El párroco

Summary: Ramón Martínez era un señor mayor que vivía en un pueblecito de la Vega del Guadalquivir. Jubilado prematuramente, pasa los días dejándose llevar por la rutina de su vecindario. Sube a la azotea de su edificio y se dedica a contemplar lo que la calle quiera ofrecerle ese día para matar el aburrimiento.

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Ramón Martínez era un señor mayor que vivía en un pueblecito de la Vega del Guadalquivir. Llevaba una vida tranquila y sedentaria desde que le habían concedido la jubilación anticipada de su trabajo. Esa mañana se había levantado sin necesidad de despertador, hecho normal, ya que estaba acostumbrado de sus vivencias en la milicia.

Aireó un poco la habitación y fue al baño a cambiarle el agua al canario. Ese canario de nombre Rufus que era lo único que le quedaba de su esposa y al que tenía en el baño para no escuchar sus trinos nocturnos. Se vistió con presteza con lo primero que vio en su armario y abandonó su casa en dirección a la calle.

Ramón Martínez vivía en un segundo piso de un bloque de vecinos. Las pocas escaleras que debían bajar hasta la calle comenzaban a hacérsele tediosas por culpa de la edad y el reúma. Tuvo que agarrarse fuertemente a la barandilla para no resbalar. Bajaba los escalones uno por uno cuando escuchó una puerta abrirse.

Se trataba de Don Antonio, el párroco del vecindario que vivía en la primera planta. Don Antonio era un hombre pulcro y recto, un hombre de iglesia, que vestía siempre de negro con su firme alzacuellos pegado a la garganta. Ramón gruñó imperceptiblemente, para luego sonreír y saludar al cura.

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebido – aquel saludo se había convertido en algo cotidiano entre ambos.

—Buen día tenga usted, padre.

—Buenos días para usted también, Ramón. ¿Necesita que le ayude? – el pastor hace ademán de acercarse a la escalera.

—No se preocupe, padre. Aquí donde me ve, estoy todavía fuerte como un toro – se ríe mientras hace gestos para enseñar unos músculos inexistentes bajo su camisa de cuadros.

—Ya veo, Ramón. Deberíamos volver a exponer la necesidad de un ascensor en nuestro edificio en la siguiente reunión de vecinos. Gente como usted lo necesita de verdad.

—Déjese usted de ascensores. ¡Lo que le faltaba a esos vagos del cuarto para terminar de ser unos cafres! Yo puedo bajar las escaleras sin problemas, así que ellos se aguantan y también lo hacen. Hombre ya con la chavalería… ¡Cuánta falta hace la mili en estos días! – Ramón se enerva, soltándose de la baranda y consiguiendo que perdiera levemente el equilibrio con su exaltación.

—Cálmese, Ramón, que no quiero que se me caiga por las escaleras.

Don Antonio ayudó a bajar las escaleras restantes a Ramón mientras éste relataba por la ayuda prestada. La mañana era fresca. Una ligera brizna de aire corría por la pequeña plazoleta creada por los distintos bloques de vecinos de ese vecindario. Una vez fuera, Ramón agradeció entre dientes la ayuda al Padre.

—No tenía que haberse molestado, Don Antonio.

—Molestia ninguna, Ramón.

—Bueno Don Antonio, no lo entretengo más, que seguro que tiene cosas que hacer. Yo me voy a acercar a la papelería a por el periódico, a ver cómo anda el mundo – se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la derecha. – Vaya con dios, Padre.

—Tenga cuidado, Ramón – el párroco se despidió de él sonriendo y siguió su camino por la izquierda de la plaza.

Ramón dio un gran suspiro cuando se aseguró de que Don Antonio no podía verlo. Continuó su camino hasta la Librería Santa Ana, que quedaba a tan solo unos metros de su vecindario. Era un pequeño establecimiento regentado por una familia de libreros. Entró en la tienda y saludó a Marcos, el hijo pequeño de la familia, que hoy presidía el mostrador.

—Buenos días, Marcos. ¿Todo bien?

—Muy buenos días, Ramón – contestó el chico. – Sí, todo bien. Mi madre se está recuperando del resfriado. Pero ya mismo la tendrá usted de nuevo por aquí para relatarle – ambos rieron a carcajada limpia. No había nadie en el local y las risas rebotaron en las paredes blancas. – ¿Lo de siempre, Ramón? – le preguntó Marcos una vez se calmaron.

—Sí. Y mira a ver si ha llegado lo del “Geografic” ese de este mes.

