El hilo rojo

Alguien ha empezado a tirar del hilo rojo escarlata y yo ruedo como si fuera una peonza, quietecita en mi sitio, sin atreverme a decir nada. Mi cuerpo simplemente gira y el hilo sigue su curso, moldeándome como a tantos otros. Y yo me dejo, porque eso es lo que se espera que haga. Sin embargo, cuando el sistema se para y yo ya no giro, el espejo frente a mí me devuelve mi reflejo, pero no me veo a mí, soy exactamente igual que los cientos de capullos que hay entorno a mí.

Palomitas

No eran ni las nueve de la mañana y ya estaba despierto. Acababa de recordar que la noche anterior había echado las persianas hasta abajo del todo por lo que, en ese momento, no podía apreciar ni el más mínimo destello matutino. Me desperecé y me estiré, todavía en la cama; los ojos se me acostumbraron a marchas forzadas a la penumbra, aunque segundos antes había creído que era una oscuridad casi impenetrable. Bajé las piernas del colchón, buscando a tientas las zapatillas de andar por casa. Sin embargo, como casi siempre, se me puso la piel de gallina cuando metí los pies fríos y húmedos del calor de la cama en esas babuchas viejas, sin unos calcetines puestos. Haciendo crujir las rodillas, me acerqué a la ventana y levanté la persiana. Esperé a que la luz me diese de lleno, pero ésta tampoco resultó ser tan brillante como creía. El día había amanecido inflado de nubes.

El móvil todavía no había pitado ni una sola vez. Estaba cargándose en el enchufe de detrás de la mesita de noche. Ni un sólo mensaje de Mariela, ni una llamada sin contestar. En ese momento, decidí, arrugando la nariz, que la llamaría. Me senté en el borde de la cama y marqué su número. El móvil seguía conectado a la corriente. Volví a escuchar su voz ruidosa después de los dos primeros tonos.

—Mariela, buenos días. Espero que hayas descansado.

—Pablo, te dije que no volvieras a llamarme. Nunca más.Leer más »

Todo lo que tiene que ocurrir para que se despeje un escritor

Con la predisposición inicial de despejar los pensamientos aturullados de mi mente, decido salir a la playa que hay tras las rocas. Una cala de un par de kilómetros entre un chiringuito y un mirador sobre el mar donde, a estas horas, no habrá más que un par de pescadores y algún corredor esporádico.

Para llegar a la cala tengo que caminar sobre unas rocas y, tras un pequeño fragmento de playa, atravesar la desembocadura del río Guadalorce que cubre hasta la cintura. Solo estando allí, con el mirador a lo lejos, el sonido del mar y la luz pálida del sol entreoculto por las nubes ya me relajo, aun así echo a correr para evitar pensar y llego hasta el mirador jadeando.  Mis pensamientos siguen dando vueltas, de modo que decido hacer un poco de ejercicio. Al principio lo hago con cuidado, pues no tenía pensado mancharme de tierra, pero comprendo que si quiero vaciar mi endemoniada cabeza tengo que tomar medidas más drásticas. Y no me doy tregua. Después de una hora sin descanso haciendo ejercicio estoy tan cansado que realmente, a chispazos, dejo de pensar en la pelea que acabamos de tener. Aún así, cuando me siento a contemplar el mar, las gaviotas, los ciclistas que se han parado en el mirador y el crucero a lo lejos con todas esas personas  y sus propias mentes, me doy cuenta de que sigo enfadado.

Pensaba que el paseo y el ejercicio me quitarían la mierda y me harían ver lo que en el fondo sé: que la quiero, que todo ha sido una tontería, pero es que… pero es que… Los “pero es que” seguían ahí. Intento respirar hondo y meditar, por momentos me olvido de todo, me percibo solo a mi mismo como ser individual e independiente y a la naturaleza. Pero al abrir los ojos vuelven los “pero es que”, así que me doy por vencido y decido marcharme de allí.Leer más »

Polisemia

Cierta noche fue con cierta prisa a un bar. Ambas, la noche y la prisa saludaron a cierto tiempo al que ciertamente  habían conocido el día anterior, pero dicho tiempo pasó demasiado rápido, y así terminó una historia que es cierta.

Óscar Soria

Pobre infeliz

Pobre infeliz el que se atreve,
con temor infinito,
a pensar siquiera en ello.

Pobre infeliz el que se alegra,
con oculta sonrisa,
ante aquel suave roce.

Pobre infeliz el que suspira,
con el corazón en vilo,
por un amor correspondido.

Pobre infeliz el que te besa,
con dulce ternura,
ante el amor revelado.

Pobre infeliz el que te mira,
con titubeante felicidad,
sin atreverse a sesgar el silencio.

Pobre infeliz de mi persona,
quien con solemne promesa,
se sintió dichoso
de regalarte su vida.

