Palomitas

No eran ni las nueve de la mañana y ya estaba despierto. Acababa de recordar que la noche anterior había echado las persianas hasta abajo del todo por lo que, en ese momento, no podía apreciar ni el más mínimo destello matutino. Me desperecé y me estiré, todavía en la cama; los ojos se me acostumbraron a marchas forzadas a la penumbra, aunque segundos antes había creído que era una oscuridad casi impenetrable. Bajé las piernas del colchón, buscando a tientas las zapatillas de andar por casa. Sin embargo, como casi siempre, se me puso la piel de gallina cuando metí los pies fríos y húmedos del calor de la cama en esas babuchas viejas, sin unos calcetines puestos. Haciendo crujir las rodillas, me acerqué a la ventana y levanté la persiana. Esperé a que la luz me diese de lleno, pero ésta tampoco resultó ser tan brillante como creía. El día había amanecido inflado de nubes.

El móvil todavía no había pitado ni una sola vez. Estaba cargándose en el enchufe de detrás de la mesita de noche. Ni un sólo mensaje de Mariela, ni una llamada sin contestar. En ese momento, decidí, arrugando la nariz, que la llamaría. Me senté en el borde de la cama y marqué su número. El móvil seguía conectado a la corriente. Volví a escuchar su voz ruidosa después de los dos primeros tonos.

—Mariela, buenos días. Espero que hayas descansado.

—Pablo, te dije que no volvieras a llamarme. Nunca más.

Un sonido chasqueante me hizo darme por aludido: la llamada se había cortado. Volví a intentarlo; esta vez dejando pasar un poco más de tiempo entre una llamada y la siguiente. Mariela contestó de nuevo, esta vez más rápido que antes.

—Pablo, te he dicho que no quiero volver a hablar contigo. ¿Qué quieres ahora? ¿Es que no te ha quedado nada claro?

—Mariela, no entiendo nada. Ayer terminamos de solucionar las cosas…

—No, Pablo, no. Ayer te dejé. ¡Te dejé! ¿Cómo quieres que te lo diga? Dios…

—Mariela, por favor. No puedes decirme que quieres dejarme después de lo que pasó anoche. Nadie hace el amor de esa manera… Ninguna mujer hace el amor de esa manera cuando, en realidad, no quiere volver a cruzarse con su novio.

—Joder… Eso fue un error, un error, nada más. ¿Te queda claro?

Ese día, la vecina estaba haciendo aeróbic en el salón de su casa, porque la música animada y gimnástica cada vez se escuchaba más y más fuerte.

—No, Mariela… No puedes decirme que eso fue un error. Estuvimos en la misma habitación. En la misma cama. Joder, yo estaba allí. Te miré a la cara todo el tiempo. Me llevaste contigo. No puede ser un error que los dos creáramos eso.

—Mira, Pablo, te vuelvo a repetir que eso no debería haber pasado. Tuve un momento de debilidad, ¿vale? Como los que tú has tenido millones de veces… Un momento de debilidad lo tiene cualquiera. En cierta manera… Me estaba despidiendo de ti y de todo lo que hemos vivido juntos.

Había empezado a llover, y no se veía a nadie por las calles.

—Mariela, ¿me estás hablando en serio? Esto no puede estar pasando, es que no puede ser… ¿De verdad que ayer no sentiste nada? ¿En ningún momento? No me lo creo.

—Pablo, lo siento, tengo que colgar.

—¡No, cariño, por favor! ¡Todavía me quieres! ¡Sabes que todavía me quieres!

—Pablo, no quiero confundirte más. De verdad. Es mejor de esta manera.

La llamada volvió a cortarse. Los dedos me temblaban y me sudaban las manos. Manché la pantalla del móvil, pero marqué su número de nuevo. En esta ocasión, ni siquiera conseguí que se produjese el primer tono. Tras dos intentos más, logré que descolgase. Otra vez.

—Pablo, por favor. Te lo pido por favor. Déjalo ya.

—Mariela, no puedo. Sabes que no puedo vivir sin ti. Es imposible.

—¿Cómo que no puedes vivir sin mí? Pablo, solamente llevamos un par de años juntos. Eso no es nada. ¿Qué pasa, que se te ha olvidado todo lo que hacías antes de conocerme?

—No lo recuerdo, Mariela… No es justo.

—Nada es justo para nadie, Pablo, lo siento… Vas a tener que aprender esto sin mí.

—¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿Estás diciéndome todas estas cosas y te quedas tan tranquila? ¿Te crees con derecho para destrozarme y dejarme inútil para otras mujeres?

—Lo siento de nuevo, Pablo. Me gustaría que las cosas no fuesen así.

No volví a insistir. Dejé el móvil encima de la mesita de noche. Ya estaba cargado, pero no lo desconecté. Había escuchado que los cargadores enchufados a los dispositivos ya cargados seguían consumiendo energía. Abrí la puerta del dormitorio y caminé hasta la cocina. Arrugué los labios y abrí el frigorífico, aunque no había mucho por allí, excepto una lechuga y una caja de leche abierta. Saqué la caja de leche y me eché lo que quedaba en una taza que tuve que enjuagar antes. La metí en el microondas. La rueda del tiempo no giraba bien, pero conseguí programarlo para que calentase dos minutos. De manera casi ilusoria, dediqué toda mi atención a aquella taza dando vueltas. Me sobresalté cuando pitó. Abrí la puerta del microondas y saqué la taza sin quemarme.