Bajo la atenta mirada de Ramón, Marcos sale de detrás del mostrador y va hacia el revistero en la pared derecha del local. Revista de todos los colores forman un mosaico que colorea la blanca pared. El joven alcanza un ejemplar del Correo de Andalucía y otro de la revista del National Geographic de ese mes. Vuelve a su sitio y calcula el precio con una calculadora CASIO gris.

—Serán 5€ justos, Ramón.

—Ya le han vuelto a subir el precio a la revistas. Estos extranjeros… – de mala gana, Ramón saca una cartera de cuero marrón de su bolsillo y deja un billete verde sobre el mostrador. – Aquí tienes, muchacho. – Acto seguido, recoge sus cosas y sale de la tienda relatando contra el capitalismo y la crisis.

Ramón Martínez subía lentamente las escaleras de su bloque. Se dirigió hacia la azotea, que quedaba encima del cuarto piso; como consecuencia debía subir más de ocho tramos de escaleras con ocho escalones cada uno. Una vez allí, abrió la cancela de hierro verde con un poco de fuerza ejercida sobre el pestillo, también verde. Atravesó parte de la azotea llena de plantas de la vecina del cuarto y se paró delante de un pequeño cuartillo que hay al fondo. Abrió la puerta con un certero giro de llave.

Aquel cuartillo le pertenecía. Cada uno de los vecinos poseía uno distinto. Eran pequeños habitáculos de no más de cinco metros cuadrados que utilizaban para guardar trastos viejos. Ramón sacó una silla plegable de playa con un estampado de leopardo y una sombrilla azul. Caminó hacia uno de los bordes de la azotea, desde la cual se podían apreciar los demás bloques de pisos que rodeaban la plazoleta en su centro. Montó la silla, puso la sombrilla para cubrirse del sol que comenzaba a apretar y se sentó a leer el periódico.

Desde aquel asiento, tenía una panorámica perfecta de todo el vecindario. Podía ver a María y al pequeño Martín, su nieto, mientras iban a las compras. El niño corría delante de la anciana arrastrando al pequeño cachorro que iba sujeto al final de una cuerda. María le gritaba para que no se alejase. Las bolsas cargadas de mandados no le permitían ir más rápido. Doblaron la esquina y salieron de su campo de visión.

Por el lado contrario aparecieron José y Paco, los gemelos del matrimonio del tercero. Charlaban animadamente y traían sus mochilas a la espalda. Ramón consultó su reloj de muñeca: eran las once de la mañana. Apartó a un lado el periódico y agudizó el oído.

—Menos mal que nos hemos “pirao” del insti. Me está contando Toño que se están tragando una charla más truño… — José hablaba con Paco sin dejar de mirar su Smartphone.

—Ya hacemos bastante con aguantar a los profes, como también para que nos traigan “pringaos” a darnos clases de sexo – respondía Paco con indignación. – Y seguro que nosotros tenemos más experiencia que ellos. A saber si alguna vez se han “chingao” a alguien – el joven hizo el gesto con la mano y José estalló en carcajadas.

Observó cómo los jóvenes se sentaban en el poyete de la puerta del edificio de enfrente. Soltaron las mochilas a sus pies y uno de ellos sacó un paquete de pipas. José y Paco siguieron hablando animadamente mientras llenaban el portal de cáscaras de pipas.

Ramón apartó la mirada de ellos y volvió a su lectura. Dejó el periódico en el suelo y cogió la revista de National Geographic que tenía en su portada un león macho tumbado sobre el suelo. Ojeó la revista sin entusiasmo hasta alcanzar la página cincuenta, que contenía un reportaje sobre los periodos de celibato de los animales. Se detuvo a leer concienzudamente, mientras sonreía. Estaba leyendo sobre la vida sexual de los leones, cuando un sonido atrajo su atención.

Levantó la vista ligeramente de la revista. Su trayectoria de visión señalaba directamente hacia la ventana del cuarto piso del edificio de enfrente, donde se podían distinguir unas figuras moviéndose agitadamente sobre la cama a través de los cristales. Los sonidos aumentaron de volumen y ahora Ramón era capaz de distinguir perfectamente los berridos de placer de Marcela, la joven ama de casa que vivía con su marido en aquel piso.

El espectáculo continuó bajo la atenta mirada de Ramón. Los gemidos de placer se mezclaban con su propia respiración y con las carcajadas de los niños que seguían ensuciando el portal. Hasta que todo acabó con un fuerte grito de Marcela.