———————

Escrito por Alegría Jiménez

Carlota

Era guapa. Hola, soy Carlota, dijo, y salió del coche. Brillaba. Su pelo rubio bailaba en su cabeza, cayendo hasta sus hombros. ¿Y vosotros?, preguntó. Nos presentamos y en el coche entramos. Yo estudio derecho, su pelo seguía bailando. ¿Y vosotros? Mi novio es abogado y yo estudio derecho. Sus ojos brillaban como brillan los ojos de un niño ante un juguete. ¿Sois escritores? Poetas entonces, ¿no? Su boca era fresa. Recitadme algo, ¿vale? Vestía elegante. Bueno, mejor os canto algo. Encima cantaba bien. ¿Conocéis a Pedro? Es mi novio, es abogado. Yo aún no soy abogada, estoy estudiando derecho. Pronto lo seré, mi novio ya lo es. Sus pies eran pequeños, pequeños pero elegantes. Unos zapatos de princesa los vestían. Me habéis dicho que sois poetas, ¿verdad? Qué bien. Siguió cantando.

Llegamos al lugar y del coche bajamos. No me acuerdo de vuestros nombres, ¿o sí? Espera que intente acordarme. Yo me llamo Carlota. Ese de ahí es mi novio Pedro. Hola Pedro, estos son los poetas. Éste es Pedro, mi novio. Es abogado, yo aún no lo soy, pero lo seré. Estudio derecho, ¿sabéis? El bar era una ruina. La cerveza, cara y aguachirri. Pero ella brillaba allí. Vaya, hay un grupo. Bailó. Bailó. Bailó y cantó. Bebió cerveza. Oíd, poetas, ¿habéis conocido a mi novio? Es ese, se llama Pedro. Es abogado. Yo lo seré próximamente. Estoy estudiando derecho. Vosotros estudiáis literatura, ¿verdad? Que guay.Leer más »

Balas de versos

Te duelo tanto que mis huellas han borrado la tinta de todos tus poemas.

No hay paz para ti.

Dios ha decidido no darle tregua al río de lava que sangra desde tu corazón hasta mis arterias. Si pudiera ver a través de él, solo encontraría una habitación oscura con una única bombilla que parpadea a la espera de que algún barco se deje guiar por tu faro (roto, despedazado). Así sois desde que un día, decidisteis romper todas las farolas de mi calle para ser una luz perdida en mitad de un océano que abarca avenidas, salas de multicine, semáforos en rojo y retrovisores de coches con pintalabios que no son los míos, a la espera, siempre, de que algún guardacostas, o un autobús nocturno, cualquiera, os traiga a casa, y os rescate.

Esperança Torres

Cuentos sin contar

La Torre

«La casa era un misterio. Un misterio de color lavanda. Podías subir a lo alto de la torre. Recorrer la piedra retorcida en busca de las promesas. Pero allí ya no había ninguna princesa con el alma en vilo. Se agotó de esperar. Se consumió en el silencio de los ecos sordos. Las luces se fueron apagando, una a una. Desaparecieron. Y al final, solo quedó oscuridad. Dejó su torre vacía sin esperar a nadie en su camino. Se marchó porque los sueños no saben abrazar.»

Leer más »

El párroco

Summary: Ramón Martínez era un señor mayor que vivía en un pueblecito de la Vega del Guadalquivir. Jubilado prematuramente, pasa los días dejándose llevar por la rutina de su vecindario. Sube a la azotea de su edificio y se dedica a contemplar lo que la calle quiera ofrecerle ese día para matar el aburrimiento.

Leer más »

Te toca pasillo

Se aburre, mucho. Julio piensa en lo insignificante que es todo, que puede llegar a ser una vida, cuando no hay nada que hacer un viernes por la noche. Ha quedado con una amiga, pero el interés no le come por dentro, no lo devora como si no pudiera hacer otra cosa más que verla.

No es el tipo de persona que decide vagabundear por las calles, solo, con un cigarro en la mano. Pero algo es mejor que nada, que esa nada al menos, piensa mientras se ata los cordones de los zapatos de ante y prepara el cigarro, antes de salir.

No suena Love of lesbian en sus auriculares, prefiere escuchar el ruido de la ciudad. Desde hace meses, habita allí, pero poco a poco ha empezado a vivir. Una chica guapa pasa por delante de él, con un sombrero y líneas azules en el pelo negro. Da una calada al cigarro y le sonríe mientras siente en su boca el sabor especiado del tabaco y la hierba.

Un chico, apoyado en la parada de metro de Menéndez Pelayo con la Avenida de la Ciudad de Barcelona, le sonríe, se acerca, y le pide una calada. Entonces, Julio hace una pausa en su relato al contarlo a sus amigos, y dice que en Argentina, de donde es Claudio, es habitual pedir una calada de un porro.

– Como aquí un cigarro – bebe un sorbo de la copa de vino, a kilómetros de distancia de donde está metido ahora-. Es muy normal.

Claudio ya ha aparecido en escena, pero todavía no le apuntan los focos.Leer más »