Todo lo que tiene que ocurrir para que se despeje un escritor

Con la predisposición inicial de despejar los pensamientos aturullados de mi mente, decido salir a la playa que hay tras las rocas. Una cala de un par de kilómetros entre un chiringuito y un mirador sobre el mar donde, a estas horas, no habrá más que un par de pescadores y algún corredor esporádico.

Para llegar a la cala tengo que caminar sobre unas rocas y, tras un pequeño fragmento de playa, atravesar la desembocadura del río Guadalorce que cubre hasta la cintura. Solo estando allí, con el mirador a lo lejos, el sonido del mar y la luz pálida del sol entreoculto por las nubes ya me relajo, aun así echo a correr para evitar pensar y llego hasta el mirador jadeando.  Mis pensamientos siguen dando vueltas, de modo que decido hacer un poco de ejercicio. Al principio lo hago con cuidado, pues no tenía pensado mancharme de tierra, pero comprendo que si quiero vaciar mi endemoniada cabeza tengo que tomar medidas más drásticas. Y no me doy tregua. Después de una hora sin descanso haciendo ejercicio estoy tan cansado que realmente, a chispazos, dejo de pensar en la pelea que acabamos de tener. Aún así, cuando me siento a contemplar el mar, las gaviotas, los ciclistas que se han parado en el mirador y el crucero a lo lejos con todas esas personas  y sus propias mentes, me doy cuenta de que sigo enfadado.

Pensaba que el paseo y el ejercicio me quitarían la mierda y me harían ver lo que en el fondo sé: que la quiero, que todo ha sido una tontería, pero es que… pero es que… Los “pero es que” seguían ahí. Intento respirar hondo y meditar, por momentos me olvido de todo, me percibo solo a mi mismo como ser individual e independiente y a la naturaleza. Pero al abrir los ojos vuelven los “pero es que”, así que me doy por vencido y decido marcharme de allí.

Después de un rato caminando, me doy cuenta de que no paro de pensar y pensar, y en consecuencia ando más deprisa, sin prestar atención a nada. Y cuando yo me voy por la playa, me gusta aprovechar para serenarme de la vida y tomar un poco más consciencia de todo. Así que me detengo, y empiezo a caminar de nuevo, más tranquilo.

Activo mi visión periférica y dejo que mi mirada y pensamientos divaguen por todo lo que me rodea, incluso deteniéndome o girándome a veces. Es entonces cuando, al mirar hacia arriba, veo una gaviota solitaria, y me imagino estando de pie sobre ella con una capa y una lanza,  presto a cazar peces para mi tribu. A continuación la gaviota es realmente gigantesca, solo que está muy lejos, y yo sigo de pie sobre ella, pero ésta vez con actitud guerrera y desafiante, acercándonos vertiginosamente hacia toda una banda de gorriones.

Un avión despegando capta mi atención. El sol anaranjado justo tras él hace que solo pueda ver su silueta, y la de los edificios y montañas que hay alrededor. Pierdo la capacidad de apreciar las distancias y  parece que va a estrellarse. El avión pasa de largo sin problema alguno, pero yo veo un terrible impacto seguido de una explosión que deja un mordisco en el lomo del monte.

Clavarme una piedra puntiaguda en el pie descalzo hace que mire hacia abajo, y es cuando me veo en el papel de un cíclope aterrorizando aquella metrópolis inmensa poblada por una tribu de granos de arena. Me lanzan pequeñas piedras con sus concha-catapultas. Me sorprende que todo ocurra a una velocidad normal, ya que, acostumbrado a ver que, normalmente, los gigantes se mueven con lentitud exasperante, pensaba que los granos de arena sería velocísimos. Como este no es el caso, y no me hacen ningún daño, paso de largo.

Con el crucero ocurre todo de manera muy esperada. Un tentáculo más grande del que jamás se haya visto en ninguna película aparece por detrás y destroza el barco  con la facilidad con la que yo antes pisaba los soldados de arena. Realmente me asombro, pues la bestia sigue emergiendo del mar y solo con su presencia pierdo el equilibrio y caigo a la arena. Rápidamente rebobino, no sería una actitud digna. Esta vez, al verlo emerger, imponente, siento que pierdo el equilibrio pero consigo mantenerme en pie. El monstruo cambia de forma. Primero tiene un torso tan grande que oculta el sol aunque esté en el lado opuesto, luego es muchísimo más alto, inimaginablemente alto, pero fino como una mantis religiosa. En cualquier caso y morfología, coge el crucero y lo lanza contra mí. Echo a correr como un condenado mientras noto la sombra inmensa cerniéndose sobre mi cabeza,  veo a la gente que sale disparada por la inercia, oigo el ruido que hace el barco al cortar el viento y la risa aguda del titán. Grito y salto, pero no llego a tiempo y el borde de la embarcación pilla mis piernas hasta la cintura, y muero.

La siguiente vez que me lo lanza, corro más deprisa y consigo esquivarlo. Cuando me lo vuelve a lanzar, mantengo la calma, y me desplazo solo varios metros hasta encontrar el hueco perfecto para que, al caer el enorme barco, no me aplaste. La última vez que el monstruo marino me lanza el crucero, sonrío, extiendo un brazo y, haciendo gala de mis sorprendentes y recién adquiridos poderes psíquicos, exhibo una barrera de fuerza con la que detengo el enorme crucero en el aire, y como si le devolviera una pelota, se la lanzo al titán. Como no creo que ese ataque sea suficiente, utilizo las dos manos y de mis espaldas comienzan a surgir piedras enormes, aviones, troncos de árbol e incluso un edificio. Todo ello lo concentro hacia el pecho del monstruo hasta que consigo tumbarlo.

Al mirar de nuevo la orilla, y ver las olas, suaves, dibujando marcas sobre la arena, me relajo, y pienso que esas marcas son como un electrocardiograma. Me encantan los paralelismos de la naturaleza con la vida, y aquí acabo de encontrar uno. El mar, las olas, el constante movimiento… reflejan la vida. Cuando ese electrocardiograma desaparece, llega una nueva ola que le da vida de nuevo. Son los latidos de corazón, o son las generaciones que van transcurriendo, explicándonos que la vida no es una cuestión individual o específica, sino general.

De pronto, he llegado ya a la desembocadura del río Guadalorce, y vuelvo a la realidad. Sigo pensando en los “pero es que”, y encima no he encontrado ningún final para mi paseo. Esperaba que, después de todo, mi mente alcanzara algún tipo de conclusión, se me revelara algún axioma oculto. Pro no es así.

Atravieso la desembocadura por una zona un poco más profunda que a la ida, pues soy de los que consideran interesante el no pasar dos veces por el mismo sitio, y es entonces cuando, al mirar hacia el río, encuentro la conclusión: El sol ha vuelto a asomar entre unas nubecillas, haciendo que su luz refleje de manera hechizante en esta agua entre mar y río. Tanto me fascina que me detengo a apreciarlo un instante, pero hay unos pescadores que se han quedado mirándome, y la vergüenza me hace seguir andando. Sigo enfadado con mi novia, pero tengo una sonrisa más profunda, un ánimo renovado, y la certeza de que todo aquel embrollo es una tontería que se va a solucionar en un segundo.

Tal vez es porque estoy cansado, pero es entonces, al salir del agua cuando pienso que, aunque no entiendo por qué, esa imagen es la conclusión del viaje.

Al llegar a casa estoy tan a gusto que me apetece escribir mis aventuras y ahora, terminando de hacerlo, me hace gracia y sonrío al comprobar todas las cosas increíbles que han tenido que ocurrir para que pueda aclararme un poco los pensamientos.

Óscar Soria

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