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Ramón subía poco a poco las escaleras directo a la azotea cuando se cruzó con Don Antonio, quien descendía de ellas con un cubo azul en la mano.

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebido.

—Buenos días, Don Antonio.

—Buenos días, Ramón. ¿Dónde va usted tan temprano? – el reloj de Ramón marcaba las diez y media de la mañana.

—Pues mire usted, aquí con una cuerdecita para ver si arreglamos el tendedero – le muestra el alambre de hierro enrollado que lleva en las manos. – Que lleva Josefina dándome la tabarra toda la semana con que le eche un vistazo, que sino no puede secarle la ropa al niño. – Los dos hombres se ríen. – ¿Y usted? ¿Qué hace tan temprano en la azotea, Padre?

—Pues mire, aquí que mi hermana me ha regalado una hortensia y se la he colocado a Cándida en el jardín botánico. Y bueno, aquí que he ido yo a echarle un poco de agua a la pobre para que no se me muera – Don Antonio levantó el cubo de agua que lleva en las manos.

—Hombre su hermana. Hace tiempo que no se pasa por aquí.

—Ya sabe cómo es ella. Ahora está con los nietos todo el día para arriba y para abajo. Dice que me ha regalado la planta para que no me sienta solo todo el día. – Don Antonio se ríe para sí mismo. Ramón solo hace el gesto.

—Es bueno oír eso. Dele recuerdos míos. Ale, ya no le entretengo más, que seguro que tiene recados que hacer. – Ramón intenta subir rápido el siguiente escalón, pero tiene que agarrarse a la barandilla para no perder el equilibrio. Don Antonio se asusta ante su acción y lo sujeta del brazo, clavándole ligeramente el cubo en el costado a Ramón.

—¡Pero tenga usted cuidado, Ramón! ¡Que a este paso se nos va a descalabrar antes de tiempo! ¿Le ayudo a subir? – él se aferra más a la baranda.

—No es necesario hombre. Ande usted con Dios, Don Antonio. Yo voy a remendar el tendedero. – Sin darle tiempo a responder al párroco, Ramón se apresuró a subir los escalones que lo separaban de la azotea y atravesó la puerta de hierro.

Una vez se vio solo en mitad de la azotea, Ramón suspiró profundamente. Acto seguido, se irguió recto y se encaminó hacia la parte de atrás de la azotea comunitaria. Las barras metálicas que sobresalían de punta a punta entre los cuartillos del tercero y del cuarto se alzaron ante sus ojos. El alambre de hierro que debía unirlas había desaparecido hacía un par de días, cuando los vecinos se habían percatado de que el ferretero no les había echado el esmalte anti agua y el hierro había acabado oxidándose. Josefina había acudido a él, ya que durante sus años laborales había regentado una ferretería y era buen orfebre en sus ratos libres. Ramón Martínez sonrió al recordar con orgullo sus años trabajando el metal.

Dejó el alambre enrollado a los pies de una de las barras y fue hacia su cuartillo. De allí sacó un viejo maletín de herramientas. Comprobó el trabajo del anterior ferretero en el tendedero. Sacó papel de lija y se dedicó durante media hora a quitar los restos de óxido del metal y la pintura desconchada en los ganchillos del alambre. Después de eso, sacó nuevamente del cuartillo un bote de pintura verde antiadherente, una brocha de tamaño mediano y un pincel fino.

Ramón era una persona que lo guardaba todo, por eso todavía tenía en su cuartillo aquella pintura de la última vez que habían repintado la verja de la azotea. Tenía una especie de síndrome de Diógenes, pero pulcramente ordenado.

Mientras se dedicaba a pintar, se puso a silbar una cancioncilla que vagamente recordaba de sus años mozos. Hasta que el sonido de unas sirenas interrumpieron su melodía. Extrañado y curioso, se acercó al borde de la azotea para poder asomarse a la calle. Desde su posición pudo ver como un furgón policial llegaba al lugar donde dos chavales con chupas de cuero eran retenidos por varios hombres mientras se gritaban y se insultaban a viva voz.

—¡Eres un mierda! ¡Me has abollao la moto, hijo de puta! – gritaba uno de ellos, a la vez que intentaba arremeter contra él. El hombre que lo retenía tuvo que mantenerse firme para que no se escapase.

—¡Pero qué dices, cabrón! ¡Si has sio tú el que se ha empotrao contra mi moto! – ahora es el otro chaval, que es rubio, el que quiere tirarse encima del primero. Entre dos hombres tienen que hacer fuerza para que no lo haga.

