro que te alegras. Ya la semana que viene, puedes venir solo, y no tienes la preocupación de traer a Marcos.

— ¿Traigo cerveza para dos?

—La semana que viene, cuando acabemos de pescar, te invito a una copa. Seguro que la necesitamos.

Al llegar a Sevilla, Marcos estaba completamente dormido. Fui a dejar el coche en la puerta del garaje y pude comprobar cómo no había luz alguna dentro de la casa. Podrían ser las doce de la noche aproximadamente. Me quedé sentado en el asiento mirando la puerta de Mar. Arranqué el coche, y estaba a punto de tomar camino en dirección a mi apartamento, cuando la vi andando en dirección a donde nos encontrábamos, acompañada de alguien. Desperté a Marcos y le pregunté

—Marcos, ¿ese quién es? —el niño se levantó con tranquilidad. Tenía los ojos medio abiertos.

—Álvaro.

— ¿Quién es Álvaro?

—El novio de mamá. —Cogió la riñonera y abrió la puerta del coche—. A esta edad es que no os enteráis de nada.

Salió del coche y cerró la puerta aún con los ojos hinchados de dormir.

Andrés Pavón Perejón

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s