El almuerzo me pilló desprevenido mirando fotos de Mariela. Fotos en las que dos los parecemos felices. Y, cuando la luz de la pantalla del ordenador se hizo más fuerte que la que entraba por la ventana, me puse el chándal y salí a dar una vuelta por la ciudad. Acabé en el centro comercial, que estaba abarrotado como un hormiguero. Familias felices, familias con madres y padres entraban y salían de las tiendas, con tantas bolsas en las manos que parecía que se habían reproducido como esporas. Subí las escaleras mecánicas y me encaminé a la tienda de chucherías cuando, de repente, como salidos de una cortina de humo, allí estaban. Mariela y el pequeño Pablo. El niño me vio y se alejó de su madre, que estaba hablando animadamente con la dependienta. Pablito se acercó a mí lentamente, mirándome a los ojos.

—Pablo, ¿por qué no has venido hoy a casa?

—Pablito, es que hoy no he podido pasarme. ¿Me perdonas?

—Mamá me ha dicho que no ibas a venir más.

La gente pasaba por nuestro lado rozándonos y, en ocasiones, golpeándonos con las bolsas recién salidas de las tiendas. Apenas había un hueco para poder arrodillarme y hablarle a Pablito sin que él tuviese que estirar el cuello hacia arriba.

—Pablito, mamá y yo hemos tenido una pequeña discusión. Cosas de mayores.

—Pero… ¿No vas a venir más?

—No, Pablito. Lo siento.

Las lágrimas, demasiado grandes para su rostro, corrían hacia el suelo.

—Pero, ¿por qué? Yo quiero jugar contigo…

—Y yo contigo, Pablito. Y quiero que sepas que siempre pensaré en ti, aunque no te vea.

—No quiero, no quiero…

Los sollozos de pajarito que le salían de la garganta podían alertar a Mariela. Podía montar una escena delante del niño.

—Pablito, ven, que te invito a palomitas y así estamos más tranquilos, ¿vale? ¿Quieres palomitas?

El crío, frotándose los ojos, me asintió con la cabeza. El puesto de palomitas estaba justo enfrente de la puerta de la tienda de chucherías. Mariela continuaba tirando del hilo de su conversación.

—Pablito, ¿quieres que te lleve a un sitio muy chulo? ¿Un sitio al que siempre me gusta ir?

Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos y giró la cabeza, despacio, hacia la tienda de chucherías. Masticaba con fruición las palomitas de caramelo que acababa de comprarle.

—Tranquilo, mamá no se enterará, volveremos antes de que se de cuenta. ¿Qué me dices? ¿Te apuntas?

Pasados unos segundos, en los que guardó silencio, volvió a asentirme y se levantó del banco donde estaba sentado con un salto, ya que le colgaban los pies. Le agarré de la mano y bajamos por las escaleras mecánicas, fundiéndonos con las familias. Salimos por las puertas automáticas y le abrigué, cerrándole el abrigo y anudándole la bufanda. Andamos durante unos minutos hasta mi casa y subimos al coche. Le abroché el cinturón nada más montarse. Conduje durante doce minutos. La sierra nos recibió con una bajada de grados considerable, y, aunque apenas podía verse nada por la oscuridad invernal, el gran agujero de agua que había un poco más allá se hacía sentir. Estaba rodeado de arconocales. Le desabroché el cinturón y le abrí la puerta. Despacio, andamos hacia lo que parecía una puerta a otro mundo.

—Pablito, ¿alguna vez has estado aquí?

—No. Mamá dice que salir de noche es peligroso.

—Bueno, no te preocupes. Tranquilo, que yo estoy contigo. No te va a pasar nada malo.

Nos sentamos en la orilla, donde se reflejaba la luz lechosa de la luna. Se derramaba por el agua de aquella alberca gigante.

—Bueno, Pablito, aquí es donde nos despedimos.

Él se volvió hacia mí, juntando las cejas en aquella frente en miniatura suya.

—No quiero que olvides que tu madre y yo te queremos mucho. Pero, ya que estamos hablando de hombre a hombre, quiero decirte una cosa. Una cosa que Mariela nunca te dijo. Ella quiere dejarte ir, ¿sabes? Ella nunca quiso tenerte. No, Pablito, no te pongas triste, por favor. Ella te quiere, pero se quedó embarazada en un descuido, en un resbalón que no estaba planeado. Supongo que el sexo es demasiado atrayente a esas edades. Posee nuestros cuerpos, como anoche. Anoche, Pablito, tu madre y yo hicimos el amor como pocas veces lo hemos hecho y lo más triste es que fue así de bueno porque era el final. Es curioso cómo el final suele ser dulce por ser el último, ¿verdad?

El silencio de propagó entre los dos.

—Ahora mismo no estás entendiendo nada de lo que te digo, pero ya lo harás cuando llegues allá arriba. ¿Te vienes conmigo?

Le pasé un brazo por debajo de las rodillas y el otro se lo puse detrás de los omóplatos. Lo metí en la alberca, y le sujeté la cabeza contra la luz de aquella luna pálida, que parecía volverse más blanca a cada sacudida de Pablito. Mientras le obligaba a respirar bajo el agua, me sorprendí de las sacudidas tan tremendas que puede dar una persona de cinco años por volver a la superficie. Cuando se relajó, quedándose flojo, el agua estaba llena de pequeñas olas, y su cráneo, blando y esponjoso, se había vuelto como las nubes que reflejaba.

Me di la vuelta y salí de allí, secándome las palmas de las manos en la sudadera. Cuando llegara a casa, volvería a llamar a Mariela, y seguro que esta vez contestaba.

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