—¡Venga ya! ¡Capullo!

—¡Mamonazo!

—¡Mira que te rajo aquí mismo!

—¡Quiero verlo, eres un puto gallina!

Dos agentes de policía bajan de la furgoneta. Ramón gruñe para sí mismo y entrecierra los ojos. Los agentes van completamente uniformados y Ramón puede ver como rápidamente llevan sus manos a las porras que cuelgan de sus respectivos cinturones.

—A ver, señores, ¿qué es este escándalo? – habló el primer agente, que llevaba gafas y masticaba un chicle.

—¡Que el mierda este…! – comenzó uno de los motoristas

—Tú a callar, que ya tendrás tiempo de hablar en comisaría. – Lo interrumpió el otro agente de policía, cuyo cabello era rubio y estaba engominado. – A ver, Mariano, ¿puedes decirme qué ha pasado? – se dirige a uno de los vecinos que no está sujetando a los chavales.

—Por supuesto Antonio. – Mariano era el anciano entrañable del vecindario. Una persona mayor con semblante dulce, gafas y leve calvicie que siempre estaba pegado a la ventana de su casa, la primera de la esquina contigua a la plazoleta. Mariano se abrió paso entre los dos chavales que seguían con intenciones de matarse mutuamente y se paró al lado del agente de policía. – Estaba yo tan tranquilo viendo la tele en mi sillón cuando de repente se escucha un ruido. Extrañado, me asomo a la ventana y veo a estos dos prendas de aquí…

—¡Eh! ¡A que te rajo a ti también, viejales! – se indigna uno de los motoristas

—¡Tú te callas! ¡Y más respeto a una persona mayor! – le reprende el agente de las gafas.

—Veo a estos dos enzarzados en una acalorada discusión haciendo gala de un vocabulario más que exquisito en insultos. Hasta que finalmente llegaron a las manos y comenzaron a pegarse en mitad de la calle. Hemos tenido que separarlos porque sino, se iban a matar.

—¡A ver para qué coño se mete, anciano de mier…!

—¡Que te he dicho que te calles, hombre ya! – el agente de policía, de nombre Antonio, le da una colleja al motorista, el cual se calla refunfuñando.

Ramón permanecía atento a la escena que estaba sucediendo en la calle. Se había olvidado de seguir pintando y aún tenía el pincel en una de sus manos que goteaba pintura sobre uno de sus zapatos. Ramón sonreía desde la azotea de su edificio y asentía suavemente para sí mismo cuando los dos agentes de policía esposaban y metían dentro de su furgoneta a los dos jóvenes. La furgoneta arrancaba cuando Ramón escuchó un sonido agudo proveniente de dentro de la plazoleta.

A Ramón no le hizo falta investigar de dónde procedía. Llevó rápidamente su mirada hacia el edificio de enfrente, donde su línea de visión se cruzaba con aquella ventana del cuarto piso que se encontraba con los cristales abiertos. Gritos de placer salían de ella, acompañados del movimiento de dos cuerpos entre la penumbra y el sonido de unos muelles rechinar sin descanso.

—¡Oh, sí! ¡No pares! – la voz de Marcela interrumpía de vez en cuando los gemidos en el mismo tono que estos.

La respiración de Ramón se entrecortó primero, para luego acompasarse a los gemidos de Marcela. Crispó sus dedos alrededor del pincel todavía en su mano y su cuerpo comenzó a hacer pequeños movimientos mientras sus ojos no se apartaban de la ventana.

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Ramón Martínez removía trastos en su cuartillo en busca de un objeto en concreto. Había revuelto gran parte del pequeño habitáculo, consiguiendo que el orden que había antes se convirtiera en una montaña de trasto viejos y extraños. Finalmente, después de volverse loco buscando, atisbó a ver el pico de un maletín gris metalizado que sobresalía detrás del antiguo sofá de su casa que estaba allí guardado.

Apartó el mueble y sacó la caja metalizada, en cuyo letrero se podía leer «material para limpiar». Conforme, salió a trompicones del cuartillo y se dirigió hacia su silla de playa y su sombrilla que previamente había colocado para construirse su fuerte contra el sol. Reposando sobre la silla se encontraba una escopeta de caza de cañón en paralelo que brillaba ligeramente por el sol. Ramón cogió aire, en su mayoría caliente por la temperatura, y suspiró profundamente.

