Cómo sacar de quicio a un padre en apuros

Summary: Anthony va a ser padre. Después de lidiar con los antojos, su propia personalidad explosiva y sus impulsos de celos, está listo para el último paso: montar la cuna de su hijo. O eso es lo que él creía, ya que seguir una sencillas instrucciones estaba convirtiéndose en una tarea infernal.Leer más »

A esta edad

Cuando salimos hacia la playa Marcos y yo, olvidamos coger la pequeña caña que le había comprado su madre. Llenamos el maletero con todos los aparejos de pesca, la sombrilla, las dos hamacas, la caja de los cebos y la enorme nevera que Mar había preparado de comida para los dos.

Yo le había repetido mil veces que Marcos se aburriría conmigo, que la pesca no le gustaba a los  niños, pero ella se empeñó en que lo llevase conmigo el fin de semana.

—Si no lo llevas contigo, no te verá nunca como un padre.

—Es que no soy su padre —me atreví a decir.

—A mí me gustaría que lo fueras —me contestó casi susurrando.

Di media vuelta y me encerré en el garaje. Era el espacio que tenía para mí en la casa, y siempre iba allí a relajarme. Mar tenía el suyo en el ático y, también era sagrado para mí. Salí una hora después y le dije que me lo llevaría. Que el sábado a las cinco de la mañana saldríamos, y que ella debía encargarse de que el niño estuviese listo. Se comprometió a ello, aunque finalmente no ocurrió así.Leer más »

Síndrome de Florencia

Se suceden las luces desenfocadas desde el autobús. Se refractan en las gotas de lluvia como las notas de esa guitarra frotada; se empañan mi aliento, el tuyo, el de la chica sudaméricana de dos asientos más atrás y el de un amigo olvidado sin distinción en los cristales. “Romper aquí”, en caso de emergencia. Volcamos por dentro, siempre nos ha parecido una chorrada el cinturón de seguridad, no hay un martillo con el que romper el cristal y escapar. Sigur Ros me rasga el corazón a base de aullidos débiles, y de los auriculares se agolpa entre mis párpados. Navegan en mis lagrimales las cortas, las antiniebla y las de posición. Sucio síndrome de Florencia, ataca la piel de gallina con agujas de colores. Íntima, se infla en mi estómago, blanca, una emoción que no alcanzo a nombrar. Aun sosteniendo tu mano, estoy sola con el post-rock y el ronroneo del motor. Floto, anclada al asiento, en eso que se me expande dentro y me oprime los órganos.

Te clavo las uñas y me miras y me amas, y yo deseo:

Ojalá, ojalá estuvieses conmigo aquí dentro.