Acto seguido dejó la caja a los pies de la silla. Cogió la escopeta cuidadosamente. En su mango vetado en madera se podía leer «R. Martínez» grabado sobre el nacarado del arma. Ramón se sentó en la silla y puso la escopeta sobre sus piernas. Después, atrajo la caja hacia sí y la abrió. Dentro había toda clase de utensilios para el cuidado y el mantenimiento de las armas: desde aceites y desengrasantes, hasta varillas para limpiar los cañones.

Ramón observó a su alrededor: no corría ni una brizna de aire aquella mañana y el sol, a pesar de ser temprano, ya comenzaba a ser sofocante. No atisbó a ver a nadie en el perímetro colindante, ni en su azotea ni siquiera en la plazoleta o en el edificio de enfrente: todas las ventanas estaban cerradas a cal  y canto y con las persianas bajadas. Sonrió para sí mismo y se concentró en su escopeta.

Semidesmontó el arma abriendo el cañón por el orificio de recarga y sacó los casquillos que había dentro. Los guardó en el bolsillo del pantalón. Seguidamente, cogió una de las varillas de color verde y la metió dentro del tubo para limpiarla de restos de pólvora. Continuó con las distintas partes de las que constaba la limpieza del arma. Llevaría alrededor de veinte minutos ensimismado en la tarea, cuando un grito rompió la quietud del silencio que lo rodeaba.

A Ramón no le tomó demasiado tiempo reconocer de qué se trataba. Dibujó una sonrisa en su rostro. Se levantó de la silla de playa, escopeta en mano, y se dirigió hacia el borde de la azotea. Sus ojos se clavaron instantáneamente en la ventana del cuarto piso del edificio vecino. Se encontraba cerrada a cal y canto, con las persianas bajadas. Los gritos de Marcela eran tan fuertes como si Ramón tuviera a la mujer delante suya.

Su respiración se hizo rápidamente desenfrenada al ritmo de los gemidos. Montó de nuevo el cañón de la escopeta, deshaciéndose previamente de la varilla que se encontraba dentro y apoyó el mango en su pierna. Con una mano sostenía el arma por el gatillo y con la otra sujetaba el cañón. Recostando su cuerpo ligeramente sobre la pared del borde, Ramón comenzó a deslizar la mano por el cañón de arriba abajo.

El ritmo frenético de los gemidos y de su propia respiración se manifestaba en el movimiento de su mano subiendo y bajando por el arma. Ramón cerró los ojos y aumentó el ritmo a la vez que lo hacían los gritos. Y al final un gemido salió de su propia boca.

De repente, la calle quedó totalmente en silencio. Ramón intentaba normalizar su respiración mientras una sonrisa adornaba sus labios. El sudor perlaba su frente debido al sol de mediodía y el mango de la escopeta comenzaba a clavarse en su pierna.

Cuando se hubo recompuesto, agarró el arma por el cañón con la mano que la sostenía y miró en dirección a la ventana. Seguía estando cerrada. Escudriñó la calle: no había nadie paseándose por allí aquella mañana. Asintiendo para sí mismo, Ramón iba a darse media vuelta para volver a su silla de playa y continuar con su limpieza, cuando escuchó una puerta abrirse.

Oteó el horizonte: era la puerta del edificio de Marcela. La vieja puerta de metal pintada de verde se abrió y de ella salió Don Antonio, el párroco. Su cabello estaba totalmente despeinado, sus ropas arrugadas, la camisa blanca sobresalía por encima de sus pantalones y el hombre intentaba pobremente colocarse debidamente el alzacuellos negros.

Ramón permaneció muy atento a sus movimientos, cerrando y crispando fuertemente la mano que le quedaba libre y casi estrangulando el cañón de la escopeta con la otra. Don Antonio cerró la puerta tras de sí. Empezó a remeterse los picos de la camisa dentro de los pantalones mientras no dejaba de mirar hacia un lado y hacia otro.

En ese momento, Ramón empuñó su escopeta. Abrió el cañón y la recargó con los dos casquillos que había sacado para limpiarla. Con un certero tirón hacia arriba, la volvió a montar. Apoyó la culata sobre su hombro derecho y entrecerró el ojo izquierdo. Su mirada estaba fija sobre el párroco Don Antonio.

Ramón sonrió.

A las doce del mediodía de aquel 3 de Julio se escuchó un disparo en un pueblecito de la Vega del Guadalquivir.

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Escrito por Alegría Jiménez Naranjo.

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